Como una torre de marfil

Mediante la realidad insondable que caracteriza la relación entre madre e hijo, el Dr. Plinio compone algunas metáforas, a fin de poner en palabras su profunda unión de alma con Doña Lucilia.

En un caleidoscopio hay cierta distancia entre la vista de la persona y la placa donde suceden los juegos de los vidriecillos coloridos. Este espacio intermedio está enteramente vacío, protegido por una envoltura propia a evitar que luces extrañas penetren allí y perturben la visión, la cual, a su vez, es tan inmediata, que no puede ser dividida en etapas.

Moviendo circularmente los vidriecillos, se tienen impresiones nuevas: no obstante, se trata de una visión sucesiva de cosas ya antiguas que se reagrupan de modos diversos y causan sorpresas. Así era el alma de mi madre, en la visión de su hijo.

Relaciones entre madre e hijo

Cuando un niño es pequeño, el primer “caleidoscopio” que ve, más que a su padre, es su madre: la madre inclinándose sobre él, mirándolo con aquella comprensión entre madre e hijo, madre e hija. Cada mirada penetra en la del otro, como la mirada de aquel que divisa el caleidoscopio y entra a fondo en los vidriecillos.

Podríamos imaginar algo más sorprendente: un caleidoscopio en cuyas extremidades hubiese dos personas, cada cual viendo fijamente a la otra.

Es una hipótesis que incluso no es agradable, pero se puede imaginar para efectos didácticos; mirándose continuamente y sin cesar, acaban teniendo alguna cosa que es siempre la misma, pero, por causa de lo movedizo de la mirada humana, de la influencia de las pasiones sobre la exposición del globo ocular, de los músculos que se distienden, que se tensionan, siempre habría algo para decir. Así era mi intercambio de miradas con Doña Lucilia.

Yo no me acuerdo de la primera vez que la vi y noté quién era ella; pero me acuerdo bien de un conjunto confuso de impresiones primarias a su respecto, las cuales me hacían sentir los torrentes de un afecto tan razonable, que yo percibía cuánto ella amaba el hecho de que yo fuese un niño inocente –como, a propósito, son todos los niños en esa primera edad–. Ella, sin embargo, comprendía el valor de esa inocencia y, por otro lado, tenía una percepción especial, alegre, jubilosa de lo que es ser una madre. ¿Cuál era el factor que me vinculaba a ella y ella a mí? ¿Cuál era esa relación que el orden natural de las cosas había establecido entre nosotros, madre e hijo? Ella sentía muy bien las semejanzas de temperamento y de modos de ser que poseíamos. Y de mi parte, mirándola, tenía la impresión de verme reflejado en un enorme espejo, pero en una especie de arqui-yo mismo, porque ella me miraba con una complacencia que yo no podría tener.

Como ella, ¡nadie!

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Yo tenía muchos otros parientes: mi padre, mi hermana pequeñita, que ya me veía con curiosidad infantil; tenía tíos, tías, toda la familia. Pero, cuando mi madre entraba en contacto conmigo, percibía que había algo excepcional, en el sentido de que nadie me quería como ella, pero también de que las otras personas entre sí, no tenían el grado de bienquerencia que ella me dispensaba.

No quiere decir que yo no juzgase buenas a las otras personas, sino que, ¡como ella, absolutamente nadie! Esto se daba confusamente, pero la idea que me fijaba era esta: ella es única. Y tuve con relación a ella todas las formas de bienquerencia. Por ejemplo, el mismo día de mi viaje a Europa, en abril de 1950, arreglé todo para que le entregaran dos cestas de flores en horas diferentes, cada una con una carta. Y a lo largo de la vida, cien otras manifestaciones de cariño diferentes. Todo eso refleja, en el fondo, esa convicción que llevaré hasta la sepultura: para mí, ella es única. De manera que, si ella me llegase a faltar, para mí sería como si el sol se apagase. Sin embargo, aunque su bondad haya despertado en mí un afecto tan inmenso, no puedo dejar de notar que, si había algo que ella no tenía, era la idea de volverse insustituible. Por el contrario, por su presencia y acción, por el modo de relacionarse conmigo, notaba la siguiente preocupación: “¿Qué será cuando yo muera? Plinio, al casarse, estará bien, tendrá su hogar; pero si no se casa, ¿cómo será?” Mi soledad la preocupaba.

No obstante, poco a poco percibí que esa aprensión fue cediendo, porque ella comprobó que la formación religiosa que me había dado, me llevó a fundar la TFP. Y que ella, al abandonar este mundo, dejaba en torno de mí un inmenso hogar, dentro del cual me sería tan grato recordar su figura.

Profunda aflicción con el accidente de Doña Lucilia

Cuando yo era aún pequeño, tenía unos siete u ocho años, tal vez ni eso, ella sufrió un accidente. Ella había estado en la oficina de mi padre, en el centro de la ciudad, para tratar algún asunto con él y después fue al dentista, al frente, en el mismo piso del edificio. Al bajar la escalera –muy empinada– para salir, se resbaló. A fin de no rodar gradas abajo, se agarró en una de las pequeñas columnas que soportaban el pasamanos; al hacer esto, sufrió un dislocamiento muy fuerte en el brazo; creo que tuvo que ir al hospital para enyesarlo, y después volver a casa. Yo estaba en casa y percibí, en cierto momento, un corre-corre entre los más antiguos, decían cosas en voz baja para que yo no escuchase. Ahora bien, todos fuimos niños, y sabemos que, en esas circunstancias, queremos absolutamente saber qué está sucediendo. Y acabé percibiendo que le había pasado algo muy grave a mi madre; ella llegaría a casa en ambulancia. Yo tenía una idea infantil de que la ambulancia era el transporte de los agonizantes y me vino la noción de que ella podría morir. Me dio una enorme inquietud.

Me dejaron en la oficina de mi padre, un cuarto común con dos o tres puertas, una de las cuales quedaba libre. Me acuerdo que comencé a andar de un lado a otro, muy preocupado, y en ciertos momentos corría desde el fondo de la sala, saltaba y le daba un puntapié a la puerta, procediendo así un número incontable de veces. Era la reacción característica de un niño, pero indicaba muy bien el nerviosismo y la aflicción en que yo estaba.

Yo no quería que ella muriese. Me acuerdo de que, al final, me fui apaciguando y comprendí que no se trataba de un peligro de vida, era solo un accidente, y lo que ella tenía que sufrir ya lo había sufrido, las cosas volverían a la normalidad. Dormí durante la noche normalmente, pero aquella idea de que ella me pudiese faltar, me dejaba totalmente asfixiado.

Solícita en ayudar, hasta después de la muerte

Comparo esa ocasión con lo que me sucedió cuando el médico que asistía a mi madre en sus últimas horas de vida, entró en mi cuarto y me dijo: “Dr. Plinio, si Ud. quiere alcanzar a Doña Lucilia con vida, venga enseguida, porque ella se está muriendo”.

Yo había sufrido una amputación en aquellos días, y andando como podía, entré en el cuarto de mi madre. Cuando llegué, el médico anunció: “Ella ya murió”. Prorrumpí en un gran llanto… Pero, cierta paz invadió mi alma; la besé y fui a mi cuarto, a fin de hacer mi toilette.

Sentí una tranquilidad de alma que era como una ayuda que ella misma me daba. Ella, ¡solícita hasta en ese punto! Era manifiesto que era un movimiento de la gracia; fue solo aceptar, ¡somos siervos de la gracia!

De ahí en adelante, la figura de ella pasó como que viva de esta vida para mi alma. Me acuerdo de ella frecuentemente –las reflexiones que estoy haciendo muestran bien eso–, pero sin lamentos, ¡eso no! Delante de mí hay un nuevo horizonte en la punta del cual está Nuestra Señora, está la Santa Iglesia Católica. No llega a ser nuevo, pero es un horizonte en el cual fui criado y, por acción de ella, incluso antes de saber decir “papá” y “mamá”, yo sabía decir “Jesús” y “María”.

Con su ausencia causada por la muerte, ella pasó a residir en este horizonte mío, el cual debo encontrar cuando llegue mi vez, mi turno de cerrar los ojos y entrar en la eternidad.

A semejanza de una pieza de marfil

En mi madre había un aspecto difícil de describir, pero creo que mediante una metáfora se lo puede comprender bien.

Ella no era una persona normalmente descolorida, como son algunas almas que, con el impacto de un hecho relevante, extraordinario, se encienden y solo entonces muestran lo que realmente son. Es decir, mediante un gran dolor o una gran alegría, se enciende en esas almas una luz interna y lo grisáceo común de la vida de todos los días se sustituye por manifestaciones; o élans de vulgaridad, o de elevación de espíritu.

El crimen y la santidad pueden igualmente revelarse en ocasiones así. Hay, sin embargo, otras personas que no son así; podríamos juzgar erróneamente que son monótonas, pero no es verdad.

Doy como ejemplo el marfil. Tengo en mi casa una bonita pieza de marfil, la cual veo siempre que entro en casa, porque queda en una pared bien frente a la puerta; no me detengo a considerarla, pero de paso me agrada mirarla. Es siempre la misma pieza dura, pura, alba, con aquella forma específica de la punta del diente de elefante; pesada, pero con aspecto de ligera. Para mí, ella no es monótona, y sería una pérdida si dejase de verla, porque las cosas de calidad, cuando son de un solo tono, dimanan un tono bonito de muy alta categoría, el cual por nada se desea mudar.

Almas “caleidoscópicas”, almas ebúrneas

cap12_050Hay, por lo tanto, una diferencia muy grande entre el caleidoscopio y una pieza de marfil: el primero es bonito, tiene unos colorcitos y moviendo la placa nos deleitamos con las sorpresas; por su parte, la pieza de marfil es permanente, con su blancura, lisura y dureza que le son peculiares.

En este sentido, hay ciertas almas caleidoscópicas y conforme la situación de cada momento es agradable analizarlas; y hay también una categoría de almas ebúrneas, de marfil.

Es lo que está contenido en las Letanías de Nuestra Señora, Turris Eburnea. ¡Cómo Nuestra Señora merece ser llamada Torre de Marfil! En un grado indeciblemente inferior al de María Santísima, se puede afirmar que el alma de Doña Lucilia era ebúrnea.

La misma siempre, del mismo modo, con la misma bondad, la misma acogida, el mismo perdón; al mismo tiempo, teniendo siempre un juicio serio y objetivo: “Esto lo hiciste bien, aquello lo hiciste mal, porque el bien es el bien y el mal es el mal”.

Recomponiendo las impresiones y sensaciones, es lo que me viene a la memoria.

(Extraído de conferencia del 30/12/1994)

Serenidad luciliana inconfundible

En la punta de los horizontes más aflictivos, Doña Lucilia mantenía siempre la misma serenidad, que provenía de la confianza en la Providencia. Era una especie de promesa de Dios de que, en el dolor, el lumen con el cual ella acompañaba el vaivén de los acontecimientos no la abandonaría jamás.

Tratando con mi madre, varias veces me hice esta pregunta: ¿Cuál es la proporción entre la gracia y la naturaleza en el conjunto de su personalidad? Es razonable colocar esa cuestión, porque cuando alguien corresponde mucho a la gracia, esta última toma aires de una segunda naturaleza y da la impresión de que la persona es así, desde lo más profundo de su ser. En cierto sentido, esto es verdad.

Mi madre asumió la gracia y se dejó asumir por ella

La memoria que me quedó en la retina sobre mi madre es la de una persona que, por más profundo que se la viera, no se percibía otra cosa, a no ser el trabajo de la gracia en su alma. Yo sé, por la fe, que siendo ella concebida en pecado original, debería tener un lado opuesto al de la gracia. Sin embargo, de tal manera ella había asumido la gracia y se había dejado asumir por ella, que parecían ser una sola cosa.

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Si no fuese la convivencia continua y mi preocupación de hacer un análisis imparcial, sin dejarme llevar por el afecto de hijo, esa pregunta, de querer saber cuál sería el lado del pecado original en su alma, no parecería justa ni reverente. Sin embargo, yo me puse a mí mismo esa pregunta de otro modo: “¿Qué es gracia, qué es naturaleza?”

Por ejemplo, la suavidad de mi madre, tan y tan notable, tan comunicativa, que marcaba tanto los ambientes donde ella se encontraba, vista bajo un aspecto, tenía consonancia con su temperamento. Pero, no pudiendo haber un temperamento que tuviese únicamente aquella suavidad, era evidente también que debería haber algo contrario a aquello, aunque fuese en algún punto. No obstante, en ella nunca encontré algo negativo digno de nota.

Una vez u otra vi pequeños movimientos de enfado, pero tan pequeños, que sería preciso un microscopio para analizarlos, de tan insignificantes. Parecían no tener raíz en ella, de tal manera se figuraban como una cosa postiza. Mientras que la suavidad, la dulzura ininterrumpida, aquello que vemos en el Quadrinho1, todo eso, sí, parecía tener raíz en su alma.

Por algunos lados, todo eso parecía ser lo natural en ella y, realmente, yo no notaba en la naturaleza de mi madre movimientos dignos de observación, de análisis, adversos a la gracia. Y el carácter sobrenatural de esa acción es sentida por los que van a su tumba en el Cementerio de la Consolación. Muchos van allá con la esperanza de encontrar aquella suavidad, y vuelven con la tranquilidad de haberla encontrado.

No quiero decir que la suavidad fuese un monopolio de ella, pero aquella forma de suavidad era enteramente inconfundible, era ella y de ella.

Suavidad que provenía de la confianza en la Providencia

¿Cómo sería, entonces, esa suavidad y en qué sentido era diferente de las otras suavidades? Sin duda alguna, provenía de la propensión de mi madre de querer bien y de hacer el bien a todo el mundo.

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El»Quadrinho»

Era algo que no transparecía a primera vista, pero, haciendo un análisis cuidadoso como los que yo hacía, muy reverente, pero no de ojos cerrados, ese análisis me llevaba a la siguiente conclusión: había, en el fondo, sin que la palabra fuera pronunciada, una confianza enorme en la Providencia, la cual marcaba su vida y explicaba la suavidad, dándole el soporte racional. Porque, por más que esa sea una bella virtud, solo lo es porque es razonable.

Ahora bien, ¿cuál era el fundamento de la actitud de mi madre frente a las cosas? Debería haber un fundamento razonable. Si no lo tuviese, no sería católico ni sería virtud y yo no lo querría. Si alguien dijese simplemente: “Ese sentimiento es bello, por lo tanto, es razonable”, yo no podría ser un oso perezoso y, pareciéndome eso bello, dejar de buscar el verum que existe por detrás. Por el contrario, el verum debe ser encontrado.

Algo me dice que así se debe ser y que debemos ser infatigables en ese esfuerzo: la razón demostró, luego, busque el pulchrum; el pulchrum demostró, entonces busque la razón. Y de esa “ojivalidad” resulta el bienestar y la misión cumplida del alma.

Serenidad en todas las circunstancias

Naturalmente, yo procuraba hacer eso a propósito de ella y encontraba siempre lo siguiente: en la punta de los horizontes más aflictivos, un acto de confianza. En el extremo de las preocupaciones podían aflorar mil cosas, pero, después, de repente, en el término más pungente, estaba la serenidad. Lo cual explicaba su paciencia y su bondad.

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Ella miraba hacia ese fin de horizonte como miraba el sol cayendo sobre la Plaza Buenos Aires o en la Rua Alagoas, entre la arboleda de la alameda aún no contaminada por los horrores que se esparcieron después. A veces ella comentaba cómo estaba bonito. Ella tenía la misma posición de alma y el mismo modo de ver, la misma serenidad. ¿Por qué? La pregunta va hasta allá.

Me acuerdo de ella, ya bien anciana, con una incomodidad digestiva considerablemente más seria de lo común. Mandé a llamar al médico. Para una persona de aquella edad, la visita de un médico puede significar una sentencia de vida o de muerte. Pero ella no se hacía bien la idea de hasta qué punto la muerte pendía sobre ella.

Cuando el médico fue a examinarla, poco antes de que ella entrara en la sala, me dijo: “¡Hijo mío, si supieras qué horror tu madre tiene al cáncer!”

Ahí me di cuenta de que ella pasó la vida entera con esas perturbaciones digestivas y, teniendo esa especie de horror al cáncer, ella podría haber pensado varias veces en esa hipótesis. Habituado desde pequeño a verla con esas incomodidades, nunca me pasó por la mente que ella llegase a tener esa enfermedad. Cuando yo era pequeño no se hablaba de cáncer, ese mal fue un fruto de la modernidad, no la enfermedad en cuanto tal, sino su diseminación.

Yo pensé para conmigo: “De repente lo es. Y la muerte de cáncer es inexorable y muy dolorosa.” Después del examen, el médico fue a la sala para conversar con mi hermana, mi sobrina y conmigo. Durante la exposición, llamé su atención a propósito, corté la explicación y le pregunté:

– Doctor, ¿será cáncer?

Él tuvo un pequeño sobresalto y dio la siguiente respuesta:

– Por ahora no hay derecho a pensar en eso.

No habían aparecido los síntomas propios para definir si era o no cáncer. Pero se comprende, por tanto, cómo eso le debe haber causado innumerables preocupaciones a ella. No obstante, mantenía siempre aquella serenidad.

Me acuerdo también una vez que pusieron en sus pañuelos un monograma, que a ella no le gustó. Me dijo, pero con aquella suavidad, que no le había gustado aquello, estaban feos.

Yo dije:

– Mi bien, pero usted… ¿Qué se puede hacer? Le conviene aprovechar los pañuelos.

– Sí, no hay duda, pero, ¿usar yo esto hasta el fin de la vida?

Era el fin de la vida, pero ella lo mencionaba como algo muy remoto. Lo cual hacía el problema “muero, no muero”, más agudo para el instinto de conservación.

También en tensiones en las relaciones con personas a quien ella quería mucho… En el fondo… aquella serenidad.

¡El lumen de mi vida no se apagará!

Su serenidad era un poco diferente. La nuestra consiste en, al tener delante de nosotros cierta perspectiva, mantenernos serenos por saber que Nuestra Señora no permitirá que tal perspectiva se realice.

Con mi madre no era propiamente así, sino: “Pase lo que pase, cierto lumen que yo espero tener en mi vida, no se apagará.” Era una especie de promesa de la Providencia de que, en el dolor, aquel lumen con el cual ella acompañaba el vaivén de los acontecimientos no la abandonaría nunca. Como si dijese: “Aquello va a continuar, de un modo o de otro, ¡suceda conmigo lo que suceda, sea lo que sea, será, será, será!”

A mi modo de ver, era una especie de flash discreto y permanente. No era una llamarada, pero dentro de un firmamento lila, era como la luz de la luna. Eso explicaba la paciencia de ella y todo el resto.

Un lugar impregnado de paz luciliana

Sin haberla conocido, no obstante, muchas personas notan su presencia en el Primeiro Andar2, sintiéndolo como un lugar de paz, pero de una paz específica que todo mi torbellino no consiguió interrumpir.

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Primeiro Andar

Mi sala de trabajo era, en buena medida, su living. En la sala, mi madre permanecía mucho para rezar; en la saleta rosada apenas entraba, para ver si estaba en orden. Ella era económica y ahorraba las cosas, sabía que yo tenía finanzas limitadas y no quería desgastar los muebles, por eso, para rezar, ella lo hacía muchas veces de pie. Y al final de su vida, cuando ya estaba bien anciana, mandaba a poner junto a la imagen del Sagrado Corazón de Jesús una silla sin brazos y rezaba sentada.

El resto del tiempo, mi madre lo dividía entre el comedor, del cual gustaba mucho por causa de la vista de la Plaza Buenos Aires y porque era muy bañado por el sol, y el living pequeño, de ella y de mi padre, donde se quedaba poco, porque entraba menos luz solar; en mi sala de trabajo, ella permanecía un buen tiempo y rezaba mucho. Todo aquello quedó impregnado de alguna gracia.

Ahora bien, si por razones inconcebibles aquel apartamento –con el mobiliario y todo lo que está allá adentro, exactamente como está–, fuese a parar en manos de un tercero y alguien pusiese un cuadro extravagante en una de aquellas paredes o colocase un objeto moderno, aunque fuese pequeño, rasgaría, despedazaría el ambiente.

Si algún día yo notase el ambiente alterado, mandaría a verificar si no hay algún objeto de esos en alguna gaveta de la casa. Yo siento una oposición y una santa incompatibilidad. Expresión, posiblemente, de la firmeza de la persona tan dulce que ella fue, de la reversibilidad. Ahí tenemos la reversibilidad entre la firmeza y la bondad. 

(Extraído de conferencia del 1/5/1981)

  1. Cuadro al óleo, que le agradó mucho al Dr. Plinio, pintado por uno de sus discípulos con base en una de las últimas fotografías de Doña Lucilia.
      ↩︎
  2. Residencia del Dr. Plinio en la Rua Alagoas, 350, en el barrio de Higienópolis, en São Paulo. ↩︎

Es suave fin de Doña Lucilia

Cuando el Dr. Plinio aún convalecía de la crisis de diabetes, un dolor más vino a asomarse en su horizonte: la separación de su extremosa madre, Doña Lucilia. En vísperas de completar 92 años, ella falleció suave y serenamente, después de trazar sobre sí una gran Señal de la Cruz.

La muerte de Doña Lucilia sucedió así:

Los últimos momentos

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Estaba con mi madre almorzando en el comedor de nuestro apartamento. Aún me encontraba en vías de completar el restablecimiento de la crisis de diabetes, y ella, muy anciana, con casi 92 años, ya no presentaba una lucidez completa. Conversábamos a solas, intercambiando unas palabras como era posible, muy lentamente; ella se entretenía, me miraba fijamente y procuraba acompañar lo que yo decía. En esa comida, en la tranquilidad de la casa, la muerte se presentó. A cierta altura, ella comenzó a sentirse incómoda, con la sensación de tener, alrededor de su cuello, algodones que le quitaban el aire, y quería que alguien los removiese. En realidad, no había algodones. Percibí inmediatamente que se trataba de algo grave, aunque el médico la había examinado recientemente y encontrado su corazón en condiciones normales para aquella edad.

Llamé enseguida a una especie de enfermera o dama de compañía que la acompañaba. Esta señora me ayudó a ponerla en la silla de ruedas y, conduciéndola al cuarto, la ayudó a acostarse. Comenzaba el fin de la vida de mi madre…

Convocamos inmediatamente al médico, el cual, analizando la situación, me susurró: “Ella llegó al fin; de repente el corazón quedó en pésimas condiciones… ¡Con 92 años! Ud. debe prepararse para lo que va a suceder.”

Mi madre estaba con una crisis cardíaca fuertísima y falta de respiración.

Pasé el resto del día al lado de su cama rezando, conversando, procurando consolarla, a pesar del tormento que sentía al verla padecer falta de aire. ¡En medio de aquella asfixia, ella se mantenía en una calma que me dejaba pasmado! Miraba siempre al frente, con una resolución admirable. Notaba que ella tenía conciencia de que estaba muriendo y veía la muerte que llegaba; pero veía también que el Cielo se aproximaba. En la noche acabó recomponiéndose un poco, y yo, aún muy, muy débil, me fui a recoger para descansar.

Gloriosa Señal de la Cruz

A la mañana siguiente, tan pronto me desperté, pregunté por ella. Me avisaron que el médico había pasado la noche asistiéndola y que ella iba aguantando. Tomé el desayuno, leí un poquito el periódico con la intención de enseguida ir a verla, cuando me informaron que ella estaba in extremis.

Aún en aquel tiempo yo andaba con una especie de muletas. Me levanté como pude y fui a su cuarto, contiguo al mío. Cuando llegué, el doctor me dijo: “Ella murió”.

El médico explicó que, súbitamente, su corazón perdió el vigor y ella sintió que llegaba la muerte. Ella sabía que yo todavía estaba muy enfermo y tuvo tanta delicadeza que no me mandó a llamar. Como médico, él no pudo mantenerle la vida, y ella falleció. Antes de morir, hizo un gran y resoluto “en el Nombre del Padre”, de arriba de la cabeza hasta abajo, en el pecho, y con la gloriosa Señal de la Cruz, murió. Yo entré… ¿qué pude hacer? No sé cuántas décadas hacía yo no lloraba. ¡En esa ocasión lloré copiosamente, caudalosamente…! Después me fui a mi cuarto, hice la toilette, me preparé para quedarme haciendo guardia al cuerpo mientras estuviese en casa, y después acompañarlo al cementerio.

Enfrentando la muerte de la madre

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Dr. Plinio en la misa del 7º día 27 de abril 1968

Cuando me estaba preparando, la tristeza de repente desapareció de mi alma y tuve una tranquilidad y una serenidad extraordinarias, a pesar del dolor. Fui al saloncito rosado de casa, donde estaba expuesto el cuerpo. Comenzaron a llegar personas de la familia y relaciones. Más tarde ella fue enterrada. Acompañé el féretro hasta la puerta del Cementerio de la Consolación, no bajé para acompañar el cuerpo, porque mis condiciones no permitían por causa de la amputación. Di una vuelta en el automóvil y volví a casa. Entré… Era la primera vez que yo encontraba la casa sin su dueña. ¿Qué pude hacer? Recostarme, rezar, adormecer… La vida continuó.

A la mañana siguiente fui a la hacienda del Éremo1 del Amparo de Nuestra Señora. Hasta entonces todavía no había salido de São Paulo andando de muletas. De allá volví solo para la Misa de séptimo día.

 (Extraído de conferencia del 11/8/1984)

  1. En portugués, eremitorio, lugar donde viven eremitas. ↩︎

En Dña. Lucilia, ¡es muy fácil confiar!

En el mundo actual, a menudo nos enfrentamos a dificultades y problemas cuya solución se encuentra más allá de nuestras capacidades. En esos casos la única salida es rezar y confiar.

Elizabete Fátima Talarico Astorino

imageEs más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja que entre un rico en el Reino de Dios. […] Lo que es imposible para los hombres es posible para Dios» (Lc 18, 25.27), declaró el divino Maestro. El mundo de hoy predica una doctrina diferente. Analizando los hechos de forma naturalista, a veces nos vemos tentados a concluir: «es más fácil» desesperarse ante un problema que buscar su solución en Dios.

Sin duda hay males humanos que sólo pueden curarse con remedios sobrenaturales. Pero a menudo el bálsamo divino capaz de sanarnos nos parece tan lejano, tan imposible de alcanzar.

Quien piense así se equivoca. Si grandes son nuestras necesidades, también lo es la solicitud de Dña. Lucilia, que, como verdadera madre y amiga, está siempre dispuesta a interceder por nosotros, ampararnos y fortalecernos.

Humanamente imposibilitada para ser madre

El corazón de esa madre, como ya hemos mostrado en varias ocasiones en este apartado, parece condolerse de manera particular de aquellas que no pueden cumplir su deseo de ser madres. Con especial dedicación, «vuela» en auxilio de esas almas, encontrando, según los planes de Dios, la mejor solución.

Corrobora esta afirmación el relato de una devota residente en tierras colombianas:

«Les escribo para contarles la historia de un milagro obtenido por intercesión de Dña. Lucilia, que tuvo lugar en mi hogar y me llena de alegría y bendición. Mi nombre es Lady Milena Rincón Montaño, vivo en la cuidad de Zipaquirá (Colombia). Para contextualizar la historia de este milagro debo decirles que yo era una mujer diagnosticada con miomatosis múltiple, problemas de tiroides y prediabetes, lo que medicamente constituye un impedimento para tener hijos.

»Además de esto, había iniciado un proceso médico para hacer una extracción de los miomas uterinos, y fui advertida cruelmente por la ginecóloga de que muy probablemente, por la gravedad de mi problema, el procedimiento sería una estereotomía total. Y añadía textualmente en la hoja de la orden de intervención: “La paciente fue avisada de que este procedimiento la dejará estéril, sola y sin hijos”».

Equilibrio y paz interior ante los sinsabores de la vida

¿Cómo proceder ante este duro golpe? Lady continúa su relato:

«En ese momento me sentí desolada. Estos términos ocasionaron en mí una tristeza infinita, ya que nunca podría sentir la compañía de un hijo en mi matrimonio. Mi esposo se llama Jesús David Contreras Gaitán. Somos muy entregados a los asuntos de Dios y de la Iglesia, y decidimos afrontar juntos esta situación, seguir adelante con los procedimientos y dar las respectivas autorizaciones para la cirugía».

La resignación a la voluntad divina era una constante en la vida de Dña. Lucilia. No importaba cuán duras se presentaran las pruebas y las dificultades, jamás vacilaba en su confianza en Dios. Así pues, a parte del benevolente auxilio que nunca deja de dispensar a sus hijos, parece ayudarles de un modo especial a mantener ese mismo equilibrio, esa paz interior que tanto la caracterizaba, en medio de los sinsabores de esta vida.

Pronto le prestaría esa asistencia a Lady, que se hallaba sumergida en el abismo de sus sufrimientos.

Anuncio de un auxilio «luciliano»

Relata ella: «El 1 de julio de 2023 fuimos en familia, con mi esposo y mis padres, a la misa dominical en la iglesia de los heraldos de Tocancipá, en donde aprovechamos para recibir el sacramento de la confesión.

»Me desahogué con el sacerdote, y le expuse toda esa situación que estaba viviendo, ya que para mí era un sueño tener un hijo. Entonces me enseñó una estampa de Dña. Lucilia —yo no la conocía—, me explicó quién era y me contó la dificultad que enfrentó para dar a luz a su hijo, el Dr. Plinio. Me aconsejó que le pidiera con fe a Dios, por intercesión de Dña. Lucilia, poder ser madre».

La propia liturgia de aquel domingo confirmaría el designio de Dios sobre esta familia, pues la primera lectura narraba precisamente el anuncio del nacimiento milagroso de Samuel (cf. 1 Sam 1, 1-20), hecho que el sacerdote tomó como un signo providencial para Lady, diciéndole al final de la confesión: «Dentro de un año presentarás a tu hijo ante Dios».

«Salí de la confesión y le conté a mi esposo y a mi madre lo que el padre me había dicho. Pasaron diecisiete días, empecé a sentirme mal y mi esposo me insinuó que estaba embarazada. Me hice una prueba, pero sin esperar mucho, ya que era algo traumático para mí y no quería ilusionarme una vez más con la idea de ser madre. Y ¡sorpresa hermosa!, el test dio positivo. Me hice una segunda prueba para confirmarlo y presentó el mismo resultado».

Incluso en la oscuridad, ¡seguir confiando!

Profundamente esperanzados, Lady y Jesús entraron en contacto con la compañía de su plan de salud para hacer las gestiones necesarias, y le asignaron un excelente profesional que siguió paso a paso el embarazo, siempre animándola y apoyándola.

Sin embargo, tiempo después, una nube ensombrecería su luminosa alegría de ser padres: «Un día me dieron una cita con otro médico del plan de salud, quien insinuó que mi hijo tenía síndrome de Down, presentaba malformaciones y un problema en el corazón».

¡Cuántas veces no habremos constatado que cuando los pronósticos humanos parecen contradecir los divinos, llega el momento de la confianza total! Entonces, ¿podría este matrimonio desconfiar de la protección de Dña. Lucilia, que ya les había conseguido la gracia más difícil? ¡Al contrario! Amparados bajo su chal lila, ambos atravesaron aquella inquietante perspectiva y, con la mirada fija en el Cielo, vieron brillar de nuevo la luz en su camino.

Por indicación de su seguro médico, Lady fue atendida a partir de entonces en una reconocida clínica especializada en maternidad. Narra ella:

«Poco a poco, sucesivos exámenes fueron desmintiendo todo este conjunto de suposiciones erradas, y mi hijo nació el 3 de marzo, siendo un niño saludable, pesando 3,8 kg y midiendo 53 cm. Hoy estamos rebosantes de alegría, dándole gracias a Dios y a la intercesión de Dña. Lucilia, disfrutando de la dicha de ser padres y dando este testimonio para que muchos crean por medio de los signos de Dios en la tierra».

Revista Heraldos del Evangelio. Año XXII. N.º 255. Octubre 2024

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