Un viaje marcado por el dolor

«¡Doña Lucilia, madre mía, no me dejes, por favor!». Se giró hacia el altar, donde hay una imagen de la Virgen del Carmen, y mirándola dijo: «No quiero irme igual a como he llegado».

Elizabete Fátima Talarico Astorino

 

Ligia María Rojas Zúñiga, de Costa Rica, narra dos favores obtenidos por Nuestra Señora del Carmen, gracias también a la intercesión de Dña. Lucilia, que respondió de modo superabundante a sus oraciones.

Cooperadora de los Heraldos del Evangelio en su país, Ligia fue a Brasil en julio de 2022 para participar en el congreso internacional que se realiza todos los años. Sin embargo, cargaba con dos cruces que afligían su espíritu y hacían que emprendiera ese viaje con temor. Sigamos su relato:

Da. Ligia (al lado de la imagen de San José) con los cooperadores de Costa Rica, visitando una de las casas de los Heraldos del Evangelio en São Paulo

«Tenía una lesión grave en el pie derecho, debido a problemas de mala circulación sanguínea, que sufro desde el 2000. Había sido tratada en varias ocasiones; con el tratamiento y los vendajes se cerraba la herida, pero después se volvía a abrir. Cuando le conté al médico que haría un viaje a Brasil, intentó disuadirme, porque un vuelo de varias horas a gran altura era peligroso para cualquiera en mis condiciones. Sin embargo, le dije que ya lo tenía todo preparado y que viajaría bajo mi propia responsabilidad.

»La víspera de la salida, la enfermera me curó la herida, me puso una venda y me indicó que no me la quitara mientras estuviera fuera del país.

»Consciente del riesgo del viaje y del posible impacto que podría tener en mí, le rogué a Dña. Lucilia, nuestra madre, que intercediera por mí. Durante las horas de vuelo les pedí a ella y a Nuestra Señora que todo saliera bien durante el viaje y el regreso a casa».

Una curación espiritual…

Ligia llegó a Brasil bien dispuesta y pudo seguir el programa del grupo de cooperantes en São Paulo. Durante la visita a la casa Monte Carmelo —de la rama femenina—, sintió el auxilio de Dña. Lucilia y, por su intercesión, el de Nuestra Señora del Carmen, curándola de una profunda angustia que sentía en su interior.

Al entrar en la iglesia, le invadió una enorme emoción y enseguida le surgió una súplica: «¡Doña Lucilia, madre mía, no me dejes, por favor!». Se giró hacia el altar, donde hay una imagen de la Virgen del Carmen, y mirándola dijo: «No quiero irme igual a como he llegado».

Y continúa: «Mi petición en ese momento era únicamente espiritual. Durante mucho tiempo había cargado con un dolor en mi corazón. En concreto, desde 2016 —cuando hice el curso de consagración según el método de San Luis María Grignion de Montfort— meditaba sobre el trasfondo maligno que existe en cada persona. Intenté varias veces hablar de esto con un sacerdote, pero no logré que ninguno entendiera mi situación, o quizá no supe explicar lo que sentía».

Abrumada por la pena, Ligia le pedía a la Señora del Carmen ayuda para ella y su familia, llorando hasta sentirse aliviada. Entonces notó que una rosa del arreglo floral que decoraba la imagen se había desprendido y caído sobre el altar. Le pidió a una hermana que estaba allí cerca el favor de que se la alcanzara. Ésta se la entregó diciéndole: «Grandes cosas tiene la Virgen María para usted».

Altar de la iglesia de Nuestra Señora del Carmen, Caieiras (Brasil); en el destacado, la rosa recogida por Ligia

…y otra corporal

Profundamente conmovida, Ligia visitó ese día otras iglesias y casas de los Heraldos. Prosigue su narración: «Al día siguiente, el viernes 21 de julio, cuando empezaba el congreso, me acordé de las instrucciones del médico y, al sentir punzadas en el pie, le rogué a la Virgen que me concediera la gracia de volver a Costa Rica sin tener que recurrir a ninguna clínica. Cogí un pétalo de aquella rosa y lo coloqué entre las vendas. Confiando en Nuestra Señora, salí hacia la sesión inaugural del congreso; ya no sentía molestia alguna.

»Tuve otra sorpresa el sábado: me encontré con un sacerdote heraldo que no había podido atenderme cuando estuvo en Costa Rica, pero que ahora estaba dispuesto a hablar conmigo, aprovechando un receso entre las sesiones del congreso. ¡Fue una maravillosa oportunidad! Sin embargo, cuando quise contarle lo que me había apenado tanto, me di cuenta de que la Virgen ya me había quitado toda mi tristeza de tanto tiempo: no tenía nada que contarle, el dolor interior había desaparecido.

»El domingo por la tarde comencé a sentir como si algo me punzara el pie. Por la noche había querido quitarme la venda, pero tenía miedo. El lunes compré lo necesario y me dispuse a cambiarme el vendaje. Pero cuando retiré las gasas vi con sorpresa que la herida abierta del pie estaba seca. La superficie estaba enrojecida, pero no desprendía ningún líquido ni fluido.

»Cuando regresé a Costa Rica, mi familia y amigos notaron algo diferente en mí. De hecho, durante el viaje había sido sanada de dos males: el del corazón y el la de la mala circulación sanguínea, la cual padecía desde hacía veintidós años. Mi médico confirmó el “milagro”, tras examinar mi pierna y comprobar que la herida se había cerrado y cicatrizado».

Así concluye su relato: «Ahora, un año después de todo lo que pasó, estoy sana. Desde entonces, he dado infinitas gracias a Dña. Lucilia y a Nuestra Señora por permitir que cayera la rosa, por haberme inspirado a colocar el pétalo en las gasas, por mediar para que Dios manifestara su gloria y me curara física y espiritualmente».

(Extraído de Revista Heraldos del Evangelio, febrero 2024)