Durante aquellas comidas, cuando los amigos del Dr. Plinio veían entrar a doña Lucilia se levantaban para saludarla. Instalada siempre en el mismo lugar, recorría con la mirada toda la sala y, cuando la conversación permitía una interrupción, se volvía hacia el Dr. Plinio:
— Hijo mío, ¿has invitado a tus amigos a cenar?
— Ellos ya han cenado, mamá.
Para tranquilizarla más, algunos decían:
— No se preocupe, doña Lucilia, ya hemos cenado. Pero pensando que respondían por mera amabilidad, no dudaba en tocar la campanita y decir:
— Mirene, estos señores que están visitando al Dr. Plinio van a cenar aquí. ¿Quieres preparar la mesa?
Era necesario entonces que ellos reafirmasen de manera aún más categórica que ya habían cenado. Sin dejarse derrotar en esta pequeña contienda de cortesía, pasado un instante hacía sonar nuevamente la campanita:
— Mirene, estos señores ya cenaron, por lo tanto prepárales un café.
Una vez, dada la posición poco cómoda en que el Dr. Plinio se encontraba para almorzar, uno de los amigos le sostuvo la bandeja mientras él se servía los alimentos. En determinado momento doña Lucilia se dio cuenta de la escena, se inclinó un tanto hacia adelante, y preguntó:
— Hijo mío, ¿no te das cuenta de que estás cansando a ese joven?
— Pero, doña Lucilia, si usted pudiese, ¿no haría lo mismo? —dijo quien auxiliaba
al Dr. Plinio. Nada convencida con el argumento, se dirigió nuevamente al Dr. Plinio:
— Pero hijo mío, no se hace eso con los demás.
La acogida dada por doña Lucilia era graduada por sus disposiciones en relación a cada persona. No era igualitaria: naturalmente estimaba más a unos, a otros menos. Pero con todos era siempre de una apertura, de una llaneza, comparable, conforme el caso, ora a la luz de un día asoleado, ora a la luz más discreta de una noche de luna. Su afecto era estable, tranquilo, no mudaba jamás, siendo muy constante en sus amistades.
¡Quien no conoció a doña Lucilia no puede tener idea de cómo era una persona extraordinaria! Es imposible describir, con toda la riqueza de matices, de qué manera nos reportaba a Dios. Tanta era su elevación y dulzura.
Archivo de la etiqueta: bondad
Siempre preocupada por los demás
En sus pequeños gestos, reflejos de una alta virtud
Por más que hayamos comentado a lo largo de estas páginas esta cualidad de doña Lucilia, no nos cansamos de alabarla: era emocionante comprobar en ella el cariñoso deseo de atender las necesidades ajenas, ¡incluso a los 91 años!
— ¿Me permiten una sugerencia? He hecho muchas imprudencias en mi vida leyendo y forzando la vista en lugares poco iluminados. Y ahora les veo a ustedes en este vestíbulo, que no es apropiado para la lectura. Siempre que necesito distraerme hojeando álbumes o revistas uso el comedor, que tiene mucha luz, y como no voy a volver, ustedes podrían pasar allí. Estoy segura de que verán mejor en ese sitio.
Con estas palabras, doña Lucilia les aconsejaba a dos jóvenes que leían —uno un diario y otro un libro— mientras esperaban, en el vestíbulo del “1º Andar”, que el Dr. Plinio les atendiese. Fue después de haberla saludado que oyeron de ella ese ofrecimiento tan afable.
En seguida, doña Lucilia fue conducida hasta su cuarto por la empleada, dejando a los dos jóvenes encantados. Comentaron la amable manifestación de bondad de que habían sido objeto y volvieron a sus respectivas lecturas. Pasado algún tiempo vuelve la empleada, entreabre un poco la puerta del corredor que da para el vestíbulo, y lanza una mirada a los visitantes. El hecho se repitió una segunda vez, lo que no les pasó desapercibido: — ¿Qué estará sucediendo? La tercera vez, la empleada, sonriendo, les dirigió la palabra:
— ¿No van a pasar al comedor?
— ¡No! —dijeron ellos.
— ¡Ah! Por favor, doña Lucilia se quedó muy afligida al saber que ustedes están leyendo a media luz. Mientras no cambien de sala no se tranquilizará.
Esta pequeña actitud de doña Lucilia —que juzgaba un deber de conciencia proteger la vista de dos jóvenes desconocidos— deja entrever, una vez más, no sólo las elevadas cualidades de una bella alma, sino también aspectos de un mundo que se fue.
Otros entretenimientos
En aquellos momentos de descanso, además de pasar un buen rato hojeando álbumes o revistas, doña Lucilia oía música, aunque era menos frecuente. Nos impresionaba ver cómo, por saber apreciar muy bien el arte de los sonidos, acompañaba con atención y conocimiento las composiciones que escuchaba en un fonógrafo. En esta fase de su vida le agradaba especialmente oír marchas y canciones francesas de la época pre-napoleónica, entre las cuales la de los Dragones del Duque de Noailles, que le gustaba particularmente.
Con suavidad y delicadeza, seguía las ondulaciones de la melodía y el ritmo de la marcha, marcando el compás con calma y vivacidad, ora con las puntas de los dedos de la mano derecha, ora con los de la izquierda, sobre los brazos de su silla de ruedas. Por increíble que parezca, esos movimientos ayudaban a captar mejor la belleza de la composición musical.
Constituía una distracción aún mayor para doña Lucilia recibir a personas amigas. Mucho antes de que llegasen las visitas mandaba a la empleada abrir las venecianas del salón principal y verificar si la disposición de los muebles y de los objetos estaba de acuerdo con sus indicaciones. Faltando poco para la hora marcada, preguntaba dos o tres veces si habían llegado las personas esperadas. Quien tenía la gracia de estar próximo a ella en estas circunstancias, podía comprobar de nuevo su interés y desvelo por los demás. Solía ocurrir que, por su solicitud con los visitantes, éstos se olvidaban hasta de la hora de retirarse…
Sin embargo, nunca dejaba de ocupar el lugar central de sus atenciones su propio hijo.
La hora de conversar con su filhão

No era raro que, al pasar por el corredor, doña Lucilia manifestase deseo de encontrarse con su hijo…
Durante casi toda su convalecencia, el Dr. Plinio pasaba el día en el escritorio de su apartamento, siguiendo la prescripción médica. No era raro que, al pasar por el corredor, doña Lucilia manifestase deseo de encontrarse con su hijo. Era conmovedor observar la escena. Mirando hacia la puerta del escritorio, le decía a la empleada que conducía la silla de ruedas:
— Vamos aquí, Mirene.
Muchas veces era la hora del descanso del Dr. Plinio, o el momento de sus oraciones, y la puerta estaba cerrada. La empleada respondía:
— Pero, doña Lucilia, él ahora está durmiendo.
— ¿Estás segura?
A respecto de estos episodios, cuenta el Dr. Plinio: “De vez en cuando, estando ya acostado en el sofá, la oía decir:
“— Mirene, es la hora de hablar con el Dr. Plinio.
“La empleada simulaba no oír, pero mamá insistía y a veces ordenaba:
“— ¡Entra! ¡Quiero hablar con el Dr. Plinio!
“Desde el escritorio, yo hubiera podido decir:
“— ¡Mirene, entra! —pero lo dejaba así, pues quería ver en qué terminaría aquella pequeña batalla. ¡A veces mamá imponía su voluntad con autoridad! La empleada no tenía ánimo de enfrentar y cedía.”
¡Doña Lucilia entraba con una alegría única!
Una “pequeña batalla” semejante se verificaba también cuando el Dr. Plinio estaba en su cuarto. Doña Lucilia, al aproximarse a la puerta, le decía a la empleada:
— Mirene, ¡quiero ver al Dr. Plinio, eh! Estamos llegando a su cuarto. La silla de ruedas continuaba impasible su camino y doña Lucilia insistía:
— Mirene, ha llegado la hora de hablar con el Dr. Plinio.
La empleada retrucaba:
— No, señora, ya pasó la hora.
— No, ¡es la hora!
El Dr. Plinio entonces decía:
— Déjala entrar — y fingía que era la hora de estar con su madre.
— Bueno, mi bien, ha llegado el momento de vernos…
“Cuando entraba en mi cuarto, ella estaba muy tranquila”, recuerda el Dr. Plinio. “Bromeaba un poco con ella, conversaba, mandaba colocarla muy cerca de mí para que me oyese mejor. Ella prestaba una atención enorme en mis palabras. Y no me cabe la menor duda de que, por la noche, mientras se preparaba para dormir, aún pensaba en ese encuentro”.
Fuera de estas esporádicas ocasiones había un horario preestablecido —antes de la siesta del Dr. Plinio— en que llegaba para doña Lucilia la tan esperada oportunidad de conversar con él. ¡Esa hora nunca se la perdía! Casi siempre asistían a los almuerzos y cenas del Dr. Plinio cuatro o cinco amigos y auxiliares, que aprovechaban la ocasión para tratar temas relativos a las actividades apostólicas en las cuales todos estaban empeñados. Con frecuencia eran verdaderas “comidas de trabajo”. Doña Lucilia entraba a partir del final del segundo plato, ya cerca de la hora del postre. Cesaban entonces los trabajos y comenzaba una conversación variada.
Terminada la comida, los amigos del Dr. Plinio se retiraban, dejándolo a solas con doña Lucilia. La conversación era habitualmente más corta de lo que a ella le hubiese gustado. En efecto, el Dr. Plinio había determinado que la empleada la dejase con él en el escritorio durante un tiempo limitado, debido a las exigencias de su convalecencia. Agotado el tiempo, entraba y decía:
— Doña Lucilia, vamos, el Dr. Plinio necesita descansar.
— No, no —respondía a veces doña Lucilia—, deja que yo me quedo. Pero Mirene, siguiendo las instrucciones del Dr. Plinio, iba empujando la silla lentamente.
— Mirene, ¿qué es eso? Voy a quedarme.
El Dr. Plinio, entonces, intervenía.
— Mi bien, necesito descansar un poco.
Ante el pedido del filhão, doña Lucilia no decía nada más, sometiéndose pacientemente a la privación de la compañía de quien le era tan querido. La empleada iba empujando la silla, hacia atrás, y doña Lucilia se iba despidiendo a distancia, con un leve gesto de mano, mientras miraba a su hijo aún por unos instantes.
A pesar de sentirse indispuesta, un trato impregnado de bondad
Contemplando una rosa
El encanto de doña Lucilia por las flores permaneció igual hasta los últimos días de su vida. Los atrayentes colores de la naturaleza vegetal, cuya belleza el ingenio humano nunca ha conseguido superar, fácilmente cautivaban su espíritu, siempre dispuesto a entrar en armonía con el menor vestigio de maravilloso. Un joven, sabiendo que ella apreciaba las rosas, en especial las de tono coral, pasó cierto día por una floristería para comprarle la más bonita que encontrase. Al entregársela a doña Lucilia, ella manifestó la alegría de quien recibe un significativo regalo. La tomó con delicadeza, la apartó un poco y, mirándola detenidamente, tejió algunos comentarios elevados. Entremezclaba sus palabras con instantes de silencio, en los cuales contemplaba un poco más aquellos bonitos pétalos. La profundidad de lo que decía no estaba tanto en el sentido literal de las palabras, sino en la disposición de su espíritu, en la serenidad con que se expresaba, en los matices de su voz y en su reacción fisonómica. La bondad luciliana nunca se manifestaba sin la compañía de las luces, hoy cada vez más raras, de la virtud de la gratitud. De ese modo, aquel día —que se llenó con aquella simple rosa— hizo referencia varias veces a ese regalo tan simple, comentando con encanto los pétalos, el color, la forma, el tallo…
Esa rosa bien podría ser tomada como un símbolo o un reflejo de la armoniosa templanza de sus cualidades, y de la generosidad de su bienquerencia.
Un comentario perfecto
El discernimiento psicológico de doña Lucilia había crecido con los años, haciéndose singularmente penetrante al aproximarse del umbral de la eternidad. Ella aplicaba ese admirable discernimiento con la misma calma con que practicaba todas las acciones, tan pronto se le presentaban personas, figuras u objetos. Los miraba atentamente, sin que su fisonomía indicase que estuviese haciendo un gran esfuerzo, y, tras reflexionar un poco, emitía su juicio, invariablemente sabio, ponderado y justo.
En una ocasión, al serle mostradas algunas fotografías de una imagen de Nuestra Señora de Fátima, el Dr. Plinio aprovechó para preguntarle qué impresión le causaba. Después de mirar detenidamente los bellos rasgos de la Virgen de Fátima, respondió:
— Muy afligida, muy grave, muy seria… pero muy maternal…
Los que estaban allí se quedaron pasmados por el acierto del comentario de doña Lucilia. El propio Dr. Plinio no resistió, y afirmó en un volumen de voz que ella no pudiese oír:
— ¡Es el comentario perfecto!
La escena fue conmovedora. Su análisis, nada doctoral o científico, parecía descender de muy alto, como ocurre con quien tiene el espíritu colocado continuamente en ciertos parajes iluminados por Dios. Se notaba que ella, de alguna forma, estaba en constante oración.
A pesar de sentirse indispuesta, un trato impregnado de bondad
Hasta donde alcanzaron sus fuerzas, doña Lucilia ejerció a la perfección las funciones sociales de un ama de casa. Pudimos observar esto de modo especial cuando ella hacía sus oraciones vespertinas. Su preocupación cuando oía que el teléfono había sido atendido por voces que no le eran familiares, por querer saber de su empleada quién estaría esperando a su hijo, se repetía incansablemente.
— ¡Mirene! ¿Quién está ahí? —preguntaba, enteramente dispuesta a recibir al inesperado visitante.
Un bonito hecho relacionado con ese eximio modo de ser fue presenciado por un joven, que hasta hoy da testimonio a ese respecto, constituyendo una prueba de la gran virtud de esta insigne dama paulista: “Doña Lucilia me hizo entrar en el comedor, nada más terminar el piadoso rezo del rosario, y después de darme las acostumbradas explicaciones del porqué de la tardanza del Dr. Plinio en atenderme, me invitó a sentarme para tomar el té de la tarde en su compañía.” Casi tres horas de conversación pasaron como si fuesen minutos.
Tres décadas después, aquel joven aún recuerda con emoción la extrema gentileza y el envolvente afecto de doña Lucilia hacia él en aquella ocasión: “Todo el tiempo procuró entretenerme, discurriendo sobre los temas que más me agradaban, siempre en un clima de serenidad y bienquerencia.
“Me acuerdo haber salido tan alegre y feliz de aquella conversación —cuenta él— que más me parecía haber estado con un ángel que propiamente con una criatura humana. Recibí una tal comunicación de bienestar, que llegué a pensar que doña Lucilia era una señora que nunca había sufrido el menor incómodo en la vida, pues en ningún momento dejó traslucir la mas mínima señal de enfado o de cansancio, dispuesta a hacer el bien a mi alma hasta los límites permitidos por el reloj”.
Y continuaba su narración, describiendo los juegos de fisonomía de doña Lucilia, los pequeños y elegantes gestos, la voz, la mirada, las manos. Aquel mismo día, después de esta conversación, el Dr. Plinio lo llamó a su despacho para hacer una llamada telefónica al médico de doña Lucilia. Eran las nueve y media de la noche del sábado.
El joven quedó abismado al oír que el Dr. Plinio decía al médico que doña Lucilia había pasado todo el día muy indispuesta, y con tal malestar que ciertamente ello le impediría conciliar el sueño. Después de relatarle al clínico todos los síntomas, con pormenores, el Dr. Plinio pidió a su auxiliar que anotase el nombre de la inyección recetada. El mencionado joven, por tener cierto conocimiento del remedio en cuestión, se dio cuenta de cuál era realmente el estado físico de doña Lucilia, quien con tanta normalidad lo había entretenido por tan largo tiempo.
“En doña Lucilia —recuerda él— la bondad era una segunda naturaleza. Este hecho me dejó aún más patente que ella había pasado la vida haciendo bien a los demás — pertransiit benefaciendo (Anduvo de lugar en lugar haciendo el bien (At. 10, 38)).
No habiendo quien fuese a comprar la inyección, él mismo se ofreció para hacerlo. Después, debido a la ausencia del enfermero de guardia, el Dr. Plinio le pidió que se la colocase a doña Lucilia, dado que tenía práctica en ello. Ocurrió entonces otro episodio que marcó la historia de este feliz joven. Al entrar en el cuarto de doña Lucilia, se tomó de encanto y de emoción al verla tan dignamente recostada en la cama.
— Doña Lucilia, estoy aquí para ponerle una inyección recetada por su médico —dijo al saludarla.
Según narra este testigo, “era extraordinaria la instintiva preocupación de doña Lucilia hacia los demás, aunque estuviese sintiéndose indispuesta, como en aquella circunstancia. Además del momentáneo disturbio por el cual pasaba, estaba a muy pocos meses de la muerte y, no obstante, su atención se volvía hacia los demás.
“En aquel ambiente de compostura y recato, a la luz de una lámpara de mesa, su primera actitud fue la de mirarme atentamente y decir:
“¡Pero cómo, justamente esta noche de sábado le estoy dando todo este trabajo! Perdóneme por perjudicar sus planes.
“Sin demostrar el menor desagrado al serle aplicada la inyección, que provocó cierto dolor, doña Lucilia dijo a continuación:
“— Me ha entristecido mucho haberle causado a usted este trastorno.
“— En nada, doña Lucilia. Al contrario, soy yo quien me entristezco al verla sufrir con esta inyección.
“— En absoluto. Bien, se lo agradezco mucho —concluyó doña Lucilia, con su insuperable dulzura de trato.”
Este episodio trae una vez más el recuerdo de su límpida mirada. Y también de su sonrisa…
Voz flexible y ondulada
A pesar de la edad, la mirada, los gestos, la postura en la silla de ruedas, todo en doña Lucilia era encantador. Sin embargo, algo atraía especialmente a quien tuviese la gracia de conversar con ella: su voz. En la ancianidad no tocaba más su mandolina, ni siquiera el piano, pero ambos instrumentos no serían capaces de exceder en belleza a los sonidos que salían de sus labios. Su timbre de voz era enteramente afín con su noble y delicada alma.
“¡Nunca me consolaré por no habérseme ocurrido la idea de grabar su voz”, dijo una vez el Dr. Plinio, “pues estoy seguro de que les haría a todos mucho bien!”
Tampoco se le ocurrió esta idea a ningún otro, desgraciadamente. Pero aquella voz tan dulce, tranquila y pacificadora quedó grabada en los oídos de varios de nosotros. Era muy ondulada, con una extraordinaria capacidad de simbolizar los aspectos morales y psicológicos de lo que quería transmitir, de manera que cualquier palabra dicha por ella podía, conforme el caso, tomar una inflexión muy rica en matices. Y era persuasiva, lo que le daba a su conversación una enorme expresividad, sobre todo cuando tenía algo más serio que decir.
A pesar de que su audición había disminuido con la edad, la sonoridad de la voz no había sufrido ninguna modificación. Era edificante observar su capacidad de dirigirse a sus interlocutores y de atender sus preferencias, contribuyendo particularmente para esto ese timbre de voz aterciopelado, melodioso y lleno de variadas tonalidades.
Con todo, no menos significativo era su silencio, mediante el cual tanto decía a aquellos que la observaban. Cuántas saudades guardan los felices visitantes que, en incontables ocasiones, al entrar en su apartamento, la encontraban sola, sentada en la silla de ruedas, rezando largas oraciones. Nunca se olvidarán de cómo su presencia suave llenaba la sala de una silenciosa paz, mientras pasaba las cuentas de su rosario durante la puesta de sol.
Vista a través de los visillos desgranando el rosario

…contemplaba la copa de los árboles de la Plaza Buenos Aires y se beneficiaba de los últimos rayos de sol…
A pesar de su avanzada edad, doña Lucilia jamás abandonó el hábito de rezar el rosario todas las tardes. Realizaba este importante acto sentada en su silla de ruedas, en el comedor, mientras contemplaba la copa de los árboles de la Plaza Buenos Aires y se beneficiaba de los últimos rayos de sol que penetraban por la ventana. Eran bonitos crepúsculos, como difícilmente se dan en la gris megalópolis que es la São Paulo de hoy. Aquellos atardeceres se armonizaban admirablemente con el alma tan brasileña de doña Lucilia. ¡Quien tuvo la ventura de observarla a través de las rendijas de los visillos existentes
en la puerta del Salón Azul, no podía dejar de reconocer en ella un verdadero monumento! No era posible separar la nobleza de la religiosidad en aquella señora de 91 años. Cuando se habla de sus virtudes, se habla necesariamente de nobleza, y viceversa. Por cierto, había en ella algo más que nobleza solamente: doña Lucilia poseía un alma augusta.
Ella se colocaba en una actitud tan erecta, tan compuesta, y rezaba con tanta piedad y devoción que la escena era conmovedora.
Un día, mientras rezaba el rosario, necesitó utilizar el pañuelo. “En esa ocasión —relata un joven que la observaba— pudimos comprobar de qué manera se hacía evidente su respetabilidad hasta en los ínfimos gestos”. Sin darse cuenta de que estaba siendo analizada, colocó el rosario sobre el vestido, marcando cuidadosamente la decena en que había suspendido la oración, a fin de proseguirla en el punto exacto. Tomó entonces el pañuelo, utilizándolo con discreción y perfecta compostura. Después lo dobló lentamente, lo guardó, y continuó las oraciones.
“¡Qué dignidad!” —fue la exclamación muda que naturalmente brotó en el interior de quien tuvo la gracia de así, de modo furtivo, conocer a doña Lucilia más de cerca.
Semejante actitud, como tantas otras, permitía darse cuenta de la irradiación diáfana y de la envolvente luminosidad de su alma, uno de los encantos de su benigna y acogedora presencia.
Otro aspecto que saltaba a los ojos de quien tratase con doña Lucilia era su capacidad de pasar de un estado de espíritu a otro sin sobresaltos, con suavidad. Ese orden le permitía transformar en virtud cualidades de alma meramente naturales. Por ejemplo, su acentuada ternura. Cuando estaba sola, la impresión que causaba era de una dulzura toda hecha de resignación. Su presencia rebosaba de elevación, de un qué de tristeza cristiana, de perdón sin límites, de una soledad que no era vacío. Físicamente doña Lucilia podía estar sola, pero la sala donde ella se encontrase era toda penetrada por la irradiación de su bondad.
“¡Cuánta bendición existe en esta casa!”
Muchas personas dotadas de sensibilidad a la gracia sobrenatural notaban su acción de presencia. Es característico el hecho ocurrido con un sacerdote que fue a llevar la Sagrada Eucaristía al Dr. Plinio, entonces imposibilitado de salir de casa. Nada más entrar en el vestíbulo del apartamento, mirando para todos lados, indagó:
— ¿Quién vive aquí?
Y antes incluso de que alguien le respondiera, exclamó:
— ¡Cuánta bendición existe en esta casa!
No se equivocó en nada aquel ministro de Dios. Al poseer la experiencia del trato con las almas, se dio cuenta inmediatamente de cuánto estaba cargado el hogar de doña Lucilia de imponderables buenos, provenientes, en gran medida, de sus elevados pensamientos.
Nada de bello, bueno y verdadero escapaba a su capacidad de observación, siempre admirativa, fuese un capullo de rosa o una simple fruta, un lindo bordado, o una puesta de sol. Con rectitud de alma y perfecto criterio, procuraba relacionar todas las cosas con sus modelos ideales, contemplándolas como reflejos de un universo superior, destinado por Dios para la eterna alegría de los bienaventurados.







