La bondad de Doña Lucilia

En Doña Lucilia había una apetencia de espíritu de lo sobrenatural, porque ella quería tener su principal relación con Dios, y todos los otros afectos de ella provenían de este primer afecto. En el fondo, a quien ella más amaba era a Nuestro Señor Jesucristo. Su bondad la llevaba a considerar a las personas con mucha elevación, rodeándolas de dulzura y afecto.

Doña Lucilia fue la última simiente del árbol de la Edad Media que, al caer al suelo, hizo germinar el futuro. Ella es un alma profundamente medieval, pero no en cuanto a una síntesis del pasado. Era llamada a ser, sobre todo, un comienzo del futuro.

Una bondad que ultrapasa la medieval

Por ejemplo, en lo tocante a la bondad. No se puede decir que su bondad fuese estrictamente medieval. La Edad Media está allí adentro, pero es una bondad que ultrapasa la medieval, es un desarrollo de la que existía en aquel período histórico. La bondad de Doña Lucilia es hecha de una elevación de espíritu que multiplica la bondad por la bondad. Me cuesta concebir cómo es que existía en la Edad Media la bondad desde este punto de vista. En mamá había una tendencia, una apetencia del espíritu para un contacto con Dios, porque ella quería tener su principal relación con un Ser tan elevado, noble y sublime, y todos sus otros afectos eran provenientes de ese primer afecto. En el fondo, lo que ella amaba era a Nuestro Señor Jesucristo.
Esto conducía a que toda la bondad que ella tenía fuese constituida de un modo de considerar a los otros con una elevación muy alta, rodeando de dulzura y afecto la persona a quien ella consideraba. Este afecto descendía de esa eminencia, por así decir, casi raptando a la persona hacia una esfera sobrenatural muy elevada también.
Tomemos, por ejemplo, el cántico Anima Christi. Existe casi una diferencia entre las palabras y el tono de voz con aquello que debe ser cantado, por un lado, y la música, por el otro. Porque hay algo de arrebatado en el estilo ignaciano de este cántico. ¡Pero existe al mismo tiempo una ternura llevada a una elevación, a una cosa que es el extremo en su género! De la elevación de quien considera la sublimidad de Nuestro Señor Jesucristo y casi la debilidad de Él.

En el Anima Christi existe una especie de compasión con que es tratado Nuestro Señor, pero, de otro lado, un arrebatamiento. Hay en eso una mezcla de veneración muy profunda y respetuosa, y de ternura que, tomando en consideración la grandeza del Redentor, pero también como llagado, tiene casi recelo de expresarse, por miedo de tocarlo de un modo insuficientemente delicado. Pero en el fondo y en el centro está la evocación de la Persona de Él y de los sentimientos que esa Persona despierta. Así, ese cántico de algún modo lo describe.

El Sagrado Corazón de Jesús era la cima de su amor

Había todo eso en el modo de ser de mamá, por donde el Sagrado Corazón de Jesús era el ápice, la cima de su amor. Eso daba la marca medieval de ella. Porque, aunque la devoción al Sagrado Corazón de Jesús no hubiese nacido en la Edad Media, ella llevaba la ternura del medieval hacia Él hasta el último punto. Es bonito que Nuestro Señor haya aparecido en Paray-le-Monial, cuyos orígenes se remontan a la Orden de Cluny. La consideración de todo esto me llevaba a respetarla profundamente y, al mismo tiempo, a tener hacia ella una ternura la más delicada posible. Pero con la sensación de que todo cuanto yo hiciese no bastaba, pues ella estaba arriba de eso.
Cuando Doña Lucilia murió, sentí un doble lanzazo: de un lado, la noción de que una persona así acababa de ser, inexorablemente, “deshecha” por la justicia divina… Porque la muerte es eso. Los dos elementos constitutivos del ser humano, el alma y el cuerpo, son separados. Por tanto, en ese sentido deshecha. Por lo demás, si no fuese la resurrección, sería un absurdo. Me acordaba de una cancioncilla que se entonaba cuando las Hijas de María hacían procesión en la iglesia de Santa Cecilia: “Misteriosa justicia nos prende, sólo por hijos de la culpa de Adán; mas la ley quebrantada la anuló tu santa y feliz Concepción.” Es decir, realmente es una misteriosa justicia.
De otro lado, su irreparable ausencia. Porque encontrar otra persona así… Puede tener la linterna de Diógenes que no descubre nada…

Reveses y pruebas

Poco antes de ser acometido de diabetes (En diciembre de 1967, como consecuencia de una grave crisis de diabetes, el Dr. Plinio tuvo una gangrena en su pie derecho, siendo sometido a una cirugía en el Hospital Sirio Libanés en San Pablo, para descubrir la infección), estábamos cenando, solos ella y yo en casa. Hablábamos, pero lo mejor de la conversación era su presencia. Por tanto, yo estaba manteniendo la prosa casi por educación, pero de hecho embelesado fantásticamente con ella. Me acuerdo de haber pensado en esto: cómo sería difícil una madre y un hijo quererse tan bien en el mundo de hoy. Y me venía al espíritu la idea: “Esta salita de cenar es en el fondo, una especie de torreoncito donde Nuestra Señora aún conserva un pequeño resto, pero en mamá ¡un resto solar! ¿Será que está en los designios de la Providencia permitir que todo esto se disuelva con una anticipación relativamente grande de los acontecimientos previstos en Fátima?

Mamá fallece; de repente yo muero también, todo esto aquí es vendido, se dispersa, y es otra buena cosa más que desaparece en el mundo…”
Cuando me apareció la infección en el pie me acordé inmediatamente de lo que había pensado. Pasé los días en casa haciendo todo lo posible para que ella no percibiese la
gravedad de mi estado de salud. En cierta ocasión mamá estaba sentada junto a la mesa del comedor, yo pasé por el hall y tuve una caída sin que ella lo viese. La empleada me dijo en un tono medio atrevido y sublevado:
– Pero ¿qué es lo que tiene? ¡Cuéntele de una vez sobre el estado en que se encuentra! Yo manifesté mi disgusto y afirmé:
– ¿No está viendo que no quiero disgustarla?
– Pero así, ¿hasta ese punto?
– Hasta ese punto. Quien gradúa eso soy yo.
Entré en la sala pensando: “Lo que había previsto se está realizando. Esto que tengo aquí es una gangrena.” Mandé llamar a los médicos y entré en un túnel. Pensé: “Un vendaval me va a tomar y ella morirá por estos días…”
Quedaba transido de pena al pensar lo que podría suceder si yo muriese antes que ella. Y me ponía el siguiente problema: ¿Recomiendo que no le digan que fallecí? Porque el problema se establecía. Es decir, para que no le comunicaran que yo había muerto tenía que entrar por el camino de las mentiras. Mas ella, en el estado en que se encontraba, ¿tenía derecho a la verdad?
Pero, de otro lado, si Dios la quería probar, ¿tenía yo el derecho de ahorrarle esa prueba? Es decir… ¡una cosa tremenda!

La silla de ruedas de Doña Lucilia

Cuando me avisaron que ella estaba muriendo, yo acababa de desayunar y de leer el periódico. Me dirigí al cuarto de ella tan rápido cuanto mis condiciones físicas lo permitían y, al llegar, ella ya estaba muerta. Lloré mucho y, al fin de cuentas, fui a mi cuarto. Inexplicablemente, – creo que fue una gracia obtenida por ella – me invadió una paz, una tranquilidad que era casi una alegría.
Fui al cementerio para el entierro, pero no me atreví a ir hasta la sepultura. Al día siguiente partí a nuestra Sede, en Amparo, volviendo de allá para la Misa del séptimo día durante la cual se dio el fenómeno de un rayo de sol sobre unas orquídeas, que
tomé como siendo la señal pedida por mí a Nuestra Señora de que mamá no estaba más en el Purgatorio.

Me acuerdo, por ejemplo, de una bagatela. A mí me desagradaba mucho la silla de ruedas de ella. A mí me hubiera gustado que mamá caminase. El pasito de ella era una de las muchas cosas que me encantaban. ¡Cómo ella conseguía caminar con gravedad y con un pasito rápido! Doña Lucilia era muy grave en lo que ella hacía, pero rápida en el andar. No sé cómo ella conciliaba eso. A pesar de lo antigua y de ya no usarse más sillas de ruedas de aquel tipo, por ser más altas tenían más dignidad que las de los modelos recientes. Y yo no quería verla metida en esas sillas mucho mejores, pero menos dignas. Entonces conseguí esa misma, en la que mamá, quedaba más alta.
Cuando ella murió, mandé devolver la silla de ruedas a la Santa Casa y pagar el  alquiler. Unos cinco días después, comencé a sentir “saudades” de la silla de ruedas y ordené preguntar a la Santa Casa si podían vendérmela.
Son recuerdos que me dicen mucho. Aunque el retroceso del tiempo, en este caso, no mejore la perspectiva, ni me lleve a quererla mejor por causa de eso, por algunos lados invita a una actitud más admirativa con relación a mamá.

(Extraída de conferencia de 20/4/1991)

 

La belleza de la rectitud

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Doña Lucilia hacía que su hijo percibiese continuamente la belleza de la rectitud. De modo especial, ella lo manifestaba a través de la mirada. Y además de resaltar lo que existe de bello en la rectitud, ella le daba a conocer el reposo y la serenidad que el alma humana siente siendo recta. De esta manera ella alimentaba en su alma la inocencia, la suavidad, la tranquilidad y la paz.

 

Hay en el hombre concebido en el pecado original un aspecto por donde aparecen los  efectos de ese pecado que lo inclinan al mal, y otro lado de la personalidad humana que corresponde frecuentemente a la gracia y tiene una tendencia al bien.

Paz de alma y lucha contra las malas tendencias

Así se forma dentro del hombre lo que los autores espirituales, en lenguaje primoroso llaman “hombre nuevo” y “hombre viejo”. El “hombre viejo” es el que nació en su mera naturaleza, y el “hombre nuevo” es el que renació por el Bautismo. El hombre bautizado lucha contra el no bautizado, concebido en el pecado original. Ambos están en guerra continua. Entonces, cuando se habla de paz, es preciso considerar que en una persona concebida en el pecado original no hay paz entre esos “dos hombres”.
El “hombre nuevo”, o sea, el lado bueno del ser humano puede estar en
paz cuando la persona tiene su Fe firme, la conciencia tranquila porque cumple su deber, confía en la Providencia y por tanto sabe que, suceda lo que suceda, ella enfrenta los males. Es una paz interior que reina en la parte más noble, más excelente de su propia alma. Esa paz de alma puede y debe ser inmensa y muy profunda; es la paz de los justos. Pero la condición de esa paz del justo es que se mantenga en guerra contra el “hombre viejo”, de lo contrario pierde la paz, porque hace concesiones al mal y comienzan los reveses.

Un ejemplo al alcance de todos es cuando una persona mantiene integralmente la pureza, evitando cualquier mala mirada o mal pensamiento. Esa persona encuentra en la pureza una gran fuente de paz, cuya condición de subsistencia es la guerra continua contra todas las tendencias para la impureza. Si no hubiere esa guerra continua, la persona no obtiene la paz profunda proporcionada por la pureza.
Otro ejemplo es la Fe. La persona tiene una Fe íntegra, y rechaza toda tentación, todo pensamiento contra la Fe. Ella descansa en la certeza, que es recta, íntegra, coherente, lógica. Evidentemente esa es una gran fuente de paz, pero supone la guerra contra todas las tendencias que en el hombre pueden llevarlo a dudar contra la Fe.

Serenidad proporcionada por la rectitud

Doña Lucilia me hacía percibir, continuamente, la belleza de la rectitud. De modo especial, ella lo manifestaba a través de la mirada, muy expresiva en ese sentido. Y además de resaltar lo que existe de bello en la rectitud, me daba a conocer el reposo y la serenidad que el alma humana siente siendo recta. En el propio ejemplo de mamá, al
analizar sus fotografías, se puede constatar esta verdad. Incluso en aquellas en que aparece preocupada, no se nota ninguna agitación de su parte. Por el contrario, la mirada continúa transmitiendo una disposición de espíritu completamente serena. La preocupación con calma representa, además, un gran equilibrio de alma. Todo hombre, en esta tierra de exilio, pasa por preocupaciones. Una cosa, sin embargo, es quedar preocupado; otra es dejarse tomar del nerviosismo, ansiedades, etc.; actitudes que mamá procuraba y conseguía apartar de su corazón.

Una manera peculiar de percibir la paz que había en el alma de mamá era observarla mientras dormía. Con la intimidad de hijo, naturalmente, yo la vi innumerables veces en sus momentos de reposo. La veía también en la hora en que despertaba, sobre todo en mi tiempo de niño y adolescente, cuando me despedía de ella antes de ir al colegio: no hacía cumplidos, la despertaba y tenía con ella unos minutos de conversación. Después que crecí más, moderé un poco ese hábito. Pero en aquella época, luego de sacarla de su justo descanso, le preguntaba: “Mi bien, buen día. ¿Cómo estás?” Y yo notaba que, en ella, el paso del reposo al estado de vigilia era sereno, y con la primera mirada ya abierta a la realidad que la rodeaba. Se tenía la impresión de que el sueño de ella era profundo, restaurador, reparador. A tal punto que yo la miraba y me venía este pensamiento: “¡Cómo debe ser agradable dormir su sueño!” Mamá, por otra parte, acostumbraba decir que el sueño era un inmenso beneficio que Dios concede a los hombres, porque suspende sobre estos los infortunios de la vida.
Entonces yo veía un alma a la cual no le eran ahorrados los sufrimientos, pero que sabía dormir en paz. Por tanto, muy distante de ser un alma agitada y nerviosa por causa de las preocupaciones, que siempre nos aguardan a lo largo de la existencia terrena.

Plinio y Rosée

Plinio y Rosée

Jamás compararse

Una de las cosas que más agita al hombre es la envidia, y ésta nace de las comparaciones. Por eso, compararse a los otros es uno de los mayores errores que se pueda cometer. Comparándonos, comienza la envidia, el amor propio, la catarata de los vicios, en breve, la tentación de la impureza está golpeando las puertas.
La tentación contra la pureza, muchísimas veces, es hija de esta comparación que agita a la persona. Una cosa que yo nunca vi hacer a Doña Lucilia era compararse. Sólo hacía comparación en el siguiente sentido: cuando nos retaba a mi hermana o a mí, y había cerca un niño que estaba procediendo muy bien en aquel punto, mamá decía: “¡Vea a tal niño!” Pero en ese caso se trataba de una emulación a la virtud, y eso está muy bien. Fuera de eso, nunca hacer comparación con nadie.
Así ella alimentaba en mi alma la inocencia, la suavidad, la tranquilidad y la paz.
 


(Extraído de conferencia de 13/06/1982)

El inapreciable valor de una vida común sin pretensiones

Si le fuese permitido por Dios, Doña Lucilia bajaría del Cielo a consolar a los que sufren en esta tierra para que esos sufrimientos cesen o, en ciertos casos, que soporten el dolor con resignación y dignidad.

Doña Lucilia tenía horror al Infierno, mezcla de temor reverencial y de asco. Le parecía -y con mucha razón- que son personas muy repugnantes las que allá caen. Y hacía expresiones fisionómicas que expresaban ese asco de manera muy categórica.

Horror a los réprobos y compasión por las almas del Purgatorio

De manera que no debemos suponer -ni mucho menos- que ella tuviera el menor movimiento de compasión por aquellos de quien ni Dios tiene compasión: fueron condenados y mandados al Infierno, y ya está todo definido. Pero sentía mucha compasión por las almas que estaban en el Purgatorio y le gustaba rezar por ellas. Comentaba, de vez en cuando, alguna que otra cosa que había leído en libros de piedad sobre el Purgatorio. Pero su principal atención se centraba en el Cielo y el Sagrado Corazón de Jesús. Me pregunto si ella en el Cielo pediría bajar a la tierra a consolarnos. Me parece que lo pediría y tendría un gusto enorme haciendo eso. Pero con el cuidado de no hacerlo tantas veces que nos quitase méritos. Ella tenía una concepción “dura” de las cosas, es decir, que es necesario sufrir en esta tierra. Y por lo tanto, toda idea de transformar la bondad en un medio para el desaparecimiento del dolor, sería una cosa que ella no vería con buenos ojos.
Doña Lucilia sería, eso sí, muy propensa a bajar a la tierra -si le fuese permitido- y consolar a los que están sufriendo para que, en algunos casos, el sufrimiento termine; y, en otros casos, que las personas continúen padeciendo y aguanten el dolor con resignación y dignidad.

¿Cómo eran celebrados los cumpleaños de la Sra. Doña Lucilia…?

Mamá tenía certeza absoluta que yo comparecería para celebrar su cumpleaños. Vivíamos en la misma casa y, además, ella sabía bien cuánto yo la quería y que por tanto era ciertísimo que estaría presente. Ella podría tener un cierto temor de que yo, atrasado por preocupaciones de mi oficina, llegara tarde, pero no comenzaría la comida conmemorativa de su cumpleaños sin mi presencia. Los convidados ya sabían eso y no insistían, y aunque algunas veces quedase un poco preocupada, no me decía nada para no contrariarme. Lo que yo hacía de mi parte en esa ocasión era algo que parecía imposible de hacer, pero cabía en una circunstancia así: un aumento de mi cariño. Cariño mezclado con un poco de broma que yo hacía con ella acerca de un punto cualquiera y que ella sabía muy bien que eran un gracejo.

Por ejemplo, ya conté, que frecuentemente -creo que debido a esa temperatura aquí de Sao Paulo- cuando la besaba, yo sentía en mi rostro la punta de su nariz ligeramente fría y entonces le preguntaba: “¿Cómo así? ¿Esta con mucho frío en la nariz?” Son bromas que se hacen para darle un poquito de alegría a la vida familiar.

…y los del Dr. Plinio

Celebraba mucho más mi cumpleaños que el de ella, pero eso no dependía de mí. Mi cumpleaños era celebrado en el almuerzo y en la cena con un menú reforzado, mientras que en el cumpleaños de ella había solamente una cena a la que comparecían los parientes más allegados.
Para mí ella siempre mandaba a hacer torcazas, porque cuando estuvimos en Alemania, en el hotel de unos termales de aguas medicinales llamada Wiesbaden, servían pichones de torcaza con cierta frecuencia. Y cuando venían con ese plato a la mesa, yo, siempre muy interesado en asuntos gastronómicos, ya me daba cuenta desde lejos y decía aplaudiendo “¡Mamá, palomitos!”.
Doña Lucilia me hacía señal para yo no hacer ruido en un solemne comedor de hotel. Baste decir que en ese gran salón había un ambiente separado por cortinas, con una mesa ya montada para el Kaiser y personas de la Corte. Cuando él llegaba, corrían las cortinas, tocaban el himno de Alemania, aplaudían, el monarca agradecía, se sentaba y después el almuerzo seguía. Pero a pesar de que la atención de los empleados siempre estaba pendiente de que en los tiempos de vacaciones el Kaiser podía aparecer de una hora para otra, el copero quedaba muy contento cuando traía palomitos porque le gustaba ver mi reacción. Y él procuraba traducir la palabra “palomitos” por “pimbinchen”. No existe en alemán ni en portugués esa palabra; era una mezcla de sub-alemán y mal portugués… Me mostraba de lejos el plato y decía: “¡Pimbinchen!” y yo quedaba muy contento.
Entonces cuando llegaba mi cumpleaños ella mandaba comprar “pimbinchens” en el mercado y los preparaba según una receta especial quedando una cosa deliciosa. Colocaba tres o cuatro “pimbinchens” además de un postre. Todo adecuado. Y cuando llegaban los platos ella me decía: “Hijo, los pimbinchens”. Y yo algunas veces manifestaba mayor alegría para contentarla también.
Esa era nuestra vida común familiar sin pretensiones, pero que para mí tenían un valor sin nombre. En lo relacionado con el cumpleaños de ella, Rosé -mi hermana- se encargaba del regalo, porque en general eran artículos para señora de los que yo no tenía la menor idea. Acordaba con mi hermana, arreglábamos las cuentas y ella hacía la compra. De tal manera que yo a veces ni sabía lo que se le había regalado y mamá sabía que eso era así.

Evidentemente hacíamos más oraciones el uno por el otro pero no dialogando. Son cosas del modo de ser paulista antiguo. Eso no quiere decir que sea lo ideal pero tampoco me parece reprensible. Me parece un modo de proceder que podría tal vez ser mejor, pero así estaba bien.

(Extraído de conferencia de 22/4/1993)

Dos ojos que son un firmamento

El principal punto de adhesión entre el Dr. Plinio y su madre era el hecho de que ella estaba continuamente vuelta hacia una “transesfera” muy noble, elevada, dulce, serena y lúcida, desde lo alto de la cual se relacionaba con todo el mundo.
Eso, que podría parecer etéreo, se expresa muy bien en el Quadrinho (
en portugués, diminutivo de cuadro) de Doña Lucilia, especialmente en los ojos.

Doña Lucilia era una señora de familia o, como se dice hoy de una manera horrible, “de habilidades domésticas”. Vivía para el oficio de una existencia de señora dentro de su casa. No fue una señora de estudios, pues en su tiempo no era costumbre que las señoras estudiaran. Tenía las ideas generales de las señoras que vivían en un ambiente de hombres cultos. Era profundamente católica.

Estado de espíritu siempre noble, elevado y sereno

Pero yo no osaría decir que ese punto fuese el principal de la adhesión entre ella y yo. Ciertamente no habría adhesión si ella no fuese así. Eso es seguro, pero no es lo fundamental. El principal punto de adhesión era un modo de ser de su alma que me parecía estar continuamente vuelto hacia una “transesfera” (Término creado por el Dr. Plinio para significar que, por encima de las realidades visibles, existen las invisibles. Las primeras constituyen la esfera, o sea, el universo material; y las invisibles, la transesfera) el cual, aunque ella se encargase muy bien de todo, lo mejor de su atención y de su afecto estaba dirigido hacia esa “transesfera” muy noble, elevada, dulce, serena y lúcida, desde lo alto de la cual ella se relacionaba con todo el mundo, de tal manera que se percibía que su alma estaba, al mismo tiempo, en la “transesfera” y en las pequeñas cosas concretas.
Me acuerdo de que a ella le gustaba mucho una flor llamada primavera. En la hacienda del Amparo de Nuestra Señora, donde acostumbro a hospedarme, hay una enredadera
con esa flor. Sabiendo que mi madre apreciaba la primavera, los miembros de nuestro Movimiento allí residentes cortaban muchas de aquellas flores y me las daban para llevarle cada vez que yo regresaba a São Paulo.
Cuando llegaba, yo le entregaba las flores, y veía la manera como ella las miraba encantada. A veces, suave y discretamente, mi madre incluso paraba un poco la respiración y después hacía un comentario. Pero yo notaba que el comentario no era nada en comparación con lo que estaba en su espíritu a ese respecto. Sin embargo, lo que ella decía estaba relacionado con una “transesfera” de la que aquellas flores no eran sino el símbolo. Era en último análisis una relación con Dios Nuestro Señor, con Nuestra Señora y con todo lo demás que toca en el mundo sobrenatural.
De ese sentido elevadísimo en el cual Doña Lucilia habitaba procedían todos sus estados de alma, los cuales constituían mi mayor encanto por ella, y que procuré asimilar y transformar en míos tanto cuanto pude.
Este era el principal punto de atracción. Es un poco nebuloso, etéreo, pero las personas se dan cuenta de eso viendo el Quadrinho. Porque viéndolo se nota lo que eso quiere decir en concreto, aunque sea un poco inexplicable.

Historia de una obra maestra

Y a él le daba la impresión de que los ojos de ella le suplicaban que retomara la pintura…

Si quieren saber cuál es el principal punto de atracción del alma de mi madre, para la mía, vean el fondo de su mirada en el Quadrinho y comprenderán. Aquello dice mucho más que cualquier palabra o descripción. Cuando un discípulo mío pintó ese cuadro – teniendo como base una de las últimas fotografías que le tomaron – lo hizo durante un largo viaje, dentro de una furgoneta, en las condiciones más desfavorables que se puedan imaginar para un trabajo de ese tipo. El resultado fue que él terminó la pintura y no le gustó. Entonces borró todo, excepto los ojos, que le parecían haber quedado bien. Así, en el lienzo quedaron apenas los dos ojos. Y a él le daba la impresión de que los ojos de ella le suplicaban que retomara la pintura. Él entonces lo hizo y, a pesar de otras vicisitudes, salió aquella obra maestra. Pues bien, yo me conmuevo imaginando aquellos dos ojos en la tela. Sería casi lo que mi madre fue para mí: dos ojos a lo largo de la vida…
Todo el resto, una tela. ¡Pero aquellos dos ojos eran para mí un firmamento!
Me acuerdo de cuántas y cuántas veces yo miraba a sus ojos profundamente. Y mi madre tenía una cosa curiosa: cuando ella se sentía analizada, tomaba una actitud bien fija y se dejaba mirar. Yo tenía la impresión de que tocaba con la mano el fondo de su alma, de tal manera me quedaba claro quién era ella. ¡Y quedaba encantadísimo, encantadísimo!

(Extraído de conferencia de 2/2/1978)