Más allá de los vínculos naturales…

Doña Lucilia, en relación a su hijo, le dedicaba toda especie de ternura y de enlevo; pero siendo muy cuidadosa y comedida, porque tenía recelo de dejarse llevar por los sentimientos y perder el equilibrio. No quería apegarse a nada, ni siquiera a su propio hijo, pero sí tener, con relación a él, un amor enteramente desinteresado.

Respecto a la relación entre el Dr. Plinio y Doña Lucilia, hemos visto cuánto estaban sus almas entrelazadas por un mutuo cariño, consideración y estima. Por parte de él, brotaba el afecto filial más afectuoso y reconocedor de todo cuanto ella hacía por él. Doña Lucilia, por su parte, le dedicaba toda especie de ternura y de enlevo; pero siendo muy cuidadosa y comedida, porque tenía recelo de dejarse llevar por los sentimientos y perder el equilibrio. No quería apegarse a nada, ni siquiera a su propio hijo, pero sí tener, con relación a él, un amor enteramente desinteresado.

… De su parte hacia mí, había una actitud de esperanza; una invitación para llegar a tener esta misma cualidad. Ésta era la esencia de nuestro afecto…

«Por mi parte, mi afecto hacia ella era un acto de admiración, lo que supone algo muy elogioso, porque es la afirmación de una cualidad. De su parte hacia mí, había una actitud de esperanza; una invitación para llegar a tener esta misma cualidad. Ésta era la esencia de nuestro afecto».
Por otro lado, no existe la menor duda de que, más allá de los vínculos naturales, había entre ellos un amor sublimado de manera sobrenatural, una bienquerencia embebida de gracias. Una vez que estaba llamada a ser la madre de un niño fuera de lo común, es innegable que, gracias a un don especial del Espíritu Santo, Doña Lucilia percibía de manera clara y profunda la inocencia del alma de su hijo y cuánto era virtuoso. Ella misma, en una carta a Plinio, con fecha del 23 de abril de 1950, llegó a manifestar su alegría y gratitud a Dios por tenerlo como hijo: «De todo corazón, con toda mi alma, te agradezco la carta tan afectuosa que me dejaste y que tanto me reconfortó. […]. Lloré, es verdad, pero “gracias a Dios” fue de felicidad por haber recibido yo, tan indigna, “liberal”, la inmensa dádiva de los Sagrados Corazones de Jesús y de María Santísima de tener un hijo tan santo, tan bueno y cariñoso, que bendigo con todas las fuerzas de mi alma, para quienpido toda la protección Divina y la
Luz del Divino Espíritu Santo».

…la inmensa dádiva de los Sagrados Corazones de Jesús y de María Santísima de tener un hijo tan santo…

¡No hay nada más fuerte en el orden de Creación que la imbricación entre las almas que se aman teniendo la santidad por objetivo! Comparado con eso, incluso la dureza del diamante es un resto de polvo de arroz. Además, el Dr. Plinio era un hombre católico, apostólico, romano, con tanto amor por la Iglesia que incluso teniendo una madre como Doña Lucilia, su desprendimiento le llevaba a apreciar más en ella que fuese católica a que fuese su madre. Veamos algunos textos en los que esto se hace patente: «Si yo amo tanto a mamá es porque ella me llevó a la Iglesia. Y si la amé hasta el final es porque la examiné hasta el final y noté que, en ella, todo conducía a la Iglesia Católica». «He dicho muchas veces lo mucho que quería y respetaba a mamá. Sin duda, la respetaba como a una madre, pero no era el título principal. El título principal por el que la quería era esa unión de almas que había entre ella y yo, con vistas a Dios. Al reflejar para mí la Iglesia Católica, el Sagrado Corazón de Jesús, el Inmaculado Corazón de María y por todo lo que había en ella de afín conmigo, intencionalmente puesto por Dios para reflejarlo, yo era llevado a amarla de un modo muy especial, más por estos aspectos que por ser mi madre según la naturaleza».
Se acuerda el Autor de haber oído contar al Dr. Plinio, durante una comida, un edificante episodio acontecido entre ambos. Cuando Doña Lucilia estaba ya con cierta edad, él se planteó la siguiente cuestión: «¿Hasta dónde amo a mi madre y hasta dónde amo los principios que representa? Si ella se hiciese protestante, ¿la seguiría amando del mismo modo o sentiría repulsa hacia ella? ¡No! Sentiría repulsa, ¡porque lo que yo amo en ella es lo que ella representa!».
Cierta vez, mientras estaban sentados a la mesa, él no se contuvo y pensó: «Es duro, pero voy a ponerla prueba, porque quiero ver su reacción al escuchar eso». Y le dije:

…la examiné hasta el final…

— Mamá, ¿sabe qué estaba pensando el otro día? Que si usted, Dios nos libre y guarde, por desgracia dejase de ser católica y se hiciese protestante, yo me iría de casa y la dejaría sola. Seguiría manteniéndola económicamente, la ayudaría en todo lo que necesitase y la visitaría una vez al año o cada seis meses, ¡pero nuestra relación estaría rota! Doña Lucilia aceptó aquello con toda naturalidad, como si alguien le hubiese dicho: «Tengo sed y me voy a tomar este vaso de agua», y respondió elogiando su actitud. Años más tarde, comentaría el Dr. Plinio: «¡Aquel día pasé a quererla y a admirarla más que antes! Porque le había puesto una prueba ¡y ella había pasado de modo brillante!».
Por otra parte, el Dr. Plinio llegó a afirmar que se había puesto varias veces durante la vida ante un problema en apariencia contrario al anterior, pero cuyo fondo era el mismo: «¿Yo la quiero tanto porque es tan buena o porque es mi madre?». «Si en vez de ser mi madre fuese mi tía o una señora de sociedad o una pariente o una prima mayor, ¿la querría como la quiero? ¿Sí o no?»Y la respuesta surgía pronto, sin lugar a dudas: aunque ella no fuese su madre y, por lo tanto, no tuviese ninguna relación natural con él, conociéndola en cualquier lugar del mundo, la amaría con el mismo cariño, el mismo afecto, la misma estima y la misma consideración que le dedicaba a su madre. «Yo querría tenerla como madre. Y si fuese, por ejemplo, mi tía, encontraría un pretexto para ir a su casa todos los días, encontraría una manera de que fuese mi madrina, haría cualquier cosa para hacer explicable que, aunque yo fuese su sobrino, tuviese con ella la relación que tengo con mamá. Si fuese una prima, simile modo (de modo semejante).  Si fuese una señora de sociedad, sería mucho más difícil, pero acabaría consiguiendo la manera de que eso fuese así realmente».

Cfr. CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. El Don de Sabiduría en la mente, vida y obra en Plinio Corrêa de Oliveira. Editrice Vaticana 2016 Parte I pp. 162 ss.

Arquetipo de bondad y lección viva del Evangelio

Si entramos en una catedral o en una simple iglesia y oímos tocar un órgano muy bonito, que emite su sonido de forma grandiosa, repercutiendo en las paredes de piedra y que retorna llenando todo el templo, tendremos, entonces, según la descripción del propio Dr.Plinio, una imagen de cómo era su convivencia con Doña Lucilia…

…la profunda relación que había entre ellos hacía que los deseos de ella fuesen los suyos, la inocencia de ella era la suya…

… pues sobre este asunto él comentaba: «Todo lo que había en ella resonaba en mí profundísimamente».Y en otra ocasión decía: «La actitud de mi alma en relación con mamá fue, sin duda, de una enorme y completa consonancia».
El fenómeno físico de la consonancia consiste en la vibración simultánea de sonidos afines. Cuando se juntan, por ejemplo, una serie de copas de cristal o de campanas, y se hace sonar a una de ellas con un solo tono de forma constante, enseguida las otras copas o campanas armónicas con ese tono comienzan a vibrar, mientras que las otras, no armónicas, permanecen estáticas. Esta consonancia sonora es símbolo de algo que ocurre en un campo muy superior; el de las relaciones humanas. Cuando una persona es consonante con otra, al oírla hablar, ver cómo toma una decisión, o al presenciar una actitud digna de admiración, de inmediato ese gesto repercute en su alma, o sea, se establece un acuerdo. No obstante, alguien que no tenga un conocimiento cabal de quiénes eran el Dr. Plinio y Doña Lucilia, ante esta afirmación sobre la consonancia de ambos, podría quedarse con la idea de que él únicamente se limitaba a concordar en todo con lo que ella hacía. Sin embargo, en opinión del Autor, el término consonancia no consigue abarcar todo lo que existía en la relación entre los dos, porque el mundo de los sonidos tiene sus límites… Mucho más que una campana que al tocar, hiciese tocar otra campana llamada Plinio, la profunda relación que había entre ellos hacía que los deseos de ella fuesen los suyos, la inocencia de ella era la suya, la piedad de ella era la suya, la comprensión y el amor de ella a la Iglesia también eran los suyos. Un comentario del Dr. Plinio parece aclarar el origen sobrenatural de esta unión: «Las almas encuentran misteriosas consonancias con otras almas del mismo género, aunque de modo alguno haya una razón especial de amistad. Lo que ocurre exactamente es que un reflejo de Dios se encuentra con otro reflejo de Dios y este encuentro suscita una saudade de Dios. Entonces, ¿qué es la consonancia? Es este discernimiento y esta forma de bienquerer que le es propia. Es la consonancia no sólo de la inteligencia, sino de la voluntad y de la sensibilidad, a partir de la cognición del alma y de la gracia actuando dentro del alma; es decir, del arquetipo de la propia alma dentro del alma, suscitando la saudade de Dios. Siempre se comienza fijándose en otro tipo y viendo en él a Dios. Dante lo expresó muy bien [en la Divina Comedia], cuando él y Virgilio llegan al Cielo y ven a Dios en la mirada de la Santísima Virgen».
El mismo Dr. Plinio decía haber notado en su madre algo que sentía que le faltaba a él. Así, a partir de un profundo discernimiento sobre ella, en quien veía la acción de la gracia y un verdadero arquetipo de bondad, él mismo comenzaría a ser un reflejo de Dios en búsqueda de las saudades de Dios en los otros. Podemos medir cuál era el grado de influencia que Doña Lucilia ejercía sobre él, si consideramos la siguiente explicitación: «Las influencias entre los hombres son muy variadas, tienen grados y obedecen a una jerarquía. De todas las influencias posibles la que tiene mayor profundidad es la ejercida por quien, a cualquier título, representa para el otro un modelo que debe ser imitado y seguido, o sea, un arquetipo. Si, por ejemplo, un hijo ve en sus padres la realización de la persona ideal que querría ser de mayor, se dejará influir más fácilmente por ellos. En la medida en que los padres no sean este arquetipo, su influencia junto al hijo menguará, y el niño buscará los arquetipos en otra persona. Puede decirse, por tanto, que la mayor de las influencias concebibles viene de los arquetipos».
Desde pequeño, observando a Doña Lucilia, vislumbraba que había dentro de ella algo «mucho mayor que en los demás»: era el Divino Arquetipo. Plinio no sabía aún explicarlo ni buscarlo de modo explícito, porque no tenía ninguna noción de que Él existiese. Después de haber paseado innúmeras veces por las excelsitudes paradisíacas del alma de su madre y de haber hecho una firme apreciación de quien era ella, sólo restaba a Plinio imaginar, por encima de ella, a Alguien que fuese infinito, o sea, Nuestro Señor Jesucristo. Pero, ¿cuándo nació en su mente esta idea? Cierta vez, al ser preguntado por el Autor sobre cómo había llegado a la conclusión de que existía este arquetipo, el Dr. Plinio se sirvió de una metáfora muy elocuente. Decía que había sido como un niño que toma un refresco o un zumo en una copa de licor y después, toma el mismo líquido en un vaso de cristal y que, al tomarlo tanto en la copa de licor como en el vaso de cristal, el niño tuviese la misma sensación una vez que los líquidos son idénticos, pero que «no llegase a la conclusión de que eran el mismo líquido, aunque le gustaron los dos. Pero si alguien le dijese: “Es el mismo líquido”, lo tomaría con la mayor naturalidad».

Desde pequeño, observando a Doña Lucilia, vislumbraba que había dentro de ella algo «mucho mayor que en los demás»

Es decir, ya desde el primer instante del uso de razón, al ver a Doña Lucilia, la comprendió y la amó; y cuando, a los cinco años, entró en el Santuario del Sagrado Corazón de Jesús, viendo al fondo de la nave lateral su imagen, lo comprendió y lo adoró. Solamente más tarde, explicitando bien la identidad que había entre las impresiones que poseía a propósito de Doña Lucilia y a propósito del Sagrado Corazón de Jesús, se dio cuenta: «¡He aquí quien es más que ella, el arquetipo de ella!» Pero los dos, ella, una criatura y Él, el Creador, estaban en la misma línea; lo que había en ella lo había en Él, sólo que en diferente intensidad: en Él era infinito y de forma absoluta, en ella, por participación. «Era como si Él viviese en ella. De manera que aquel émerveillement (maravillamiento) que ella causaba en mí, era más limitado pero de la misma naturaleza que el que Nuestro Señor causaba en mí. Una cosa era derivación de la otra. Cuando más tarde conseguí definirlo, no fue una conquista ni una sorpresa, sino que lo tomé con toda naturalidad». Se trataba de un mismo líquido contenido en recipientes desiguales.
Doña Lucilia se sentía enormemente atraída por el Sagrado Corazón de Jesús y tenía en relación a Él una devoción sin límites, porque en Él contemplaba la Bondad, el Perdón y la Misericordia en esencia. Esta bondad era el aspecto de Nuestro Señor Jesucristo que ella estaba llamada a representar con preminencia, por lo que se convirtió, de hecho, en un reflejo vivo y rutilante de Él, tanto para el Dr. Plinio cuanto para todos aquellos junto a los que ella debería desempeñar el papel de madre, queriéndolos como a hijos. Por lo tanto, era una dama inocente, que vivía una intensa unión con Dios, deseosa de ver la imagen de Nuestro Señor fijada en el fondo de las almas de los demás y de hacerlos partícipes de la inocencia de Él.

«¡He aquí quien es más que ella, el arquetipo de ella!»

Y es en este sentido que aplicaba todo su esfuerzo, su empeño y su virtud. «Simplemente en el modo de ella decir “Jesús” o “el Sagrado Corazón de Jesús”, había un profundo respeto, una admiración recogida y una confianza sin límites. Se podía notar perfectamente que ella tenía plena noción de que nuestro Salvador era la fuente de toda misericordia, bondad
y paciencia; y se dirigía a Él especialmente en cuanto tal. De ahí procedían esas virtudes que vi que alcanzaron en ella un grado literalmente inimaginable. Cuando me contaba episodios de la vida de Nuestro Señor, yo entendía su dulzura viéndola reflejada en mamá; de manera que ella se convirtió [para mí] en una especie de lección viva del Evangelio».

Cfr. CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. El Don de Sabiduría en la mente, vida y obra en Plinio Corrêa de Oliveira. Editrice Vaticana 2016 Parte I pp. 157 ss.

Alma recta e inocente

Alma recta e inocente, Doña Lucilia tenía un conocimiento claro del daño causado por el pecado original en la humanidad y sufría mucho al constatar cualquier falta de fidelidad.

¡Ella daría su vida para que no me muriese! Pero prefería mi muerte a verme en una situación de pecado mortal o de ruptura con la Iglesia.

Al choque interno provocado por las circunstancias de su vida se unían los abundantes casos que oía contar a personas de la sociedad. Por eso temía que alguien ejerciese malas influencias sobre el niño e intentaba proteger, al máximo, su inocencia. Ella debía rezar mucho por él, pidiendo al Sagrado Corazón de Jesús que lo librase del camino del mal. Estas palabras del Dr. Plinio lo atestiguan: «Había sido una madre abnegadísima por mi salud, sin embargo, varias veces, cuando yo era jovencito, en la época en que se forma el carácter, me decía con mucha dulzura: “Preferiría verte muerto a verte descarriado”. Es como quien dice: “Los tiempos son malos, tú eres muy joven; nadie sabe de lo que es capaz una persona cuando se pierde”. ¡Ella daría su vida para que no me muriese! Pero prefería mi muerte a verme en una situación de pecado mortal o de ruptura con la Iglesia».
¿Cuánta fuerza no fue acrecentada en las bases de su fidelidad y su perseverancia gracias a las oraciones de Doña Lucilia? Un hecho ocurrido repetidamente durante la adolescencia de Plinio nos permite afirmarlo con seguridad: siempre que ella entraba en el Santuario del Sagrado Corazón de Jesús, cerca de su casa, iba a rezar delante de las imágenes de un bello conjunto escultórico que representa al Niño Jesús en el Templo, discutiendo entre los doctores, estando al lado la Santísima Virgen y San José. ¿Qué es lo que pedía allí? Doña Lucilia nunca le explicó por qué se quedaba tanto tiempo junto a esas imágenes; pero, gracias al discernimiento de los espíritus, mirando en el fondo del alma de su madre, ¡Plinio entendióque ella estaba rezando por él! De hecho, en casa Doña Lucilia asistía a las discusiones que ya desde pequeño él tenía con sus primos y tíos, sobre temas de Religión y pedía gracias especiales y dones del Espíritu Santo para su hijo, con el objetivo de que adquiriese el espíritu de polémica y la sabiduría de Nuestro Señor, para ganar en todas las disputas, ya fuese con la familia o con otros adversarios. Y lo que ella, como madre, pidió, ¡lo consiguió! Pues, en determinado momento, por esas oraciones tan intensas de Doña Lucilia, debe haber recibido una infusión de gracias operantes que le dieron la participación en el espíritu de combatividad del Divino Redentor, que lo tornaron extremadamente recto, inquebrantable en las batallas contra el mal e incansable propagador del bien.Es inimaginable cuánto Doña Lucilia rezaba por el Dr. Plinio…

…iba a rezar delante de las imágenes de un bello conjunto escultórico que representa al Niño Jesús en el Templo, discutiendo entre los doctores, estando al lado la Santísima Virgen y San José…

Siempre con mucha suavidad y respeto. Años más tarde, siendo él adulto, varias veces la veía entrar en su habitación y ponerse bien cerca de él, cuando ya empezaba a dormirse. En medio del torpor del sueño que lo acometía notaba que estaba rezando, pidiendo a Nuestra Señora amparo y ayuda para él. Pasadas varias décadas, todavía rememoraba el Dr. Plinio el final de esa convivencia diaria: «Cuando ya me estaba durmiendo ella me despertaba con sus agrados y me hacía la señal de la Cruz en la frente, antes de retirarse a dormir. Yo percibía algo de su elevada clave de espíritu que fluía sobre mí como un aceite perfumado y suavizante, que me ungía y me hacía bien, penetrando en mí como el aceite penetra en el papel». Después de eso, alguna que otra vez, ella misma apagaba la luz de la mesilla de noche, salía de la habitación y él adormecía con el recuerdo de su fisonomía.

Cfr. CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. El Don de Sabiduría en la mente, vida y obra en Plinio Corrêa de Oliveira. Editrice Vaticana 2016 Parte I pp. 150 ss.

Intérprete incomparable de la Santa Iglesia

El hombre, por ser un animal racional, necesita símbolos para poder llegar al conocimiento de las cosas; de lo contrario, no las consigue entender. Una escuela que forme a sus alumnos de manera totalmente teórica, enseñando únicamente la doctrina pura, no obtendrá buenos resultados.

Así, por ejemplo, no se debe enseñar el catecismo a un niño sólo a base de leerle textos y haciéndole memorizar los artículos de la Fe. Es necesario, además, explicarle las verdades a través de un lenguaje parabólico, poniendo a su disposición símbolos, es decir, modelos. Sin ellos, el hombre no penetra en el sentido de los conceptos ni tiene fuerzas para practicar la virtud.
El mismo Dr. Plinio conversando con el Autor, en 1979, profundizó más sobre esta temática: él comentaba que debería haber, además de los principios, ceremonias que los simbolicen. Pero incluso esto sería insuficiente para convencer y atraer a otros. Las ceremonias y los principios sólo echan raíces en las almas cuando hay un hombre representativo que signifique tales principios y tales ceremonias. Como en un trípode, cada una de las tres patas es indispensable porque si una de ellas falta se cae el armazón. Y continuaba: «Ahí están constituidas las condiciones normales de la Fe Católica. Porque el espíritu humano puede concebir algo doctrinalmente, pero necesita tener símbolos que completen en él la acción de la doctrina; y necesita conocer ejemplos vivos que lo lleven a una mejor comprensión de esa doctrina».
En la educación actual, los niños tienen todo su tiempo ocupado por los estudios del colegio y otras actividades, como clases de inglés, guitarra, natación, kárate o judo, o, si se trata de una niña, clases de ballet. A estas ocupaciones se le suman cursos de informática, videojuegos y ¡horas desperdiciadas frente a la pantalla del ordenador, de la televisión y del teléfono móvil! Sin embargo, según recientes investigaciones científicas, se han multiplicado en el mundo infantil ciertos fenómenos que no existían en el pasado, como el de niños que empiezan a engordar exageradamente, y otros que
padecen problemas nerviosos o trastornos del sueño. Y llegaron a la conclusión de que los horarios excesivamente apretados les embota la cabeza, haciéndolos perder lo más importante para la formación de un hombre: la convivencia.
El niño posee los sentidos de la verdad, del bien, de lo bello y del unum; con el contacto con el mundo exterior, estos principios se van desarrollando, lo que le permite adquirir una visión respecto del universo. Este desarrollo será mayor cuanto mayor sea el trato con los demás, y el niño aprenderá mucho más en una conversación de media hora con sus padres o hermanos mayores, por la noche antes de acostarse, que en un día entero de investigaciones y especulaciones abstractas, pues la conversación familiar está más proporcionada a la capacidad que el niño tiene de conocer. Así debe ser la verdadera educación.Ahora bien, si éste es el proceso humano de cualquier niño, a fortiori también lo fue del Dr. Plinio. ¿Cómo fue aprendiendo? ¿Estudiando o buscando en los libros la definición de las virtudes? Por ejemplo, ¿de dónde bebió para tener la fe robusta y esa convicción sobre la infalibilidad e inmortalidad de la Iglesia?
Fue introducido en las vías del Evangelio y en los magníficos panoramas de la Religión

Plinio en el día de su Primera Comunión

¿Cómo fue aprendiendo? ¿Estudiando o buscando en los libros la definición de las virtudes?

Católica por un ejemplo vivo, presente en casa, delante de sí: Doña Lucilia. En este «libro» aprendió lo que es la inocencia y la santidad, la intransigencia, la prudencia y la sabiduría; ¡en su madre comprendió mejor lo que era el Cielo!
«Ella me transmitía lo que había de católico en su alma. […] De manera que yo encontraba consonancias tan profundas con lo que era la gracia que recibía a través de ella con la gracia oriunda de otras fuentes, que se diría que eran dos instrumentos tocando la misma música, encontrándose perfecta y enteramente. Unas veces sentía apetencia por lo que ella podía darme; otras veces era ella, o más bien la gracia por medio de ella, la que me hacía desear lo que la propia gracia me proporcionaría de forma directa. Todo constituía un solo circuito».
Así, el Dr. Plinio percibía toda la consonancia que tenía Doña Lucilia con lo que él recibía a través de la Iglesia, sin intermediarios. La Santa Iglesia y su madre eran como dos instrumentos, podríamos suponer un clavecín y un violín ejecutando la misma armonía en su alma. La madre era, para él, la voz de la gracia, ¡y la voz de la gracia era la voz de la madre!
Con todo, cabe preguntarse: ¿cómo transmitió Doña Lucilia su catolicidad al Dr. Plinio? ¿Le dio unas instrucciones o algunas clases? ¿Le explicó qué significa pertenecer a la Iglesia? ¡No! A semejanza de un vitral sobre el que incide la luz del sol, las gracias se iban sobreponiendo a la naturaleza y penetraban en su modo de ser, acrecentando un nuevo brillo a sus cualidades naturales. Estando cerca de ella y al ver

Fue introducido en las vías del Evangelio y en los magníficos panoramas de la Religión Católica por un ejemplo vivo, presente en casa, delante de sí: Doña Lucilia.

la calma, la tranquilidad y la serenidad con que realizaba las acciones más comunes de la existencia como, por ejemplo, peinarse el cabello, mover las manos o incluso adormecerse en un sillón, la gracia invitaba al pequeño Plinio para aceptar y amar todas las virtudes. Especialmente le llamaba la atención la solemnidad, la compostura, la seriedad… haciéndole exclamar: «¡Qué bonito es ser así! ¡Cómo ella es buena, afable y está dispuesta a ayudar! ¡Con ella lo puedo todo!» Consideremos sus propias palabras: «Yo eminentemente aprendí con ella. ¿Cómo? Era una mirada, una inflexión de voz, una caricia… Por ejemplo, el estar sentado cerca de ella. ¡Me acuerdo con enormes saudades de sus manos! Me quedaba mirando sus manos y, confusamente, porque era un niño, pensaba: “¡Qué alma! ¡Qué corazón!”»
«En última instancia, ¿qué veía en ella? Era una unión de cualidades, que evidentemente no son antitéticas porque no hay una antítesis entre una cualidad y otra, pero que son casi paradójicas. Es decir, sin oposición, pero formando algo parecido a una contradicción debido a una ilusión de la vista. Ante todo, ¿qué era entonces lo que veía en ella? Era una gran elevación de alma, de manera que su espíritu no sólo se reportaba muy fácilmente a las regiones más altas, sino que vivía en esas regiones. Al mismo tiempo, era lo contrario de una soñadora, de una pura teórica o de una persona que vive enredada en preocupaciones sin base en la realidad. Ella estaba por entero dentro de su simple realidad: cuidando de todo, arreglándolo todo, haciéndolo todo, amando esta realidad concreta y participando de la vida con intensidad, aunque el espíritu estuviese en esa región más alta. Esto no se daba con una dilaceración artificial e incómoda, sino mediante una especie de ubicuidad cómoda que la llevaba a habitar enteramente a gusto y por completo en los dos planos, conociendo al mismo tiempo todas las correlaciones que hay entre ellos».

 

Cuando comencé a abrir los ojos para la Iglesia Católica, veía innúmeras veces, afinidades entre el alma de mamá y el espíritu de la Iglesia…

Innúmeras fueron las ocasiones en que el Dr. Plinio explicitó el gran papel de Doña Lucilia en cuanto símbolo de la Iglesia, para la formación de su sentido católico. Cuando tomó contacto con la Iglesia, no tuvo ninguna sorpresa, puesto que mucho de ella, de lo sobrenatural y de la misma Santísima Virgen, ya lo había conocido en el alma de la madre.
Vayamos una vez más, a los recuerdos del Dr. Plinio: «Cuando comencé a abrir los ojos para la Iglesia Católica, veía innúmeras veces, afinidades entre el alma de mamá y el espíritu de la Iglesia, de manera que pude comprender muchas cosas de la Iglesia por conocer a mamá. Y después, naturalmente, iba a ver si la Iglesia pensaba así, porque pronto se hizo claro para mi espíritu que mamá no era el padrón de la verdad, sino la Iglesia. Muchas veces, ciertos puntos de la doctrina de la Iglesia los entendía más fácilmente porque los interpretaba a la luz de lo que veía en ella, de lo que aprendía de ella… ¡Ella fue para mí una intérprete incomparable de la Iglesia! ¡Ella era, a mi ver, la madre ideal y me preparó de un modo eximio para recibir esta Fe!».
«Recuerdo el momento en que leí por primera vez la expresión “Santa Madre Iglesia”. Me quedé conmovido y pensé: “¡Es verdad! Tengo una madre muy buena pero la Iglesia es más Madre mía que ella”. Y así será hasta el fin de mi vida, si Dios quiere. En cierto momento, comencé a darme cuenta de qué manera mamá era un magnífico ejemplo de cómo alguien puede ser conforme a la Santa Iglesia. Ella fue para mí como una prefiguración de la Iglesia».

¡Ella fue para mí una intérprete incomparable de la Iglesia! ¡Ella era, a mi ver, la madre ideal y me preparó de un modo eximio para recibir esta Fe! Ella fue para mí como una prefiguración de la Iglesia…

Plinio, por el discernimiento de los espíritus, al analizar a Doña Lucilia percibía que había entre ella y la Santa Iglesia una perfecta armonía, constituyendo para él una sola gracia y llevándolo a establecer una relación inmediata entre ambas: por un lado, veía en ella el espíritu de la Santa Iglesia; por otro, la veía dentro del espíritu de la Santa Iglesia. Todo lo que había de bueno en el alma de su madre tenía origen en la Iglesia, y la gracia que notaba en el Santuario del Sagrado Corazón de Jesús parecía concentrarse en el alma de Doña Lucilia. Entonces, era una sola línea: Iglesia-Doña Lucilia, Doña Lucilia-Iglesia, hasta el nacimiento en su alma de la devoción a Nuestra Señora, que también pasó a coronar este circuito de reversibilidades.
«Nunca habría conocido enteramente la Iglesia si no hubiese visto este modelo materno. Doy gracias a la Santísima Virgen por haberme dado esta madre, cuyo gran mérito fue haber encaminado mi alma hacia otra Madre: la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana. El alma de esta otra Madre, que es la Santa Iglesia, tiene un trono para una tercera Madre: María Santísima. A través de una, caminé hacia las otras. Esta
triple maternidad, una físico-espiritual y dos espirituales y sobrenaturales, alienta mi ánimo y mi piedad».

Cfr. CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. El Don de Sabiduría en la mente, vida y obra en Plinio Corrêa de Oliveira. Editrice Vaticana 2016 Parte I pp. 152 ss.