Un inseparable Ángel de la Guarda

Hay una cuestión muy curiosa en la doctrina católica, y quien la explica es Santo Tomás de Aquino, basado en autores como San Jerónimo. Defiende el Doctor Angelicus que mientras el niño está en gestación, en el claustro materno, todavía no tiene Ángel de la Guarda propio, sino que lo custodia el mismo Ángel de la madre. Sólo a partir del momento en que el niño nace, Dios le asigna un Ángel de la Guarda específico para guardarlo y acompañarlo durante toda su vida.

…no dejó de tener como protector también al Ángel de su madre…

El Autor (Mons. Joao S. Clá Dias) acredita haber acontecido con Doña Lucilia y el Dr. Plinio algo muy peculiar: si bien es verdad que él al nacer, el día 13 de diciembre de 1908, recibió su Ángel de la Guarda, no dejó de tener como protector también al Ángel de su madre, tal era la misión que Doña Lucilia tenía junto a su hijo. Además de esto, correspondiendo al llamado de la Providencia, que consistía en mostrar de forma rutilante la bienquerencia, el afecto, el espíritu materno y la bondad, Doña Lucilia vivió constantemente teniendo al Dr. Plinio como que delante de sí, aunque fuese sólo con su mirada interior. Y su corazón no la engañaba. No se consagró a él sólo como madre, sino que hizo también el papel de Ángel de la Guarda de su inocencia durante la infancia, e incluso a lo largo de toda su vida. Es imposible, por tanto, querer separar la vocación del hijo de la vocación de la madre, porque la historia de ella está entrelazada con la de él, y la fidelidad de ella, ligada a la fidelidad de él.

Un significativo episodio ilustra cuánto Doña Lucilia, obediente a la entrega exigida por la gracia, tenía siempre como interés principal el bien de los otros más que el suyo propio, mostrándose, al mismo tiempo, muy afable, dulce y acogedora. Cuando Plinio era niño de uno o dos años de edad, se despertaba con frecuencia a altas horas de la madrugada y no conseguía conciliar el sueño, porque se sentía mal. En lo alto de la puerta del cuarto había una abertura de vidrio que dejaba entrar un tenue haz de luz, como si fuese un camino que llegase hasta su lecho. Mirando aquello, medio confuso y sin duda debido al malestar, veía unas sombras extrañas que le parecían ser unos hombrecitos andando por el cuarto, subiendo y bajando por aquel pasillo de luz… Lo recordaría él, décadas más tarde: «El cuarto estaba lleno de sombras, que naturalmente me parecían amenazas pa-vorosas… Yo, entonces, tenía miedo y sentía una especie de soledad horrorosa». En otra ocasión, añadió: «Yo me sentía en el naufragio de un niño de esa edad que se despierta y quiere entrar en contacto con alguien, y, en aquella soledad oscura, siente que se hunde…»
En esos momentos, sintiendo su dependencia y no bastándose a sí mismo, el niño necesita protección y amparo, así como una dosis de seguridad, que en general, se los da la madre. Por eso, en medio de aquella aflicción, Plinio empezaba a invocar a Doña Lucilia. Aunque hablase ya antes de los seis meses, todavía no conseguía articular bien las palabras y no sabía decir sino «manguinha», tanto más que mãezinha o mãe son muy difíciles de pronunciar para un niño.

¡Manguinha! ¡Manguinha!

— ¡Manguinha! ¡Manguinha!
Y la «manguinha» ¡dormía con un sueño casto, suave y profundo!
Doña Lucilia había mandado que la cama de su hijo quedase bien junto a la suya, para que la pudiese despertar durante la noche, siempre que estuviera enfermo o con insomnio. Entonces, pasaba a la cama de su madre y, golpeándola en el brazo, llamaba:
— ¡Manguinha! ¡Manguinha!
Y nada… Doña Lucilia ¡no se despertaba! Hasta que, sin poder resistir más, utilizaba un último recurso. No tenía duda: se subía encima de ella, se sentaba sobre su pecho y, «truculento» (Aunque los términos truculento y truculencia tengan, en el uso corriente, el significado de crueldad o atrocidad, el Dr. Plinio los utilizaba con cierta frecuencia en sentido figurado) desde la infancia, con los deditos trataba de abrirle los ojos, diciendo:— ¡Manguinha!

Al final, ella se despertaba, se incorporaba en la cama, encendía la lámpara de la mesilla y, tomándolo en sus brazos, preguntaba: — ¿Qué pasa, hijo mío? ¿Te estás sintiendo mal? Él le contaba que no estaba consiguiendo dormir, porque veía unos hombrecitos y estaba receloso de que le ocurriese alguna cosa.
Entonces, ella comenzaba a acariciarlo, a jugar y a contarle historias, tratándolo con toda bondad, a fin de distraerlo. «Yo sentía todo de una sola vez: un afecto aterciopelado, profundo, envolvente y tranquilizador; una pena que mostraba cuánto ella comprendía mi dolor y el embarazo en que me encontraba».
Sólo cuando su hijo ya estaba completamente distendido, le decía, besándolo con mucho amor:
— ¿Cómo te sientes ahora, hijo mío? ¿Quieres dormir?
— ¡Quiero, sí!
Ella lo acostaba, lo cubría y se quedaba esperando a que se durmiese. Después, apagaba la luz y volvía a conciliar el sueño. Hasta el fin de su vida el Dr. Plinio se acordaría de la fisonomía de Doña Lucilia, cuando ésta le decía:
— Hijo mío, siempre que quieras o tengas una necesidad, despierta a tu mamá, que ella te atenderá con mucha alegría.
En otra ocasión comentaría: «Mi más antigua reflexión sobre ella fue, al despertarme durante la noche, ver cómo ella dormía. Yo la despertaba abriendo sus ojos con la mano y pidiendo que no me dejara solo. Al observar su primer movimiento saliendo del sueño, sin tener ningún desagrado, sino desdoblándose en ternura y protección, entendí aquella elevación dentro de ella. Es mi más antiguo análisis psicológico». Y, algunos años después, afirmaría: «Así como el heliotropismo hace que la planta busque al sol, una especie de “luciliotropismo” me hacía tender hacia ella. En sus menores cuidados, al acariciarme, sonriendo y jugando, cuando yo pasaba de mi cama de niño de dos o tres años a su cama, me veía envuelto por algo mucho más elevado. Comprendí entonces la dulzura de los más altos pináculos, la distensión y suavidad de los grandes ideales: lo majestuoso, ¡cómo era dulce, cómo era atrayente! Debido a que aprendí y vi en ella esa elevación de alma hasta el fin de su vida, le di el trato, lleno de veneración, propio a un alma como la de ella. Siendo mi madre, merecía todo mi respeto y yo apreciaba esa condición, pero no era sólo ése el motivo de mi veneración. Puesto que ella era de aquella manera y tenía en el alma aquella grandeza, yo sentía todas sus cualidades derramarse sobre mí, circundarme y penetrar en mí por osmosis, a la cual yo abría mis poros».

Cfr. CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. El Don de Sabiduría en la mente, vida y obra en Plinio Corrêa de Oliveira. Editrice Vaticana 2016 Parte I pp. 119 ss.

La «Tabla de la Ley» que lo sustentó en la vida espiritual

Fue realmente un designio de Dios, y hasta un milagro de la gracia, la preparación que  el Dr. Plinio recibió de su madre, pues fundamentó tanto su inocencia que, si no hubiese sido por la fidelidad de Doña Lucilia, él no habría tenido aquello que constituyó el punto de partida del don de sabiduría en su alma. Doña Lucilia fue la cuna que fluctuó sobre las aguas de la Revolución y que salvó a su hijo Plinio.

La primera persona a quien recuerdo haber analizado fue a mamá. Me acuerdo de que mirándola veía su alma y pensaba: «¡Cómo es buena! ¡Qué bondad, qué equilibrio, qué bienquerencia! ¡Cómo ella me quiere profundamente, con entero desprendimiento!»

En el Dr. Plinio ya estaba presente desde su más tierna infancia, el don del  discernimiento de los espíritus que conservó hasta el último momento de su existencia. El Autor (Mons. Joao S. Clá Dias) se acuerda de haberle preguntado en una ocasión:
— Dr. Plinio, ¿cuándo fue que floreció en usted el discernimiento de los espíritus?
Con toda naturalidad y modestia, dijo:
— Yo no me acuerdo de ningún momento en que me hubiese dado cuenta de que poseía este don; cuando desperté para el uso de la razón, yo raciocinaba ya con el discernimiento de los espíritus.
— Mas, ¿en quién aplicó usted por primera vez este discernimiento?
— La primera persona a quien recuerdo haber analizado fue a mamá. Me acuerdo de que mirándola veía su alma y pensaba: «¡Cómo es buena! ¡Qué bondad, qué equilibrio, qué bienquerencia! ¡Cómo ella me quiere profundamente, con entero desprendimiento!»
De estas afirmaciones concluimos que, cuando brillaron las primeras centellas de la razón, su inteligencia se concentró en comprender a su madre, Doña Lucilia, pero, concomitantemente, por una gracia inmensa, brillaba el don de discernimiento de los espíritus, por lo que, al fijarse en ella, pudo ver más el alma que el cuerpo. Sólo después de penetrar con acuidad en el fondo de su alma, prestó atención en la fisonomía e hizo una comparación entre lo que había considerado en el alma y lo que observaba en el rostro, advirtiendo cómo éste era un reflejo de aquella. Declaraba él: «Lo que le debo a ella en este orden de ideas es inimaginable. Mis primeras penetraciones psicológicas, se las debo a ella. Me acuerdo de mí mismo, pequeñito, no apenas mirándola y tratando de entenderla, ¡sino entendiéndola y con deseos de entenderla todavía más!»

La «Tabla de la Ley» que lo sustentó en la vida espiritual

La «Tabla de la Ley» que lo sustentó en la vida espiritual

Siendo así, en aquella primera mirada consciente y racional que, según la Filosofía y la Teología, contiene todas las demás, Plinio contempló un verdadero panorama de virtud. ¿Qué es lo que vio en el alma de su madre? Vio un espejo de limpidez, de honestidad y de inocencia, una representación de la pureza, de la virginidad de espíritu, de la bondad, de la rectitud, de la lealtad. Todos los dones, gracias y beneficios que llevan a un alma a ser perfecta, antes de nada, él alcanzó a discernirlos ¡en ella! Y ya, en aquel comienzo, ¡tuvo, por obra de Dios, su primer arrebatamiento! Para él fue una especie de paraíso, pues se sentía enteramente seguro al mirar a su madre. Doña Lucilia fue el parámetro, los raíles, la «Tabla de la Ley» que lo sustentó en la vida espiritual: percibió desde muy pequeño, sin conocer aún la palabra santidad, cómo debía caminar rumbo a ésta, teniendo por modelo a su madre. Asegura el Dr. Plinio: «Pasé la vida entera analizándola, embebiéndome de su espíritu y haciéndome
semejante a ella en toda la medida de lo posible. Hasta qué punto fue ella alimento para mi inocencia primigenia, no lo sé decir, pero intento, de este modo, expresar un respeto que no tengo palabras para describir, junto con mi veneración y mi agradecimiento».

Y, en otra ocasión contaría él: «Las primeras gracias que recuerdo haber recibido, a los dos o tres años de edad, fueron de tener una gran sensibilidad en relación a mamá. Ella me impresionaba mucho más por lo que yo percibía de su alma que por sus palabras. Su presencia ejercía en mí un efecto profundo; yo prestaba atención y consideraba seriamente lo que ella decía o hacía. Incluso estando lejos de mamá, sabía qué es lo que querría o no querría, y me desagradaba contrariar su voluntad».
Por otro lado, en determinado momento el pequeño Plinio aplicó el discernimiento de los espíritus no sólo en relación a su madre, sino también a las demás personas de la familia, al ambiente que le rodeaba y al resto del mundo. Analizando las almas bien a fondo, con sus cualidades y defectos, pudo desde niño, auxiliado por una gracia especial, hacer una comparación entre lo que percibía en contacto con su madre y lo que percibía con las otras personas, y comenzar a formar un juicio respecto de cada uno, hasta el punto de ver cuánto ella era diferente, pues en ella existía algo mucho más excelso y elevado de lo que había en los otros parientes. Por lo tanto, a los cuatro años de edad, tuvo perfecta noción del papel que Doña Lucilia ocupaba dentro de la familia y, encantado con ella desde entonces, la amó con preferencia.

Cfr. CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. El Don de Sabiduría en la mente, vida y obra en Plinio Corrêa de Oliveira. Editrice Vaticana 2016 Parte I pp. 116 ss.

El papel de Doña Lucilia en la vida de su hijo

Ofrecemos a nuestros lectores, algunos trechos de unas de las últimas obras de Mons. Joao S. Cla Dias «El don de Sabiduría en la mente, vida y obra de Plinio Corrêa de Oliveira» editado por la Editrice Vaticana, sobre el papel de Doña Lucilia en la formación de su providencial hijo.

Algunas veces en la Historia, para preparar a un hombre para una misión muy importante, la Providencia comienza por santificar a su madre. Ya en el Antiguo Testamento, Ana suplicó a Dios la dádiva de tener descendencia, fue atendida y engendró un hijo. Y, por no haberse negado a entregarlo al Señor, alcanzó la gracia de ser la madre del más joven de los profetas de Israel, Samuel, elegido para esa función a los nueve años de edad (cf. 1Sam 1).

Ana entrega a su hijo Samuel al sacerdote Helí

Al analizar el periodo anterior a la venida de Cristo, vemos con frecuencia hombres escogidos por Dios, en especial los que eran santos, que son favorecidos por un origen familiar particularmente bendecido, que les ayudó a abrazar la vía de la santidad. La Providencia respeta la tradición y se complace en preparar a sus elegidos a través de la influencia del linaje, a fin de aprovechar las cualidades naturales y requintarlas con la gracia.

Consideremos,a aquellos que gozaron del privilegio de nacer en hogares verdaderamente católicos como SanJuan Bosco, por ejemplo, que fue educado por su piadosa madre. La unión entre ambos llegó hasta el punto que hizo que constase como
principal argumento de los teólogos, en el elenco de documentos para el proceso de beatificación de Mamma Margherita, la siguiente tesis: los corazones de la madre y del hijo constituyen en la familia salesiana un solo corazón. También San Juan María Vianney, el Santo Cura de Ars, tenía una madre excelente. Así, cuando le preguntaban de dónde le venía su amor por la oración, por el altar y por el sacerdocio, respondía derramando lágrimas: «Después de Dios, es obra de mi madre: ¡ella era tan sabia!» Y añadía: «Un hijo no debería poder mirar a su madre sin llorar».También es digna de recuerdo la propia madre de Santo Domingo de Guzmán, la Beata Juana de Azca que, poco antes del nacimiento del niño, soñó que daba a luz un fuerte perro, que ladraba mucho y que sujetaba con los dientes una antorcha de fuego y, corriendo con ella, incendiaba el mundo entero. Domingo creció con aquella imagen del sueño de su madre en la cabeza y, más tarde, fundó una orden mendicante, los Domini canes (del latín: canes del Señor. El nombre de la familia religiosa fundada por Santo Domingo
es Orden de los Predicadores, más conocida como Orden Dominica), porque irían por la faz de la tierra ladrando contra el mal y predicando la doctrina católica. Y así, recorriendo la Historia, podríamos con facilidad multiplicar los ejemplos yendo desde la Emperatriz Santa Elena, madre de Constantino el Grande, hasta Santa Teresita del Niño Jesús, cuyos padres brillan en el firmamento de la santidad. Es verdad, pues, que la influencia y proximidad de los santos son siempre un gran beneficio para las almas que no se cierran a la acción de la gracia, pues éstas acaban santificándose también, gracias al trato con ellos. Por consiguiente, podemos afirmar con entera propiedad que las madres si son buenas, serán las que más ayuden a santificar a los hijos; pero, por otro lado, cuando no lo son, serán quienes más los estropeen. La virtud es contagiosa, pero también elmal, los dos extremos lo son.

Escogida y preparada por el mismo Dios, María Santísima es la más excelsa de todas las madres

No olvidemos, sobre todo, que el gran Hombre providencial por excelencia, Nuestro Señor Jesucristo, también estuvo unido a su Madre. Habiendo llegado el momento de encarnarse, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad creó con todo esmero, una Madre extraordinaria, pues quería tener en el inicio de su vida terrena, ya en su raíz, una persona de la categoría de Ella. Es el único caso en la historia de la Creación en el que alguien, antes de nacer, ha podido escoger y santificar a su propia madre. Ella es la Madre de las madres y Señora de las señoras, que concibió al Santo de los santos, el Hombre-Dios.

«Mamá me enseñó a amar a la Santa Iglesia»

Estudié su bella alma con una atención continua…

¿Cuál es, entonces, el papel de una buena madre a lo largo de la vida de un varón providencial? Es un papel brillante, fundamental e insustituible, que nadie más puede representar, porque ella sirve de espejo para que este varón, cuando es aún pequeño y antes incluso de tener una noción exacta de quién es Dios, pueda ver la figura del Creador.
Si cualquier madre tuviese la posibilidad de dar a su hijo una fortuna extraordinaria, mediante la cual pudiera vivir sin problemas ni preocupaciones, haría todos los esfuerzos para que eso sucediese. Ahora bien, lo máximo que una madre puede desear para su hijo es una eternidad feliz, conviviendo con Dios; y esto puede conseguirlo, conduciendo a su hijo hacia la virtud, por las vías de la Religión.
Con frecuencia, el estado espiritual de la madre condiciona el de su hijo, pues Dios tiene en cuenta la fidelidad materna a la hora de dar a los descendientes las gracias necesarias para el cumplimiento de su misión. Así, con el fin de desempeñar bien este encargo es necesario que la madre sepa rezar, tenga una sólida vida interior y frecuente los Sacramentos para beneficiarse de la gracia y progresar en la vida espiritual. De este modo alcanzará la santidad que se reflejará en sus hijos… Nuestro Señor dice en el Evangelio: «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados» (Mt 5, 6); el amor de la madre por su hijo debe ser tal, que tenga hambre y sed de perfección y por ello quiera sacrificarse enteramente para santificar a su hijo y así, estando junto a él, llevarlo a decir: «¡Qué bonito es ser santo!» Ésta era la opinión del Dr. Plinio: «La mejor de las universidades nunca podrá desempeñar el papel de una madre: el de acondicionar, dentro de la perspectiva que ella tiene y que comunica a su hijo, una cierta cantidad de nociones generales, que se proyectarán más tarde sobre toda su vida. Después de beber en ella las buenas influencias, propias para acercarlo a la Iglesia Católica y darle una avidez enorme para acoger a la Iglesia Católica en su alma, cuando el hijo termina el recorrido
de su vida, se da cuenta de que aquello concuerda con lo que recibió de su madre en sus comienzos».
Si nos hacemos una idea concreta del privilegio que supone tener una buena madre, en la que brillan las virtudes y los dones del Espíritu Santo, que toma a su hijo en brazos llena de un cariño, de un afecto y un modo de ser tal que lo haga abrir los ojos para la realidad, dándole el primer impulso hacia el recto camino, tendremosen mente la noción clara del papel que Doña Lucilia desempeñó en la ascensión espiritual del Dr. Plinio. Testimonio de esto son las palabras de encomio que le ofrendó, nada más exhalar ella su último suspiro: «Estudié su bella alma con una atención continua y fue por eso mismo que tanto me encanté con ella hasta tal punto que, si ella no fuese mi madre, sino la madre de otro, la querría de la misma manera, y encontraría la forma de irme a vivir con ella. Mamá me enseñó a amar a Nuestro Señor Jesucristo, me enseñó a amar a la Santa Iglesia Católica».

Trayectoria de inocencia

Analicemos ahora el origen de este varón.
Nació en ese periodo tan importante de la Historia, cuando el mundo entraba en la terrible crisis actual. Poco a poco fue creándose una sociedad atea, en la que el hombre abandonó enteramente la inocencia, el Evangelio fue quedando cada vez más desvanecido, olvidado y desfigurado a sus ojos, e incluso la cultura fue siendo devastada, motivando que la convivencia humana se hiciese semejante a la de los lobos.
¿Cómo fue posible que surgiese y se afirmase en una época así alguien tan favorecido por altísimos dones sobrenaturales, capaz no solamente de restaurar el pasado, sino de estar en el origen de una nueva era histórica, llena de inocencia y verdadera sabiduría, en contraposición con la falsa sabiduría del mundo,Dios, en su infinita sabiduría, preparó con antecedencia el florecimiento de la tan elevada vocación del Dr. Plinio, dándole a Doña Lucilia por madre. Tenía ella el alma ornada con las gracias de la Edad Media y con lo que había de mejor en el Ancien Régime y en la Belle Époque, es decir, aquello que la era de las catedrales y de las cruzadas produjo «post mortem», una vez iniciada la decadencia revolucionaria. En realidad, fundamentado en la palabra del Dr. Plinio y en la propia experiencia personal, juzga el Autor que Doña Lucilia poseía algo más que no hubo en ninguna época anterior. En efecto, asevera el buen principio teológico que la Iglesia, en cuanto Cuerpo Místico de Nuestro Señor Jesucristo, no permanece inerte a lo largo de los tiempos, sino que estará constantemente creciendo en gracia y santidad hasta el fin del mundo. Mientras haya una persona bautizada sobre la faz de la tierra, la Iglesia en ella estará viva y progresando cada vez más, porque cuenta con la promesa de la inmortalidad hecha por Nuestro Señor. Ahora bien, dentro de ese crecimiento, Doña Lucilia representaba una simiente dorada y magnífica, llena de irisaciones, de algo que habría de bueno en el futuro. A este respecto, resulta ilustrativo un comentario hecho por el Dr. Plinio en 1977: «Había en su espíritu un punto altísimo, que era el campo de su inocencia. ¿Qué relación tiene ese campo de su inocencia con mi inocencia? Y ¿qué relación tiene ese campo de su inocencialos lados buenos del siglo XIX, que eran las tradiciones medievales aún vivas; y su alma era una continuación de eso. De manera que yo comencé a amar en ella a la Edad Media, y muchas veces pensaba: “Cómo es parecida con mamá”.

Doña Lucilia poseía cualidades de alma que prenunciaban un futuro grandioso

Sin embargo, mamá no tenía una idea exacta de lo que había sido la Edad Media. A ella le gustaban mucho las cosas góticas, pero su alma era más gótica de lo que ella notaba en el gótico. Fue un eco fidelísimo, aunque subconsciente, de esa gloriosa era de fe, y mientras el mundo entero iba decayendo y abandonaba […] el espíritu de la Edad Media, ella tuvo un hijo entusiasta de la Cristiandad medieval. Ella es el guion que une; el puente entre todo lo que hubo otrora y el futuro. Ella representaba el último llanto del pasado que lloraba por morir. Y a su hijo, Nuestra Señora lo destinó para fundar una familia de almas que sería el alborear de la Edad Media resurrecta en el Reino de María. Es decir, la palabra guion dice poco: es la última simiente de un árbol esplendoroso que muere, pero de la cual va a nacer otro árbol aún mayor. Esa simiente fue ella: modesta, pequeña, ignorada, sin dejar detrás de ella otro rastro a no ser ése. Y ése es el gran papel histórico de ella, su gran misión.

Dada la extraordinaria vocación del Dr. Plinio, ¿no era normal que naciese de una madre tan inocente, como fue Doña Lucilia,que nunca cometió una falta grave en los noventa y dos años de su larga vida? Sí, ese llamado, según el plan de Dios desde toda la eternidad, debería estar fundado en la inocencia, sin la cual, sería imposible que el Dr. Plinio pudiese cumplirlo. Es de la inocencia que brotaron tantas otras prerrogativas, dones y beneficios que la Providencia quiso concederle. Por eso, fue beneficiado con tan virtuosa madre, verdadero manantial, jardín florido de rectitud; para
que pudiera tener delante de sus ojos un punto de análisis, de atracción y de sustentación para su propia inocencia.

Cfr. CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. El Don de Sabiduría en la mente, vida y obra en Plinio Corrêa de Oliveira. Editrice Vaticana 2016 Parte I pp. 101 ss.

La última carta

cap12_001Pasados aquellos días de tanta aprensión, en los que la confianza en la protección divina fue su principal consuelo, doña Lucilia tomó aquella pluma tantas veces utilizada para transmitir a su hijo, cuando estaba distante, las palabras de afecto que tanto le encantaban, para escribir a su cuñada, la madrina del Dr. Plinio, que vivía en Pernambuco. Son conmovedoras las líneas de esta carta, la última escrita por doña Lucilia antes de partir para la eternidad.

São Paulo, [abril de 1964]
¡Querida Teté!
Creo que no has recibido la carta que te he escrito dándote noticias nuestras (…).
Con este cambio de Gobierno está todo parado, pero esperamos que cuando suba el nuevo y debido Gobierno (este es provisional) Dios permitirá que todo acabe bien. Estaba sufriendo mucho por el reumatismo en los pies y en las piernas y el hígado ¡pésimo!… Camino solamente del brazo de una empleada y con un bastón en la otra [mano], y ¡con dificultad!… Siento mucho que no puedas venir a ver cómo trabaja tu ahijado por nuestra religión… Ha escrito varios libros católicos, habla por todas partes, es invitado por unos y otros para hablar en recepciones, etc… ¡¡y no da abasto!! ¡¡Me siento tan débil que creo que ya no te escribiré más!! ¡Saluda con afecto a todos los que aún se acuerden de mí!
Con un afectuoso abrazo, te besa tu cuñada que te quiere mucho,
Lucilia

El rechazo de doña Lucilia por lo horrendo

Brasil había escapado providencialmente del yugo comunista, pero no estaba inmune al contagio del movimiento hippie que poco tiempo después habría de estallar y difundirse con virulencia por el mundo entero. Uno de los aspectos principales de esta nueva etapa de decadencia de la civilización era la exaltación de lo horrible.
No ha existido ninguna civilización en la Historia, por más decadente que fuese, que no conservara un cierto amor a la belleza, reflejado en el arte y en los demás aspectos de la vida, como por ejemplo en la vestimenta y en los utensilios domésticos.
El hombre del siglo XX, sin embargo, no sólo sacrificó sistemáticamente el pulchrum (En latín, “belleza”) en aras de la modernidad o del utilitarismo, sino que perdió el sentido de la armonía, pasando a exaltar lo feo y lo desproporcionado. El arte moderno, en cualquiera de sus ramas, es bastante representativo de este hecho.
Al ser Dios la propia belleza, y habiendo sido el hombre creado a su imagen y semejanza, si su alma está bien ordenada no puede dejar de admirar profundamente todo lo maravilloso. Por esa razón, los niños inocentes tienen ese sentido tan despierto.
En nuestros días se ha operado una silenciosa revolución en el mundo infantil, con la sustitución de los bonitos juguetes de otrora, evocativos de una era ideal, por figuras que representan seres deformes y repugnantes. No es difícil imaginar la reacción del alma temperante de doña Lucilia ante las primeras manifestaciones de esa nueva mentalidad. Un episodio significativo se dio con ocasión de la visita de unos conocidos de ella al apartamento de la calle Alagoas. Venían acompañados de sus hijas, dos niñitas encantadoras. Casi se diría que ángeles de una miniatura medieval. Atraídas por la bondad y por el modo de ser afable de doña Lucilia, se aproximaron a ella y, sacando del bolsillo un pequeño paquete que contenía unos muñequitos de plástico, se los pusieron en las manos, exclamando alegremente:
“¡Los monstruos, los monstruos!…”
Estaban lejos los tiempos de las muñecas de porcelana vestidas de encajes y de los vistosos soldaditos de plomo…
Doña Lucilia prestó especial atención en uno de ellos y, al darse cuenta de lo que se trataba, se quedo horrorizada y lo apartó de sí. Seguramente habrá lamentado interiormente no poder ella misma velar por la educación de esas pequeñas, introduciéndolas en el universo de los cuentos maravillosos que ella sabía narrar de manera tan encantadora.

“Qué buena es”

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¡…Qué buena es…!

Con el paso del tiempo, la salud de doña Lucilia era cada vez más preocupante.
En determinado momento, después de haber sufrido un agravamiento súbito, fue necesario sacarle una radiografía. Como estaba ya con las fuerzas muy debilitadas, su hijo contrató un técnico para que realizase dicho examen en su propia casa.
El Dr. Plinio lo esperó para conducirlo al cuarto materno. Cuando llegó, trayendo todos los aparatos de radiología, entraron ambos en el aposento. Era un hombre de mediana edad, de complexión robusta, moreno, con la piel oscurecida por el sol, habituado a trabajos pesados y con una cierta insensibilidad a los dolores ajenos. Este último aspecto no sorprende, pues su profesión le ponía en constante contacto con las más variadas formas de sufrimiento humano causado por la enfermedad o hasta por la inminencia de la muerte. Sin ni siquiera mirar a doña Lucilia, el técnico la saludó con un banal “buenas noches”, y comenzó a preparar los aparatos para prestar “un servicio más”, quizás el último del día. Sin embargo, eran tales la ternura y el cariño con que el Dr. Plinio trataba a su madre que es posible que el hombre se haya sorprendido. Interrumpió, entonces, el montaje de los instrumentos para ver quién era objeto de tanto afecto. Miró detenidamente a doña Lucilia. Visiblemente, se sintió conmovido hasta las fibras más íntimas del alma. Se aproximo de la cama y, en un gesto de cariño, le acarició el mentón con su enorme dedo, diciendo al mismo tiempo admirado:
— ¡Qué buena es!
Era la afectividad brasileña que hablaba desde el fondo del alma de aquel hombre… Doña Lucilia permaneció en silencio, sin moverse, como si no hubiese notado nada, a pesar de que lo inopinado del gesto constituía una involuntaria falta de respeto hacia ella.
Su hijo, dándose cuenta de que la dulzura de doña Lucilia había tocado aquel corazón, tampoco dijo nada. Pero guardó del episodio un nostálgico recuerdo.

La última caja de corbatas regalada a su hijo

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Última corbata regalada por Doña Lucilia al Dr. Plinio

Pasando un día por el corredor de la casa, el Dr. Plinio notó que su madre estaba en el escritorio, sentada a la mesa, redactando algo. Se trataba de la “sorpresa” que estaba preparando para un cumpleaños más del “hijo querido de su corazón”.
Venciendo las dificultades naturales de su avanzada edad, doña Lucilia escribió una última dedicatoria para el Dr. Plinio en el papel de seda de la caja de corbatas que le daría de regalo. Líneas trazadas con muchos esfuerzo, en el cual entraba un enorme afecto y el deseo de un alma delicada de hacer todo bien y con sentido del deber. Aún más. Aquel gesto traducía su admiración por el Dr. Plinio, la ilimitada confianza que en él depositaba, su incansable deseo de agradarle y su agradecimiento por toda la dedicación de su hijo hacia ella. Admirado con la escena, el Dr. Plinio evitó que su madre se diese cuenta de que él la había observado y, después de recibir el regalo, conservó la dedicatoria como precioso recuerdo de aquel incomparable amor materno. Las palabras eran las siguientes: ¡¡Recuerdo de Mamá a su hijo querido!!

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¡¡Recuerdo de Mamá a su hijo querido!!

La boda de Olga

Un día, Olga, la dedicada empleada de doña Lucilia, que le servía fielmente hacía más de veinte años, decidió contraer un segundo matrimonio. Se acercaba ya a la vejez, y su hija Carlota había cumplido ya 30 años. Cuando ya la boda estaba arreglada, Olga fue a hablar con doña Lucilia y, a pesar de estar un poco embarazada por tener que marcharse en una situación en que sus servicios le eran más necesarios, le dio la noticia:
— Doña Lucilia, tengo que comunicarle una cosa que me entristece: voy a tener que dejarla. Pero es mi deber y voy a cumplirlo. Tengo un noviazgo. Sin exteriorizar la sorpresa que este anuncio le causaba, doña Lucilia le preguntó calmamente:
— Pero, ¿su futuro marido es un buen hombre?
Olga respondió que así le parecía y que gozaba de buena fama en el barrio donde vivía. Además, tenía una buena situación financiera y era propietario de un pequeño aserradero.
Siempre pensando en el bien del prójimo, doña Lucilia le preguntó aún:
— Y ¿qué hará Carlota?
— ¡Ah doña Lucilia!, se viene a vivir con nosotros —respondió Olga.
Sin dejar traslucir la tristeza que la separación le iba a causar, pues había adquirido un verdadero afecto por Olga y su hija, doña Lucilia la felicitó por su nuevo matrimonio, deseándole todo tipo de bendiciones y la protección divina. Pocos días después, Olga presentó su novio a doña Lucilia y al Dr. Plinio. Se trataba realmente de un hombre serio, correcto, tranquilo, oriundo de un país de lengua alemana. Pasadas algunas semanas, Olga se casó y se despidió con inmensa gratitud de doña Lucilia, de quien recibió como testimonio de sincero afecto un bonito regalo de boda.
Cuando falleció doña Lucilia, el Dr. Plinio no pudo comunicárselo a Olga, pues había perdido su dirección. Cuál no fue su sorpresa al recibir un día la visita de aquella antigua empleada. Venía vestida esmeradamente. No se sabe cómo le había llegado la noticia de que doña Lucilia había dejado esta vida. Profundamente entristecida, se refirió llena de saudades a su antigua patrona. Pidió disculpas por haberse enterado tan tarde del triste acontecimiento, y quería recordar también, en aquel hogar, la gran bondad de que había sido objeto por parte de don João Paulo, del Dr. Plinio y, especialmente, de su bienhechora,
dejando algunas flores en su cuarto. Después se despidió, y el Dr. Plinio nunca más tuvo noticias ni de ella ni de Carlota.