Súplica de un corazón necesitado

Desperté en torno a las nueve de la mañana y recibí una llamada de mi tío

 

Elizabete Fátima Talarico Astorino

 

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Súplica de un corazón necesitado

Amauri Valentín, de Vila Velha, tras conocer la historia de Dña. Lucilia, recurrió a su intercesión y logró en poco tiempo la gracia que desde hacía unos años esperaba alcanzar:

«Mi familia estaba pasando por un momento delicado por una cuestión de herencia. Estaba habiendo mucha discusión y teníamos que tomar una decisión importante, pero había miembros de la familia en desacuerdo con el paso que debíamos dar. Aquella noche recé el Rosario pidiéndole a Dña. Lucilia su intercesión.

«El mismo día que la conocí, traté de conversar con ella en mi pensamiento: “Usted, que es madre, que es mujer también, entre en el corazón de mis tías, que son mujeres, entiéndase con ellas y obténganos esa gracia”. Entonces me dormí…

«Desperté en torno a las nueve de la mañana y recibí una llamada de mi tío que me decía que mis dos tías habían aceptado dar el paso para que solucionáramos ese problema que mi familia venía sufriendo desde hacía tres o cuatro años.

«Con una oración del Rosario, con la devoción a Dña. Lucilia, conseguí esa gracia. Fue una petición de corazón, de un necesitado, y la recibí. Desde entonces estoy apasionado, tanto por ella como por Plinio».

(Extraído de Revista Heraldos del Evangelio, mayo 2020)

Una petición inmediatamente atendida

Esto me dejó muy triste, muy preocupado. Mi padre ya tiene setenta y cuatro años y, a pesar de ser un hombre activo, estaba con la salud debilitada a causa de otros problemas.

Elizabete Fátima Talarico Astorino

Sergio Matías, miembro consagrado de la comunidad católica Fanuel – Rosto de Deus y coordinador de la presencia misionera de dicha institución en la archidiócesis de São Paulo, preocupado con el estado de salud de su padre, decidió pedir el auxilio de Dña. Lucilia y fue atendido enseguida:

«Hacía unos quince días que mi padre venía sufriendo un problema en la garganta, como si fuera un bulto o hinchazón, algo que le impedía hasta respirar correctamente, pues acusaba falta de aire. Ya lo había llevado al médico y le había diagnosticado faringitis y recetado un medicamento. El tiempo fue pasando y ese cuadro no mejoraba. El 22 de abril de este año, mi madre me llamó por teléfono para decirme que mi hermano se lo había llevado al hospital porque había empeorado. Inmediatamente me puse en contacto con mi hermano —aún estaba en el hospital con mi padre—, y me dijo que la médica que lo había examinado pidió una tomografía, porque sospechaba que hubiera un tumor en la zona de la tráquea.

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Sergio Matías, consagrado de la Comunidad Fanuel – Rosto de Deus

«Esto me dejó muy triste, muy preocupado. Mi padre ya tiene setenta y cuatro años y, a pesar de ser un hombre activo, estaba con la salud debilitada a causa de otros problemas. Entré en contacto con el fundador de nuestra comunidad, Sandro Peres, por medio de WhatsApp, y compartí con él lo que estaba ocurriendo. Le pedí su intercesión, sus oraciones en aquel momento. Él me dijo: “Mira, hoy los Heraldos celebran el aniversario del natalicio de Dña. Lucilia; pídele su intercesión ante una fotografía suya”. Entré en la página web de los Heraldos del Evangelio y allí había una fotografía de Dña. Lucilia. Y exactamente al mediodía, horario de Brasilia, me puse ante la imagen y pedí que aquella valerosa señora, de gran testimonio cristiano y que con certeza estaba en la gloria de Dios, pudiera interceder a favor de la salud de mi padre y que, al salir el resultado de la tomografía, no hubiera nada. Esta fue mi petición: que no tuviera absolutamente nada.

«Después de esa oración, fui hasta el hospital y esperé allí el resultado de la tomografía, que salió alrededor de las 17 h. La médica me dijo: “Mire, su padre no tiene nada. Ni en los pulmones, mucho menos en la zona de la tráquea. Eso pudo ser algo sencillo, de origen estomacal”. Y ese mismo día mi padre regresó a casa».

Por la intercesión de Dña. Lucilia obtuve esa gracia

Agradecido por el favor recibido Sergio Matías añade:

«Digo esto porque tenemos fe, la fe que recibimos de la Iglesia, la fe en los santos de la Iglesia, en aquellos que fueron elevados a los altares, pero también en aquellos que en vida realizaron una gran obra por el Evangelio y murieron en estado de santidad. Estas personas con certeza están junto a Dios y ellas también tienen un gran poder de intercesión.

«Por eso creo que, por la intercesión de Dña. Lucilia, el 22 de abril mi padre fue tocado y lo que había en él ya no existe, porque Dios, por su infinita misericordia y en nombre de Jesús, realizó una obra en la vida de mi padre. Todavía están pendientes algunas pruebas, pero sé que por la intercesión de los santos —y ahora para mí, de forma muy particular, por la intercesión de Doña Lucilia— nada le pasará a mi padre.

«Quiero agradecer a todos los que compartieron conmigo esa moción, a nuestro fundador, que es devoto de muchos santos, que ama la obra del Dr. Plinio Corrêa de Oliveira y que me aconsejó a recurrir a esta venerable señora, que murió en olor de santidad y está en la gloria de Dios, porque por su intercesión obtuve esa gracia».

(Extraído de Revista Heraldos del Evangelio, mayo 2020)

Maternal e inefable auxilio

Elizabete Fátima Talarico Astorino

Fotografía de los víveres, dinero en efectivo y medallas
recibidos por Andréia Magalhães

Es lo que nos confirma Andréia Magalhães, de Curitiba (Brasil), impresionada por el inesperado socorro prestado a su familia cuando estaba pasando por un período de apuros económicos.

Trabajaba como autónoma, pero ya no estaba logrando percibir lo suficiente para soportar los gastos de la casa durante la pandemia. Tenía que pagar el alquiler del mes y aún le faltaba la mitad de su valor… Angustiada, sin saber qué hacer, escucha que llaman al timbre:

«Solamente tenía 400 reales para el alquiler y estaba desesperada, porque el contrato dependía de la inmobiliaria. Era miércoles, un joven de Uber se presenta en casa para dejarnos unos paquetes. Nos quedamos sorprendidos porque no sabíamos quién nos los enviaba. Eran cajas y cajas de alimentos».

Andréia trató de averiguar el remitente de ese generoso encargo, pero el chófer que había hecho la entrega se limitó a decirles que lo enviaban del centro de Curitiba y que ya estaba todo pagado.

Asombrada, empezó a revisar su contenido: «En fin que cuando abrimos había bastantes compras, hasta cartones de leche, galletas… y entonces pensé: “¡Caramba!, quien ha mandado esto sabe que hay una niña en casa”. Pero es que además venía un sobre con R$ 475,00 y cuatro medallas de la Virgen. Quien nos envía estas cosas conocía que éramos cuatro los que vivíamos en casa por entonces. Y esa cantidad de dinero era exactamente lo que faltaba para completar el alquiler. Nos quedamos muy contentos por lo ocurrido y al mismo tiempo abismados».

Melanie Magalhães con su madre, Andréia

Poco después Andréia pudo entender a quién le debía aquel inesperado y gratuito acto de generosidad:

«Unos días más tarde recibimos la visita de dos hermanas de los Heraldos. Mientras conversábamos, Melanie, mi hija, contó que le había pedido a Dña. Lucilia que nos ayudara, pues estábamos pasando dificultades».

Ahí estaba la respuesta a la incógnita que desde hacía días Andréia intentaba descifrar: su bienhechora se encontraba más cerca de lo que imaginaba, amparando y protegiendo a su familia a través de la súplica de su hija pequeña. Aquella misteriosa encomienda sí que tenía un remitente: el maternal e infalible auxilio de Dña. Lucilia».

(Extraído de Revista Heraldos del Evangelio, enero 2021)

«Brille su luz ante los hombres»

Fui a varios especialistas —dermatólogo, reumatólogo, angiólogo, médico generalista…—, pero ninguno tuvo éxito.

 Elizabete Fátima Talarico Astorino

¡Para Dios nada es imposible!

3p186Ante una enfermedad misteriosa y aparentemente incurable, ocasionada por una herida, Dejair Eiterer, de Juiz de Fora (Brasil), fue aconsejado a pedir el auxilio de Dña. Lucilia, para lograr el restablecimiento de su salud:

«Fui a varios especialistas —dermatólogo, reumatólogo, angiólogo, médico generalista…—, pero ninguno tuvo éxito. Fue un período muy difícil para mí. Tomaba morfina de cuatro en cuatro horas y, aun así, no sentía alivio alguno.

«El médico encargado de mi caso me dijo que era imposible que tomando morfina cada cuatro horas sintiera dolor. Por eso, tras hablar con su equipo, todos estuvieron de acuerdo de que lo mejor sería amputarme las piernas, ya que el tratamiento no estaba dando resultado.

«Al día siguiente de la terrible noticia, mi compadre, Expedito Alfonso, llevó a un sacerdote heraldo para que me hiciera una visita. Durante la conversación, este sacerdote afirmó: “El médico dijo que tendría que amputar, pero ¿quién es el verdadero médico? ¡Es Dios! ¡Y para Dios nada es imposible!”.

«Tras haber dicho eso, el sacerdote me bendijo y rezó conmigo tres avemarías. En seguida, sacó del bolsillo una foto de Dña. Lucilia, de quien nunca había oído hablar, y me sugirió que rezara con fe una avemaría recurriendo a su intercesión todos los días.

«Estaba rezando mucho desde hacía casi un año y, en aquel momento, surgió en todos los presentes una certeza interior de que sería curado por intercesión de Dña. Lucilia».

¡Todo empezó a cambiar!

Dejair pronto confirmó la certeza que llevaba en su corazón:

«¡A partir de esa visita todo empezó a cambiar! Un día después me llega el resultado de una analítica en la que se identificaba cuál era la bacteria causante del problema y se descubrió que desde hacía un mes estaba tomando la medicación equivocada. Comencé el tratamiento correcto y en una semana sentí alivio. Me tenían que hacer otro raspado, pero el coágulo que tenía en la pierna salió en el momento de la cura y no fue necesario efectuarlo. Además, tampoco fue preciso realizar un injerto en el sitio de las heridas, pues habían cicatrizado con el uso de la pomada.

«Después de cincuenta y cinco días internado, recibí el alta. Como aún no podía andar, salí en silla de ruedas y el médico que me había dicho que tendría que amputarme las piernas se quedó impresionado con mi mejoría.

«El 21 de julio fui conduciendo hasta la sede de los Heraldos del Evangelio para agradecerles la gracia alcanzada. Yo, que estaba con vistas a perder las dos piernas y sufría tremendos dolores, ahora ya no siento ninguna molestia. Desde el día que conocí a Dña. Lucilia no dejé de rezarle, un día siquiera, una avemaría en agradecimiento y para pedirle que continúe protegiéndome».

(Extraído de Revista Heraldos del Evangelio, mayo 2020)