Desvelos por los insomnios y enfermedades de su hijito

Algún tiempo después de que don Antonio falleciera, doña Lucilia, su esposo y sus hijos se mudaron al palacete Ribeiro dos Santos. Allí, el matrimonio pasó a ocupar un cuarto cuya puerta dejaba pasar por el montante la discreta luz del corredor, donde una lámpara quedaba encendida durante toda la noche.
El pequeño Plinio, que dormía en una cuna junto al lecho de sus padres, se despertaba a veces a altas horas de la madrugada y en vez de dormirse nuevamente, se sentía dominado por el insomnio. Oía la regular y pausada respiración de doña Lucilia, y la llamaba tratando de despertarla. Todo era en vano. La Providencia le había concedido a ella un sueño tranquilo y profundo. Por eso demoraba un poco en socorrer al niño, que se sentía naufragar en la soledad y en las sombras de la noche.
Sabiendo que allí estaba su madre, llena de protección y ternura, Plinio no dudaba en pasar de su cuna a la cama y, sentándose sobre su pecho, intentaba abrirle los ojos con los deditos, mientras decía:
— Manguinha, manguinha… (Deformación infantil de la palabra mãezinha (madrecita). El Dr. Plinio la usará muchas veces, ya adulto, para dirigirse cariñosamente a su madre.)
El tierno y afligido infante se daba cuenta de que le iba a causar un trastorno, pero pensaba: “Ya que ella es mi madre, no se enfadará con esto, y a mí no me queda otra salida”.
Al fin, sin sobresaltos, doña Lucilia despertaba de su profundo sueño y le decía con dulzura:
— ¡Hijito mío!, ven aquí. ¿Qué te pasa?
El pequeño discernía con cuánto cariño enfrentaba ella la situación. Sentándose para evitar el sueño, doña Lucilia se ponía a conversar con su hijo y distraerlo hasta comprobar que aquella inseguridad nocturna había desaparecido.
Esta madre ejemplarísima le contaba, con admirable paciencia, una, dos o cinco historias, que él oía encantado, sintiendo el torrente de afecto, cariño y compasión de que era objeto. Cuando veía que el sueño había vuelto, ella le decía:
— Ha llegado la hora de que te acuestes — y le ayudaba a volver a la cuna.
Mientras se dormía, una reconfortante impresión invadía su espíritu: “¡Es realmente como yo esperaba! Me satisface enteramente. Confío en ella. Me siento enteramente suyo.”
Con saudades indecibles, ese hijo comentaba muchos años después:
“¿Cómo sentía cuando era niño la compasión que tenía por mí? Ella se daba cuenta de cuánto sentía yo mi propia debilidad y sonreía como diciéndome: ‘Es verdad que eres débil, pero es natural que lo seas. Así es la vía del hombre. Pero es natural también que un hombre tenga madre y que ella sea un océano de ternura para con él. Siéntete comprendido en todo y no tengas orgullo en querer ocultarme tu debilidad. Al contrario, colócala en mis manos; yo me encargaré de ella.’ Con una sonrisa llena de afecto, como nunca vi nada igual en mi vida, era como si me dijese: ‘Vamos a seguir juntos tu difícil camino.’
“Sentí su compasión especialmente durante las enfermedades que tuve en mi infancia: gripes, escarlatina, sarampión y una terrible difteria que me puso casi a las puertas de la muerte. ¡Cuánta lástima sentía por mí! ¡Se afligía hasta el último extremo! Ya entonces, yo, muy amigo de observar, no dejaba de examinar su actitud cuando entraba en el cuarto de puntillas, sonriendo, con un vaso de medicina homeopática en la mano —era una ferviente partidaria de la homeopatía— y me decía: ‘Hijo mío, hijito, ha llegado la hora de que te tomes la medicina.’
Verla allí era el consuelo de mi alma, y eso compensaba el dolor que sufría. “Las analogías son algo muy vivo en la mente de un niño. Yo establecía una relación entre ella y el frescor del agua que tomaba, diciendo para mí mismo: ‘Ella es para mí lo que esta agua es para mi enfermedad: un refrigerio’.
Madre cariñosa y atenta, doña Lucilia en seguida notó que la débil salud de su hijo pedía aires mejores que los del centro de São Paulo. Llevada por una mezcla de preocupación y desvelo, se mudó durante algunos meses al distante barrio de la Peña, abandonando durante ese período su acogedora residencia en los Campos Elíseos. Influyó de modo decisivo en la elección del lugar la proximidad del santuario de su Madrina, la Señora de la Peña, donde le iba a ser posible rezar por el pequeño Plinio con mayor asiduidad.
A partir de este trato “paradisíaco” —lleno de ternura, solicitud y protección por parte de la madre, y de admiración y confianza por parte del hijo— se estableció entre ambos una gran unión de alma que transpuso las murallas de la eternidad. Pero no son esos los únicos hechos que demuestran las elevadas y apreciables dotes maternales de doña Lucilia…

Un pensamiento en “Desvelos por los insomnios y enfermedades de su hijito

  1. He vivido de manera muy cercana el poder de interseción al Santísimo Corazón de Jesús y a la Infinita y Divina Misericordia de parte de La Señora, Venerable Doña Lucilia Correa de Oliveira. Humildemente y con todas las limitaciones que me rodean, pero soy un ferviente devoto suyo. Todos los días la tengo presente desde lo más produndo de mi ser y nunca podre recompensarle todo lo que ha hecho por mis seres queridos. Mi agradecimiento es por siempre. Gracias Señora Doña Lucilia.

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