Accidente grave, extraordinaria curación

Deseosa de manifestarle su gratitud, Cristiane Ramos Soares Carneiro, residente en la ciudad brasileña de Caieiras, nos envía un interesante relato de cómo esta madre caritativa siempre la atendió en momentos de necesidad.

 Elizabete Fátima Talarico Astorino

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Doña Lucilia con su bisnieto

En septiembre de 2018 su esposo, teniente del Cuerpo de Bomberos, sufrió un accidente mientras combatía un incendio en un edificio de la zona centro de São Paulo. Él y otros miembros del equipo quedaron atrapados en la tercera planta. Cuando finalmente fue rescatado, tenía quemaduras, internas y externas, en cerca del 20 % del cuerpo. Dada la gravedad de la situación, fue intubado y llevado a la UCI del Hospital de las Clínicas. Allí estuvo casi un mes, siendo sometido a dolorosos tratamientos, como el de desbridamiento de la piel.

Cristiane no dejaba de rezar por su recuperación. «En determinado momento —nos cuenta ella—, le pedí a Dña. Lucilia que mi marido pudiera al menos salir de la UCI y pasar a una habitación, lo que facilitaría el contacto con la familia». Doña Lucilia superó todas sus expectativas: dos días después de haberlo pedido, su esposo no sólo salió de la UCI, sino que le dieron el alta. «Ése fue el primer gran milagro de Dña. Lucilia en beneficio de mi familia», concluía Cristiane, llena de gratitud.

(Extraído de Revista Heraldos del Evangelio, enero 2023)

Una vez más, no desamparó

Afligida ante una perspectiva tan horrible, Cristiane entendió que solamente del Cielo podría recibir ayuda, y consagró su hijo nonato a Dña. Lucilia.

 Elizabete Fátima Talarico Astorino

En 2021, ante la jubilosa espera del nacimiento de Miguel, su segundo hijo, Cristiane se sintió conmocionada al recibir el diagnóstico de que nacería con síndrome de Down, posiblemente agravado con una cardiopatía. Por si fuera poco, también se constató que el bebé demostraba ya una disminución en su crecimiento, y la cardiotocografía indicaba que sus movimientos no eran los esperados en el período gestacional en el que se encontraba. En resumen, la gravedad de la situación era tal que no estaba clara ni para los propios médicos.cap13_001

Afligida ante una perspectiva tan horrible, Cristiane entendió que solamente del Cielo podría recibir ayuda, y consagró su hijo nonato a Dña. Lucilia.

A las treinta y siete semanas de embarazo, durante una consulta de rutina, le fue comunicado a la pareja la necesidad de realizar el parto aquel mismo día, teniendo en vista las condiciones que Miguel presentaba. «Fueron momentos de mucha angustia —cuenta la madre—. Estuve cerca de ocho horas recibiendo insulina para estimular el movimiento, pero él no respondía. Finalmente, el médico decidió hacer el parto por cesárea».

Ahora bien, contra todo pronóstico, Miguel lloró bastante al nacer y no hizo falta ningún auxilio respiratorio ni intervención quirúrgica. Fue directamente a los brazos de su madre. Así concluye Cristiane: «Tan pronto como lo tuve en mis brazos le agradecí de todo corazón a Dña. Lucilia este enorme milagro que era haber nacido bien».

(Extraído de Revista Heraldos del Evangelio, enero 2023)

Una serie de infortunios

 Se conocen infinidad de casos de personas que, en momentos de aflicción, pidieron la intercesión de Dña. Lucilia ante Dios y fueron atendidos. Carla María Barbosa de Oliveira Gonçalves, sin embargo, optó por el camino inverso: clamó a Dios, ¡y Él le envió a Dña. Lucilia para que la ayudara! Con atrayente sencillez nos narra su historia, que comenzó hace casi veinticinco años…

Carla junto a la imagen del Inmaculado Corazón de María

Su familia era propietaria de un negocio en la ciudad de Teresina. En 1998, tras el fallecimiento de su suegro, se constató que éste les había dejado una pésima herencia: cuantiosas deudas, cuyo pago derivó en la confiscación de todos los bienes de la empresa por parte del poder judicial. En consecuencia, en poco tiempo Carla y su esposo no tenían siquiera los recursos necesarios para mantener a sus tres hijos, de 5, 3 y 2 años. Así pues, se vieron obligados a dejar a los niños en Teresina, al cuidado de la abuela materna, y mudarse a la casa de su suegra, en Fortaleza, con la esperanza de conseguir allí un buen empleo.

Su marido enseguida encontró trabajo, pero en una ciudad del interior del estado de Ceará. ¡Otra dolorosa separación!, porque no había ninguna posibilidad de que Carla lo acompañara. Entonces se quedó con su suegra. No obstante, su vida era muy dura: se pasaba todo el día fuera en busca de un empleo, recorría grandes distancias a pie y sin dinero ni para un ligero almuerzo.

Los que sembraban con lágrimas…

Tras cuatro meses de infructuosos intentos, un día se sienta, extremadamente deprimida y hambrienta, en un banco de una plazoleta y empieza a «conversar con Dios» sobre su triste situación, pidiéndole que le ayudara a conseguir al menos lo suficiente para alimentarse.

«Estaba yo allí —nos cuenta ella— mirando al cielo, cuando aparece una señora muy distinguida, vestida de negro, con su bastón, y me pregunta: “Hija, ¿dónde podemos comer por aquí?”. Pensé: “¡Dios mío! Estoy con hambre, hablando contigo y ¿me mandas a una mujer que me dice esto?”. Nuevamente me lo pregunta y le respondo que había un restaurante cerca. Entonces me pide que le acompañe. Le ofrecí mi brazo para que se apoyara y anduvimos una manzana conversando; sonrió y después seguimos calladas hasta el final del trayecto».

En el restaurante, la distinguida señora pidió su plato y le preguntó a Carla:

—Y usted, ¿qué va a querer?

—No, no, señora… No quiero nada. ¡No tengo ni un centavo para comer! Estoy en la miseria.

—Hija, no te he preguntado cuánto tienes en el bolsillo; te estoy invitando a comer conmigo.

…cosechan entre cantares

Muy emocionada, Carla aceptó la invitación. Una vez que llegaron los platos que habían pedido, la distinguida dama hizo la señal de la cruz y rezó un largo rato antes de empezar la comida. Luego se entabló una agradable conversación entre ellas; Carla se sentía muy a gusto y le expuso todas las tribulaciones por las que estaba pasando su familia. La bondadosa dama lo oía todo atentamente y le dio un valioso consejo: «Hija, recurre a la Santísima Virgen y tenle mucha devoción al Sagrado Corazón de Jesús. ¡Nunca decepcionan! ¡Confianza! En esos momentos es cuando más debemos acercarnos a ellos».

Al acabar de almorzar, ambas salieron juntas en dirección a una amplia avenida. Al llegar allí, Carla le preguntó hacia donde se dirigía y ella le señaló el edificio de la Facultad de Derecho; Carla se giró instintivamente y cuando se volvió, la señora había desaparecido. Perpleja, la estuvo buscando por las proximidades, pero no la encontró. Entonces regresó al restaurante, se lo comentó al camarero y los dos fueron en su busca. No hubo suerte, sin embargo, Carla, de vuelta a casa de su suegra, se sentía muy contenta y amparada.

Poco después de este auspicioso episodio, su esposo regresó a Fortaleza y le comunicó que ya se encontraban en condiciones de mantener una casa en la ciudad donde trabajaba. Carla no tardó más de tres días en conseguir, también ella, un buen empleo. En poco tiempo toda la familia estaba reunida y bien instalada.

Durante muchos años Carla le repetía a sus hijos muy agradecida: «Un día tuve hambre y la Santísima Virgen vino a darme de comer». Decía esto porque imaginaba que aquella caritativa dama era Nuestra Señora, incluso sin comprender el motivo por el cual se le había aparecido como una persona mayor, cuando siempre se presenta joven en sus manifestaciones sobrenaturales.

Inesperado encuentro

Doña Lucilia en torno a 1960

Años después, la familia comenzó a frecuentar la casa de los Heraldos del Evangelio, de Fortaleza. En 2018, su hija mayor recibió un álbum con muchas fotografías de Dña. Lucilia. Al llegar a casa, llamó a su madre para verlas juntas. ¡Cuál no fue la sorpresa de Carla al toparse con una foto de Dña. Lucilia con un vestido de color negro, muy distinguida y usando un bastón! «Inmediatamente me arrodillé, empecé a llorar y dije: “¡Quien me dio de comer aquel día fue esta señora!”», contó.

De esta forma identificó a la discreta y bondadosa señora que la había amparado y aconsejado en un momento de extrema aflicción. Salió en ese mismo instante hacia la casa de los Heraldos, donde le narró toda su historia al sacerdote que allí residía. Éste le aseguró que el modo de actuar y el cariño tan maternal de aquella señora no dejaban lugar a dudas de que era, de hecho, Dña. Lucilia.

Carla concluye su relato con este expresivo testimonio: «Pude comprender, entonces, cómo desde hacía muchos años Dña. Lucilia ya protegía a nuestra familia, porque tuvimos muchas oportunidades de perdernos, de flaquear en la fe, pero ella nos acompañaba. El consejo que me dio en aquella ocasión resuena hasta hoy en mi corazón y me sustenta en muchas adversidades».

Estoy contigo y tu petición ha sido escuchada»

Muy temerosa por el futuro de su hijo, Claudia rezaba y lloraba mucho. Un día se acordó de que un sacerdote heraldo le había dicho que a una madre le está permitido darles la bendición a sus hijos.

 Elizabete Fátima Talarico Astorino

Durante la pandemia de la Covid-19, Benjamín, el hijo más pequeño de Claudia Espejo, residente también en Perú, estuvo dos años sin asistir a la escuela. Cuando por fin se restableció la normalidad, manifestó una enorme dificultad de adaptación en la vuelta a clase. Se sometió a un test psicológico, en el que se le detectó un trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH). La psicóloga recomendó que le consultaran a un neuropediatra, quien dio un preocupante diagnóstico: trastorno del espectro autista nivel 1.

Benjamín junto a la estampa de Dña. Lucilia, enmarcada, que fue encontrada entre sus papeles

Muy temerosa por el futuro de su hijo, Claudia rezaba y lloraba mucho. Un día se acordó de que un sacerdote heraldo le había dicho que a una madre le está permitido darles la bendición a sus hijos. Entonces, una noche en la que estaba rezando con ellos, cogió agua bendita y le hizo una señal de la cruz en la espalda a Benjamín, haciéndole a Dña. Lucilia esta súplica: «Te entrego a mi hijo. Ayúdame como madre y adóptalo». Y siguió rezando por él en casa y en la iglesia, ante el Santísimo Sacramento.

Pronto comenzó a percibir cambios en las actitudes del pequeño. Un nuevo examen psicológico arrojó un resultado muy alentador: 90­% de recuperación, cuadro confirmado por la profesora contratada para ayudarlo en casa. Y la monitora del colegio informó que se estaba esforzando para progresar cada día y sus notas habían mejorado; era «un niño muy noble y con un gran corazón».

Ahora bien, un día en que Claudia estaba ordenando los cajones de Benjamín, con enorme sorpresa encontró entre los papeles una estampa de Dña. Lucilia. Y nos envió este conmovedor relato: «No sé explicar cómo llegó allí esa foto. Cuando la cogí en mis manos sentí que me decía: “Estoy contigo y tu petición ha sido escuchada”. El cambio de Benjamín fue algo realmente inexplicable. Puse la estampa en mi habitación y cada vez que la miro siento el amor de una madre, yo que tengo cuatro hijos y lo daría todo por ellos».

(Extraído de Revista Heraldos del Evangelio, enero 2023)