Puente luminoso entre un pasado agonizante y un futuro glorioso

Al representar la última semilla de un árbol esplendoroso que moría, Doña Lucilia fue puesta por la Providencia en una situación intermediaria entre su generación y el pasado, donde la inocencia de su acción habría de echar raíces para un nuevo y glorioso árbol: el Reino de María.

Qué se daba con mi madre en lo que dice respecto a su inocencia?

Mirada puesta en un punto luminoso indefinido

En su alma había un esplendor. Es propio del Quadrinho1 indicarlo con perfección. A propósito, ese Quadrinho –como otras cosas que ella ha hecho– roza en lo milagroso, porque yo no puedo admitir que, con base en una fotografía, un pintor que nunca la vio le haya dado a él mucha más expresión de la que hay en la misma foto de ella. Lo que el cuadro tiene de imponderable es la mirada, manifestada por ella muchas veces, fija en un punto luminoso indefinido, el cual no se saciaba de ver y le llenaba el alma de luz.

Quadrinho

Ese punto luminoso indicaba que había en su interior una zona de meditación muy alta y continua, cuya acción sublimaba el alma, iluminándola y haciéndola cada vez más nívea. Sus cabellos blancos, ya al final de la vida, a veces me conmovían, porque parecían el resplandor de algo enternecedor y conmovedoramente plateado que ella poseía. Y da la impresión de que en el Quadrinho ella medita mirando una luz plateada.

Ejercicios de trascendencia al admirar la naturaleza

Había en su espíritu un punto altísimo: era el terreno de su inocencia. Me acuerdo de cierta vez haberla escuchado hablar con mi padre. Ambos estaban mirando el eterno panorama de los ancianos que no salen de casa: la plaza de en frente, una bonita puesta del sol vista a través de la arboleda, hacia el lado de la Rua Alagoas; la ciudad era menos contaminada que hoy.

A las tantas, ella le dijo a mi padre: “Esposo mío, ¡vea qué sol bonito viene ahí! ¡Qué puesta del sol maravillosa! Nosotros vamos a morir dentro de poco y le propongo que hagamos un trato: cuando hayan esas puestas de sol, aquel que se quede en la Tierra por más tiempo rezará un Avemaría por el otro.” Percibí por ese hecho cuánto representaba para ella aquel crepúsculo y qué alto ejercicio de trascendencia hacía en relación con algo de la naturaleza.

En otra ocasión, por cuestiones de seguridad, mandé cortar las ramas de un árbol que quedaba cerca a la casa. Ella no tenía noción del peligro que aquello representaba y percibí que el hecho de que ella no podría contemplar más las hojas de aquel árbol y la proyección de la luz que ellas hacían, trazando en la noche sombras en la pared blanca de mi sala de trabajo, era como algo del Cielo que se cerraba para ella. Y noté, en aquella mansedumbre eximia de ella, solo un “ay” de un cordero que recibía otra punzada y nada más.

Posición ápice de un alma

Mi madre era de la generación de mi abuela, pero a la manera de una simplificación: ella estaba entre su generación y la anterior, representando mucho del siglo XIX. Esta es la posición contrarrevolucionaria ápice de un alma: quedar a medio camino de la generación que la antecedió, sin ser una persona anacrónica, no siendo de ningún modo de su propia generación.

En el siglo XIX aún restaban muchos valores medievales que los hombres amaban sin verlos con claridad. Por ejemplo, en la perspectiva de Santa Teresita, ¿cómo sería propiamente la Edad Media? Vemos, sin embargo, que la unión de ella con su padre, Luis Martin, era por ver en él una gota de la Cristiandad medieval puesta en el siglo XIX, pero no como algo que se separó y perseveró. El siglo XIX todavía era rebosante de cosas medievales, de donde inclusive surgió un movimiento neogótico.

No quiero hacer una equiparación entre mi madre y Santa Teresita, pero describo un punto de semejanza. Santa Teresita no hizo grandes obras. Lo que ella tuvo fue una altísima inocencia, con la cual realizó actos que le dieron un valor insondable, los cuales, según su escuela y su doctrina, eran cosas comunes. No era común aceptar la muerte como ella la aceptó. Puede haber mucha gente que muera aceptando la muerte, incluso en términos edificantes. Pero Santa Teresita fue mucho más que eso.

Santa Teresita, creo yo, fue la última flor de Francia y, por eso, la última flor de la Cristiandad. Ella dio origen a una familia de almas universal y no más específicamente francesa, sino vuelta hacia el futuro. Es una semilla que quedó del árbol sacrosanto de Francia y dio origen a otras maravillas. En ese sentido, ¿qué fue mi madre para mí? ¿Qué relación tiene el campo de su inocencia con el de mi inocencia? ¿Y qué relación ese campo de inocencia tiene con su papel dentro de la Historia?

De la semilla modesta resurge la Cristiandad del Reino de María.

Mi madre retuvo sobre todo los lados buenos del siglo XIX, las tradiciones medievales todavía vivas; y su alma era una continuación de eso. De manera que yo comencé a amar en ella a la Edad Media, y muchas veces pensaba: ¡cómo se parece a mi madre! Sin embargo, mi madre no tenía una noción exacta de lo que había sido la Edad Media. A ella le gustaban mucho las cosas góticas, pero su alma era más gótica de lo que ella notaba en el gótico. Ella fue un eco fidelísimo, aunque inconsciente, de esa gloriosa era de fe, y mientras el mundo entero iba decayendo y abandonando el espíritu de la Edad Media, ella engendró a un hijo entusiasta de la Cristiandad medieval. Ella es el guion, el puente entre todo lo que hubo otrora y el futuro. Ella representaba el último llanto del pasado, llorando por morir. Y a su hijo, Nuestra Señora lo destinó para fundar una familia de almas que sería la aurora de la Edad Media resurrecta en el Reino de María.

La palabra guion dice poco: es la última semilla de un árbol esplendoroso que muere, pero del cual va a nacer otro árbol aún mayor. Esa semilla fue ella: modesta, pequeña, ignorada, sin dejar atrás de sí otro rastro a no ser ese, pero dejando ese. Y ese es su gran papel histórico, su gran misión; y tal vez, sin saberlo, ella dio nacimiento a la Contra-Revolución

 (Extraído de conferencia del 30/10/1977)

  1. Cuadro al óleo que le agradó mucho al Dr. Plinio, pintado por uno de sus discípulos, con base en las últimas fotografías de Doña Lucilia. ↩︎

La bondad de Doña Lucilia

En Doña Lucilia había una apetencia de espíritu de lo sobrenatural, porque ella quería tener su principal relación con Dios, y todos los otros afectos de ella provenían de este primer afecto. En el fondo, a quien ella más amaba era a Nuestro Señor Jesucristo. Su bondad la llevaba a considerar a las personas con mucha elevación, rodeándolas de dulzura y afecto.

Doña Lucilia fue la última simiente del árbol de la Edad Media que, al caer al suelo, hizo germinar el futuro. Ella es un alma profundamente medieval, pero no en cuanto a una síntesis del pasado. Era llamada a ser, sobre todo, un comienzo del futuro.

Una bondad que ultrapasa la medieval

Por ejemplo, en lo tocante a la bondad. No se puede decir que su bondad fuese estrictamente medieval. La Edad Media está allí adentro, pero es una bondad que ultrapasa la medieval, es un desarrollo de la que existía en aquel período histórico. La bondad de Doña Lucilia es hecha de una elevación de espíritu que multiplica la bondad por la bondad. Me cuesta concebir cómo es que existía en la Edad Media la bondad desde este punto de vista. En mamá había una tendencia, una apetencia del espíritu para un contacto con Dios, porque ella quería tener su principal relación con un Ser tan elevado, noble y sublime, y todos sus otros afectos eran provenientes de ese primer afecto. En el fondo, lo que ella amaba era a Nuestro Señor Jesucristo.
Esto conducía a que toda la bondad que ella tenía fuese constituida de un modo de considerar a los otros con una elevación muy alta, rodeando de dulzura y afecto la persona a quien ella consideraba. Este afecto descendía de esa eminencia, por así decir, casi raptando a la persona hacia una esfera sobrenatural muy elevada también.
Tomemos, por ejemplo, el cántico Anima Christi. Existe casi una diferencia entre las palabras y el tono de voz con aquello que debe ser cantado, por un lado, y la música, por el otro. Porque hay algo de arrebatado en el estilo ignaciano de este cántico. ¡Pero existe al mismo tiempo una ternura llevada a una elevación, a una cosa que es el extremo en su género! De la elevación de quien considera la sublimidad de Nuestro Señor Jesucristo y casi la debilidad de Él.

En el Anima Christi existe una especie de compasión con que es tratado Nuestro Señor, pero, de otro lado, un arrebatamiento. Hay en eso una mezcla de veneración muy profunda y respetuosa, y de ternura que, tomando en consideración la grandeza del Redentor, pero también como llagado, tiene casi recelo de expresarse, por miedo de tocarlo de un modo insuficientemente delicado. Pero en el fondo y en el centro está la evocación de la Persona de Él y de los sentimientos que esa Persona despierta. Así, ese cántico de algún modo lo describe.

El Sagrado Corazón de Jesús era la cima de su amor

Había todo eso en el modo de ser de mamá, por donde el Sagrado Corazón de Jesús era el ápice, la cima de su amor. Eso daba la marca medieval de ella. Porque, aunque la devoción al Sagrado Corazón de Jesús no hubiese nacido en la Edad Media, ella llevaba la ternura del medieval hacia Él hasta el último punto. Es bonito que Nuestro Señor haya aparecido en Paray-le-Monial, cuyos orígenes se remontan a la Orden de Cluny. La consideración de todo esto me llevaba a respetarla profundamente y, al mismo tiempo, a tener hacia ella una ternura la más delicada posible. Pero con la sensación de que todo cuanto yo hiciese no bastaba, pues ella estaba arriba de eso.
Cuando Doña Lucilia murió, sentí un doble lanzazo: de un lado, la noción de que una persona así acababa de ser, inexorablemente, “deshecha” por la justicia divina… Porque la muerte es eso. Los dos elementos constitutivos del ser humano, el alma y el cuerpo, son separados. Por tanto, en ese sentido deshecha. Por lo demás, si no fuese la resurrección, sería un absurdo. Me acordaba de una cancioncilla que se entonaba cuando las Hijas de María hacían procesión en la iglesia de Santa Cecilia: “Misteriosa justicia nos prende, sólo por hijos de la culpa de Adán; mas la ley quebrantada la anuló tu santa y feliz Concepción.” Es decir, realmente es una misteriosa justicia.
De otro lado, su irreparable ausencia. Porque encontrar otra persona así… Puede tener la linterna de Diógenes que no descubre nada…

Reveses y pruebas

Poco antes de ser acometido de diabetes (En diciembre de 1967, como consecuencia de una grave crisis de diabetes, el Dr. Plinio tuvo una gangrena en su pie derecho, siendo sometido a una cirugía en el Hospital Sirio Libanés en San Pablo, para descubrir la infección), estábamos cenando, solos ella y yo en casa. Hablábamos, pero lo mejor de la conversación era su presencia. Por tanto, yo estaba manteniendo la prosa casi por educación, pero de hecho embelesado fantásticamente con ella. Me acuerdo de haber pensado en esto: cómo sería difícil una madre y un hijo quererse tan bien en el mundo de hoy. Y me venía al espíritu la idea: “Esta salita de cenar es en el fondo, una especie de torreoncito donde Nuestra Señora aún conserva un pequeño resto, pero en mamá ¡un resto solar! ¿Será que está en los designios de la Providencia permitir que todo esto se disuelva con una anticipación relativamente grande de los acontecimientos previstos en Fátima?

Mamá fallece; de repente yo muero también, todo esto aquí es vendido, se dispersa, y es otra buena cosa más que desaparece en el mundo…”
Cuando me apareció la infección en el pie me acordé inmediatamente de lo que había pensado. Pasé los días en casa haciendo todo lo posible para que ella no percibiese la
gravedad de mi estado de salud. En cierta ocasión mamá estaba sentada junto a la mesa del comedor, yo pasé por el hall y tuve una caída sin que ella lo viese. La empleada me dijo en un tono medio atrevido y sublevado:
– Pero ¿qué es lo que tiene? ¡Cuéntele de una vez sobre el estado en que se encuentra! Yo manifesté mi disgusto y afirmé:
– ¿No está viendo que no quiero disgustarla?
– Pero así, ¿hasta ese punto?
– Hasta ese punto. Quien gradúa eso soy yo.
Entré en la sala pensando: “Lo que había previsto se está realizando. Esto que tengo aquí es una gangrena.” Mandé llamar a los médicos y entré en un túnel. Pensé: “Un vendaval me va a tomar y ella morirá por estos días…”
Quedaba transido de pena al pensar lo que podría suceder si yo muriese antes que ella. Y me ponía el siguiente problema: ¿Recomiendo que no le digan que fallecí? Porque el problema se establecía. Es decir, para que no le comunicaran que yo había muerto tenía que entrar por el camino de las mentiras. Mas ella, en el estado en que se encontraba, ¿tenía derecho a la verdad?
Pero, de otro lado, si Dios la quería probar, ¿tenía yo el derecho de ahorrarle esa prueba? Es decir… ¡una cosa tremenda!

La silla de ruedas de Doña Lucilia

Cuando me avisaron que ella estaba muriendo, yo acababa de desayunar y de leer el periódico. Me dirigí al cuarto de ella tan rápido cuanto mis condiciones físicas lo permitían y, al llegar, ella ya estaba muerta. Lloré mucho y, al fin de cuentas, fui a mi cuarto. Inexplicablemente, – creo que fue una gracia obtenida por ella – me invadió una paz, una tranquilidad que era casi una alegría.
Fui al cementerio para el entierro, pero no me atreví a ir hasta la sepultura. Al día siguiente partí a nuestra Sede, en Amparo, volviendo de allá para la Misa del séptimo día durante la cual se dio el fenómeno de un rayo de sol sobre unas orquídeas, que
tomé como siendo la señal pedida por mí a Nuestra Señora de que mamá no estaba más en el Purgatorio.

Me acuerdo, por ejemplo, de una bagatela. A mí me desagradaba mucho la silla de ruedas de ella. A mí me hubiera gustado que mamá caminase. El pasito de ella era una de las muchas cosas que me encantaban. ¡Cómo ella conseguía caminar con gravedad y con un pasito rápido! Doña Lucilia era muy grave en lo que ella hacía, pero rápida en el andar. No sé cómo ella conciliaba eso. A pesar de lo antigua y de ya no usarse más sillas de ruedas de aquel tipo, por ser más altas tenían más dignidad que las de los modelos recientes. Y yo no quería verla metida en esas sillas mucho mejores, pero menos dignas. Entonces conseguí esa misma, en la que mamá, quedaba más alta.
Cuando ella murió, mandé devolver la silla de ruedas a la Santa Casa y pagar el  alquiler. Unos cinco días después, comencé a sentir “saudades” de la silla de ruedas y ordené preguntar a la Santa Casa si podían vendérmela.
Son recuerdos que me dicen mucho. Aunque el retroceso del tiempo, en este caso, no mejore la perspectiva, ni me lleve a quererla mejor por causa de eso, por algunos lados invita a una actitud más admirativa con relación a mamá.

(Extraída de conferencia de 20/4/1991)