Las despedidas en el ascensor

Las despedidas en el ascensor

doña LuciliaPara amenizar de alguna manera la paciente soledad de doña Lucilia en el atardecer de su existencia, su hijo, todos los días, la entretenía con unos cuarenta minutos de conversación después de la cena. No le era difícil a la mirada perspicaz y diligente del Dr. Plinio discernir los sufrimientos que afligían el alma de su madre, cuyo involuntario aislamiento era, seguramente, muy penoso. Para darle ánimo, tenía la costumbre de decirle en un tono impregnado de cariño:
— ¡Mãezinha! ¡Fuerza, energía, énfasis, resolución!
Al oír esas palabras, doña Lucilia respondía con una ligera sonrisa de contento, sin decir nada. En cierto momento, los impostergables deberes de apostolado del Dr. Plinio ponían fin a su bendito coloquio. Con dolor por tener que dejar a su madre se levantaba y, después de despedirse de ella con mucho afecto, se dirigía al ascensor. Con frecuencia, doña Lucilia lo acompañaba hasta allí, queriendo disfrutar hasta el último instante de la compañía de su hijo. A veces tenía lugar una escena conmovedora en el momento en que el Dr. Plinio habría la puerta del ascensor. Con su voz suave y afable, y con la esperanza de retenerlo un poco, doña Lucilia le decía sonriente:
— Hijo querido, ¿no te da pena dejar a tu madre tan sola?
Sin embargo, todas las noches esperaban al Dr. Plinio para asistir a sus reuniones aquellos que la Providencia le había dado como seguidores suyos en la lucha por la Iglesia y por la Civilización Cristiana. Estos últimos tal vez ignoraban que las gracias allí recibidas le costaban a doña Lucilia el sacrificio de su penosa soledad, aún más profunda después de la muerte de don João Paulo. ¿Cómo explicar todo eso a doña Lucilia? Finalmente, apremiado por el deber, el Dr. Plinio besaba la frente de su madre y le respondía: — Mi bien, lo siento mucho, pero ahora mi obligación es encontrarme con mis compañeros de apostolado. Besándola una vez más, entraba en el ascensor y partía.
En otras ocasiones, esas despedidas daban lugar a una encantadora manifestación de solicitud materna. Doña Lucilia prevenía a su hijo —hombre ya de más de cincuenta años— como lo hacía en los remotos tiempos de su juventud… Antiguamente, los ascensores subían y bajaban lentamente, por lo que tardaban en llegar cuando se les llamaba. Esta lentitud contrariaba el modo de ser resuelto del Dr. Plinio —siempre dispuesto a actuar tranquila, pero prontamente—, en especial en los momentos en que era urgente atender sus compromisos. A veces el Dr. Plinio estaba con prisa, y decidido a no perder tiempo, le decía:
— Mãezinha, ¡bajo por la escalera, pues tengo mucha prisa!
Y, mientras bajaba, le llegaba a los oídos el suave pero firme timbre de voz materno:
— Hijo mío, ¡cuidado!, ¡no corras que puedes caerte!
Era como si una vigilante y cariñosa mano intentase disminuir la cadencia de sus pasos.
Las perspectivas de un aislamiento completo Uno de los mayores sufrimientos de doña Lucilia en esa avanzada etapa de su vida fue el súbito agravamiento de sus condiciones auditivas, junto con un empeoramiento de sus cataratas que le disminuían un tanto la vista.
Si estas deficiencias progresasen, doña Lucilia perdería casi completamente la posibilidad de comunicarse con el mundo exterior. Y, en consecuencia, de tener con su hijo aquellas conversaciones elevadas que le daban tanto aliento. Habituada a interesarse siempre por sus semejantes, el no poder prodigarles más su caritativo auxilio representaría también para ella un sufrimiento no pequeño.
Ante esa dolorosa perspectiva, aunque sin perder nunca su serenidad y su resignación, cap14_009traslucía en su fisonomía una tristeza más acentuada, muy notoria en una fotografía sacada por ocasión de uno de sus últimos aniversarios, donde la vemos al lado de su hermana, doña Yayá. Si el Sagrado Corazón de Jesús, en sus designios insondables, permitía que ese sufrimiento se abatiese sobre quien tan fielmente lo adoraba, por otro lado, en compensación, le concedía su misericordioso amparo. Así, poco tiempo después de agravarse la dificultad de audición de doña Lucilia, el Dr. Plinio, leyendo un periódico, vio la propaganda de un aparato que podía suplir esa deficiencia. Entonces, como buen hijo, no dudó un instante en adquirirlo, a pesar de ser su precio elevado. Fijó con el vendedor una visita de éste a su casa, después del almuerzo, para darle una sorpresa a doña Lucilia. En efecto, el vendedor apareció a la hora convenida. Hecha la prueba, el Dr. Plinio notó inmediatamente, por la expresión del rostro materno, su auténtica eficacia. Hasta el final de su vida fue motivo de consuelo para el Dr. Plinio recordar la alegría de su madre cuando se dio cuenta de que podría conversar normalmente. Y, sobre todo, volver a oír con nitidez el timbre de voz de su querido “Pimbinchen”…

“¡Qué bella mirada!”

cropped-sdl-7.jpgCon la misma tranquilidad de alma, doña Lucilia enfrentó su creciente deficiencia de la vista. Cuando la molestia aumentó, su hijo la llevó a un buen oculista. Después de examinarla, el médico le dijo en voz baja al Dr. Plinio:
— Ella está con una catarata muy avanzada en cada ojo —y le dio a entender que podría operarla. Tras reflexionar rápida y sensatamente, el Dr. Plinio prefirió no someter a su madre a una operación que podría impresionarla mucho y hacerle sufrir innecesariamente, estando ella tan anciana. Poco tiempo después, el progreso de la enfermedad cesó, permitiéndole a doña Lucilia conservar, hasta el fin de sus días, suficiente vista para llevar una vida normal, dentro de las condiciones de su venerable edad.
Esos consoladores auxilios de la Providencia contribuyeron mucho para atenuar aquella sombra de tristeza, como se puede notar en fotografías posteriores.
Fue curiosa la reacción de otro oculista, en otra consulta, al poner sus aparatos sobre los ojos de doña Lucilia para examinarla. El médico, que además de ser un excelente profesional tenía alma de artista, en el momento de proceder al examen no pudo contener esta exclamación:
— ¡Qué bella mirada!
En efecto, en esos ojos de un castaño oscuro se notaba serenidad, afecto, veracidad, en síntesis, una garantía de protección, capaz de impresionar profundamente a las almas que sabían admirarlos.

Un perfecto dominio sobre las propias emociones

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Dr. embarcándose para Uruguay

Los primeros años de la década de los 60 le reservaban otros sufrimientos a doña Lucilia.
En mayo de 1962, el Dr. Plinio fue invitado a pronunciar unas conferencias en Uruguay. Aunque el motivo de su viaje fuese apenas ése y en la despedida se manifestase tranquilo y seguro, doña Lucilia se quedó preocupada. ¿No estaría su hijo abandonando el país debido a la inestable situación en que éste se encontraba en aquel momento? Sumergida en esos pensamientos, pero sin exteriorizar sus temores, le vio partir. Según su certero juicio, todo lo que él hacía estaba bien hecho. Confiante en el auxilio divino, prosiguió su vida cotidiana como si todo se desarrollase dentro de la más perfecta normalidad. Felizmente, aunque sus sospechas no fuesen infundadas, no llegaron a confirmarse. Días más tarde, para alegría suya, su filhão apareció de repente en casa. Cuando entró, doña Lucilia estaba en el Salón Azul recibiendo a algunos conocidos que habían ido a visitarla. La serenidad de su semblante no denotaba ninguna perturbación de espíritu. Es fácil imaginar cuánta alegría le causó el regreso del Dr. Plinio. Sin embargo, como estaban presentes otras personas, ella, como eximia y distinguida anfitriona, continuó dispensándoles lo mejor de su atención.

“Hijo mío, no quería molestar a nadie…”

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Cuarto de Doña Lucilia

Actos de abnegación, pequeños sufrimientos plácidamente aceptados, innumerables gestos de bondad y de paciencia, fueron algunos destellos de luz que continuaron marcando la existencia cotidiana de doña Lucilia en su apartamento de la calle Alagoas.
Una noche, al estar sus movimientos ya bastante dificultados, se cayó de la cama al cambiar de posición. Apoyándose en la misma trató en vano de ponerse de pie, y el ruido provocado por este esfuerzo despertó a la empleada que dormía en el cuarto contiguo. Ésta acudió inmediatamente en su ayuda, pero no teniendo fuerzas suficientes para alzar a doña Lucilia fue a solicitar el auxilio del Dr. Plinio. Al entrar en el cuarto de su madre, él la encontró tratando todavía con pertinacia de levantarse sola, sin demostrar ninguna aflicción o nerviosismo por no conseguirlo. Con todo cuidado, él la alzó, acomodándola en el lecho. Después, con un tono impregnado de afecto, le preguntó:
— Pero, mi bien, ¿por qué no me llamó inmediatamente? Con toda mansedumbre y naturalidad, ella respondió:
— Hijo mío, no quería molestar a nadie…

Equilibrio entre la justicia y la misericordia

Ese admirable desprendimiento que doña Lucilia tenía de sí misma le proporcionaba
un perfecto equilibrio entre dos virtudes armónicamente opuestas, la justicia y la misericordia, como ya fue narrado en capítulos anteriores. La edad no hizo sino acrisolar esas virtudes. Por ejemplo, siempre que en su presencia, por cualquier motivo, se señalaban los defectos de alguien, inmediatamente ella salía en defensa de la víctima. No para proteger sus lados censurables, sino para impedir que fuese emitido un juicio imparcial sobre la persona en cuestión, pues era necesario también tomar en consideración los lados buenos que ésta realmente tuviese.
Así, una vez, hablando acerca de un conocido que era blanco de las invectivas de espíritus poco conciliadores, dijo:
— Es verdad… Pero, dése cuenta que, por ejemplo, él es siempre franco. Muchos que no tienen su defecto, sin embargo, son hipócritas. Esta franqueza tiene su valor. Al hablar de sus defectos, hay que recordar que tiene esa cualidad.

Un alma según el Corazón de Jesús

En pleno siglo XX, una dama del siglo XIX

cap14_039La década de los 60 abría un nuevo y más profundo abismo de ignominias —en materia de subversión del orden moral, de modas y de costumbres, de decadencia y de vulgarización— que llegaría a su auge con la revolución anarquista de mayo de 1968 en la Sorbonne, Francia. Doña Lucilia, en los últimos años de su vida, haría brillar todavía más su afabilidad y su modo de ser respetuoso, en contraste con la vulgaridad creciente del mundo moderno.
El siglo XIX había sido un período de transición entre los esplendores del Ancien Régime —interrumpidos bruscamente por las catástrofes de la Revolución Francesa— y las aberraciones de nuestros días. En él se mantuvieron vivas muchas cualidades del período anterior a 1789: dignidad, distinción, suavidad y dulzura de vivir. Atributos que brillaban en la manera de ser de doña Lucilia. Aunque su existencia haya transcurrido sobre todo en el siglo XX, ella era una señora característica del siglo XIX, y, por así decir, lo prolongó a su alrededor hasta el fin de su vida. Tan seria y grave como afable, mantenía invariablemente una delicadeza totalmente diferente de la amabilidad comercial de nuestros días. Al contrario, tenía una perfecta noción de su propia posición y trataba a cada cual con la forma de gentileza que a éste correspondía. Era, además, digna de veneración por una una cierta grandeza estable, segura e invulnerable a los cambios de los tiempos, que traslucía de modo especial en las circunstancias más difíciles de su vida, realzando el carácter augusto de su alma. Por tener doña Lucilia este modo de ser profundamente católico no le pasaba desapercibido el avance de una crisis en ciertos sectores de la Santa Iglesia, paralela a la que, desde hacía mucho, minaba ya a la sociedad. Ante el terrible panorama que, a inicios de los años 60, había surgido ante sus ojos consternados, doña Lucilia elevaba sus oraciones al Divino Redentor, sabiendo que, del curso de los acontecimientos, dependía profundamente la mayor o menor gloria de Dios.

La resignación de Doña Lucilia ante la muerte

cap14_004Hacia mediados de 1961, doña Lucilia vio que los deberes de apostolado de su hijo lo llevaban un poco más lejos… El incansable líder católico no era solicitado solamente por los discípulos de las diversas ciudades de Brasil, sino también de otros países.
Por ejemplo, fue invitado a asistir a un congreso de la revista “Verbo” en Buenos Aires. En esa ocasión estrechó vínculos con un pujante y ardoroso núcleo de jóvenes católicos porteños, de los cuales se podía esperar mucho, en materia de apostolado.
Para concluir esa prometedora estadía en la capital argentina, el Dr. Plinio fue a cenar con sus amigos más íntimos —argentinos y brasileños— a un restaurante francés, donde conmemoraron los resultados obtenidos. No podía sospechar que, mientras tanto, en São Paulo, doña Lucilia acababa de sufrir un súbito ataque cardíaco y estaba al borde de la muerte.
Al volver al hotel después de la cena, el recepcionista le entregó un telegrama. Lo abrió inmediatamente. El horizonte, que hasta hacía algunos momentos se le presentaba lleno de alegres promesas, se oscureció repentinamente, pues el mensaje, enviado por doña Rosée, contenía una terrible noticia:

MAMÁ AL BORDE DE LA MUERTE. ¡ATAQUE DE CORAZÓN VIOLENTÍSIMO! TELÉFONOS INTERRUMPIDOS. VEN INMEDIATAMENTE PARA ALCANZARLA AÚN CON VIDA.

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Dr. Plinio en Buenos Aires

Es fácil imaginarse la aflicción que estas cortas líneas causaron a tan dedicado hijo. En aquel instante, su deseo fue poder vencer de un sólo paso la gran distancia que lo separaba de su madre queridísima, que tal vez ya estuviese transponiendo los umbrales de la eternidad. Los intentos de comunicarse telefónicamente con su familia se revelaron infructuosos, lo que aumentó el sufrimiento del Dr. Plinio.
Permaneció toda aquella noche, sin dormir, en el salón del Hotel City, donde estaba hospedado. Aguardaría los primeros rayos de la aurora rezando y —¿por qué no decirlo?— llorando copiosamente, hasta que el despuntar del día le anunciase la hora de ir al aeropuerto. Allí le informaron que sólo habría vuelo para São Paulo mucho más tarde. No queriendo esperar más, decidió alquilar un pequeño avión particular que partió a las cinco de la mañana rumbo a Porto Alegre, donde pudo embarcar para São Paulo en un vuelo regular.
Mientras atravesaba los aires, el Dr. Plinio sentía una tremenda angustia e iba preparando su espíritu para el momento en que se encontrase con sus amigos y, por la actitud de éstos, se diese cuenta, con un golpe de vista, del estado de su madre. Así, al bajar del avión, intentando descubrir algún rostro conocido en medio del público, distinguió a uno de sus más antiguos compañeros de lucha, ¡que le hacía un gran gesto tranquilizador! Tras el saludo de bienvenida, la primera pregunta del Dr. Plinio fue evidentemente sobre el estado de salud de doña Lucilia, a lo que su amigo respondió:
— Gracias a Dios está fuera de peligro. Sufrió un fortísimo ataque de corazón, pero ya se ha recuperado y está sentada en la cama conversando normalmente. Los médicos que le atendieron están sorprendidísimos con su reacción. Sin embargo, es necesario que usted sepa que, por una extraña coincidencia, nos encontraremos al llegar a su casa con el entierro de un vecino suyo. De manera que no se asuste. Estábamos muy preocupados pues usted podría pensar que se trataba del entierro de doña Lucilia…
Al llegar a su casa, el Dr. Plinio encontró a su amadísima madre recostada en la cama, conversando tranquilamente con doña Rosée y doña Maria Alice. Aquella venerable fisonomía de anciana, enmarcada por plateados cabellos, expresaba tanta paz de alma que de manera alguna se diría que ella había estado, pocas horas antes, al borde de la muerte.
Después de los primeros saludos, ella le preguntó cómo estaba de salud.
— ¡Mi salud está excelente! ¡Pero lo que quiero saber es cómo está la suya!
A pesar de haber sufrido con la falta de su “filhão querido”, cuya presencia en aquel angustioso trance le hubiese sido tan consoladora, soportó esta nueva prueba con extrema serenidad. La llegada del Dr. Plinio fue para ella un nuevo aliento. Aunque éste no pudo darle el beso de costumbre en la frente, pues estaba con un fuerte resfriado, sus manifestaciones de cariño la reconfortaron y dieron ánimo a aquel corazón que tanto palpitaba por su hijo.
La mejoría de doña Lucilia fue rápida. Al día siguiente, su médico, el Dr. Brickman la autorizó a levantarse y andar por la casa. Aproximadamente diez días más tarde volvió para un control de rutina. Después de examinarla con el estetoscopio, exclamó sorprendido, dirigiéndose al Dr. Plinio:
— Pero, ¡no es posible!
Y como si no creyese en sus propios oídos, la auscultó de nuevo cuidadosamente, y dijo:
— Mire, su corazón está funcionando tan bien que yo diría que es el de otra persona…
Durante su larga peregrinación por esta tierra de exilio, doña Lucilia se fue preparando con calma, resolución y entera confianza en el Sagrado Corazón de Jesús y en el Inmaculado Corazón de María, para atravesar los umbrales de la eternidad. Viéndose en la inminencia de comparecer ante el Tribunal Divino, conservó aquella paz que nunca la abandonó. Será tal vez esa cualidad de su alma una de las causas de su longevidad. Viviría todavía, tranquilamente y sin mayores problemas de salud, siete años más.

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Fallecimiento de don João Paulo

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D. Joao Paulo

A partir del 27 de enero de 1961, el pacto hecho por doña Lucilia con su esposo, de rezar una Ave María delante de la puesta de sol entró en vigor. Algunos días después de un derrame cerebral, don João Paulo, entonces con 87 años de edad, entregó su alma a Dios.
Aunque doña Lucilia hacía mucho tiempo que estaba con el espíritu preparado para la eventualidad de la muerte de su esposo, la rapidez del desenlace la conmocionó. Pero era tal su paz de espíritu, y tan grande su confianza en la Providencia, que, sin dejar de demostrar natural tristeza y dolor, no perdió la serenidad en ningún momento, conservando un aplomo admirable. Ésta era su constante actitud delante del dolor, siguiendo el excelso ejemplo de Nuestra Señora a los pies de la Cruz.

Los nobles deberes de la viudez

En nuestros días es tal la aversión a la Cruz de Nuestro Señor que, poco a poco, ha sido relegada al olvido la saludable costumbre del luto, por traer éste ligado a sí el recuerdo de la muerte y de la eternidad. Doña Lucilia nunca adhirió a ese estado de espíritu. Y, una vez fallecido su esposo, cambió algunos hábitos de acuerdo con su nueva situación. Guardó luto hasta el fin de sus días, y dejó de usar joyas durante un año, según la costumbre.
Al comienzo, al Dr. Plinio le pareció todo esto natural, pero pasado cierto tiempo le preguntó:
— Mãezinha, ¿usted ha dejado de usar el collar de perlas?
— Sí, hijo mío, ya no lo usaré más. Una señora sólo se adorna para su esposo.
De hecho, nunca más usó el collar, tan de su gusto, donde se ve con qué modestia y desapego había usado sus joyas a lo largo de toda su vida.

Lenta marcha hacia el anochecer

Con la muerte de don João Paulo se acentuó para doña Lucilia el normal aislamiento que la edad avanzada trae consigo. Desde joven ella había previsto la eventualidad de que su modo de ser y de pensar fuese incomprendido por las generaciones siguientes, en vista de las transformaciones que presenciaba. Así, no tenía ninguna ilusión.
Haciendo recordar ciertas flores, que exhalan su mejor perfume cuando son maceradas, doña Lucilia se sometía con dulzura y suavidad a la prueba del aislamiento, más doloroso para ella debido a que era muy comunicativa. Sin embargo, su soledad no fue completa. Desde la juventud de su hijo, poder constatar la afinidad existente entre ambos fue para ella un consuelo, pues veía en la fidelidad de éste a los mismos principios católicos que ella amaba, la promesa de una compañía hasta sus últimos días.

“Hijo, sólo te tengo a ti”

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…al salir de su cuarto, se lo encontró en el corredor, junto a la puerta del vestíbulo… «Filhão, sólo te tengo a ti; pero a ti te tengo por entero»

Considerando que la sensibilidad de una señora es más refinada que la del hombre, el Dr. Plinio hizo el propósito de amenizar el aislamiento de doña Lucilia y de sustentarla en su soledad. Redobló, así, sus manifestaciones de cariño hacia ella, que discernía perfectamente la intención de su hijo en la expresividad de los agrados con que la cubría. Por eso doña Lucilia no perdía ninguna oportunidad de manifestarle su agradecimiento.
Un día, al salir de su cuarto, se lo encontró en el corredor, junto a la puerta del vestíbulo. Paró frente a él, le puso las manos sobre los hombros y, mirándole profundamente, le dijo:
— Filhão, sólo te tengo a ti; pero a ti te tengo por entero.
Al acordarse de esa escena, años más tarde, el Dr. Plinio comentaría: “Esas palabras se grabaron en mi espíritu para siempre. Cuando ella dijo esto, yo no respondí nada, pues no existen palabras capaces de expresar los propios sentimientos en situaciones como ésta. Sólo la besé y abracé, como lo hice siempre. Pero puedo decir tranquilamente que ella me tenía de verdad, ¡y por entero!”.

Reflejos de la devoción a Nuestra Señora en el alma de doña Lucilia

cap13_003La piedad de doña Lucilia, de la cual ella casi no hablaba, era poco bulliciosa, pero podía notarse en todo. Se parecía mucho a su modo de ser comunicativo, afable, pero muy discreto. Tal como su tono de voz, dulce, suave, semejante a los diversos registros de un órgano que tocase bajito y armoniosamente en una pequeña capilla, su devoción ardiente permanecía siempre envuelta en un velo de discreción.
Así era su fervor hacia la Madre de Dios, del que se podría decir que empezó en el momento en que las aguas del Bautismo fueron derramadas sobre su frente. Una de las prácticas que más la hizo crecer en esta devoción fue, evidentemente, el rezo del Santo Rosario, al que se había acostumbrado desde su remota juventud. Durante mucho tiempo usó un bonito rosario de cristal, hasta el día en que el Dr. Plinio le trajo otro del Santuario de Aparecida. Ella, ciertamente, no olvidó nunca las palabras de su hijo al entregarle aquel modesto pero cuán significativo regalo:
— Mi bien, mire usted, es un rosario de poco valor. Se lo traigo sólo para que se acuerde de que, estando en Aparecida, recé por usted.
Aunque muy simple, doña Lucilia pasó a usarlo, pues se relacionaba con un recuerdo: “Mi hijo, estando en Aparecida, junto a Nuestra Señora, se acordó de mí con especial afecto.”
Entre las invocaciones de la Santísima Virgen había una que tocaba más especialmente el alma maternal de doña Lucilia, siempre dispuesta a atender las necesidades de sus hijos, antes incluso de que se lo pidiesen: la de Nuestra Señora de las Gracias.
En la pequeña imagen francesa que tenía en su cuarto, la Santísima Virgen se presenta con los brazos abiertos, como compadeciéndose de las flaquezas humanas, y deseosa de distribuir los tesoros de sus gracias a aquellos que se colocan bajo su manto protector.

* * *

El espíritu humano es modelado por el objeto de su admiración. Nuestras almas son como espejos. Si damos culto a Nuestra Señora, un poco de su excelsitud se refleja en nosotros. Sin duda, algo de eso sucedió con doña Lucilia. Los episodios cotidianos de los últimos años de su vida dejaban traslucir de modo especial esa elevación de alma que perfumaba todos sus gestos.

Un pacto para la eternidad

cap12_047Un día estaban doña Lucilia y su esposo en el comedor, contemplando las bellezas del atardecer, que en la ciudad de São Paulo se reviste con frecuencia de bonitas tonalidades. Pero ella no se limitaba a apreciar desde el punto de vista natural la cambiante vivacidad de los colores ígneos con los que el sol, en su declive lento y majestuoso, iba pintando los rizos de las nubes, aparentemente diseminados en el cielo por manos invisibles. Su espíritu rápidamente se elevaba a consideraciones de orden sobrenatural. Y esta escena le trajo a la mente cuán próximos estaban, ella y su esposo, del ocaso de la vida terrena y de la aurora de la eternidad. Le hizo entonces la siguiente propuesta:
— João Paulo, ¿vamos a hacer un pacto?… Ya estamos con muchos años y no sabemos quién de nosotros se va a quedar solo. Aquel que se quede reza por el otro un Ave María todas las tardes delante de la puesta de sol. Don João Paulo consintió. Sería él el gran beneficiado de ese acuerdo, pues en breve terminaría sus días, y ella cumpliría fielmente la promesa hasta el fin de su vida.

“Hijo, mamá ha comprado esto para ti”

Aunque la felicidad eterna de los suyos fuese la principal preocupación de doña Lucilia, continuaba observando las pequeñas obligaciones provenientes de la mutua relación familiar, en las cuales el afecto era la primera regla. Por eso, al aproximarse el final del año, o el cumpleaños de alguien, doña Lucilia iba pensando ya en los regalos.
La elección era hecha según la medida del afecto, y nunca en función del valor de los recuerdos anteriormente recibidos. Ella nunca condescendería a rebajar una amistad a una relación casi comercial.
Para doña Lucilia, las festividades de fin de año comenzaban siempre unos días antes, o sea, a partir del cumpleaños del Dr. Plinio, el 13 de diciembre. Con mucha antelación iba separando el dinero necesario para los gastos y —con su manera peculiar— lo envolvía en un papel en el que escribía la finalidad, formando pequeños rollos. Lo cual estaba muy acorde con la minuciosidad y perfección con que hacía las menores cosas.
A su hijo siempre le regalaba corbatas. Desde hace mucho tiempo ella no las compraba personalmente, y lo dejaba a cargo de don João Paulo. Como éste, desde joven, se vestía con muy buen gusto, doña Lucilia confiaba siempre en su elección. ¿Por qué? Porque “João Paulo se viste bien”. Era para ella un paradigma.
Para el Dr. Plinio lo que le daba verdadero valor al regalo eran las palabras —envueltas en tanto cariño que llenaban el alma de dulzura— escritas por su madre, no en una tarjeta, sino en el papel de seda de la propia caja de la corbata. Ese pormenor, un tanto inusitado, daba especial sabor a su gesto, pues dejaba traslucir un trazo de su personalidad. Doña Lucilia, al entregar a su hijo el regalo, con afecto decía:
— Filhão, mamá ha comprado esto para ti.