“¿Debo recomendar que, si muero, no se lo digan a mamá?”

3p157199A los recelos por su salud se le añadieron al Dr. Plinio perplejidades de alma: “¿Qué decirle a mamá si, por ejemplo, me tuviesen que amputar una parte del pie derecho? ¿Debo recomendar que, si muero, no se lo digan a mamá? ¿Sería lícito no decirle nada para evitarle un gran choque emocional?” Pero, en ese caso, las personas que trataban con ella se verían obligadas a entrar por las vías de la mentira para ocultarle la tragedia. Sufriendo doña Lucilia de una ligera disminución de lucidez, propia a la ancianidad, ¿tendría el derecho de conocer toda la verdad? Por otro lado, si la Divina Providencia quisiese probarla, ¿sería legítimo ahorrarle esta borrasca?
Entre las innumerables preocupaciones que entonces poblaban el alma del Dr. Plinio, estas últimas constituían un tremendo sufrimiento. A su vez, aquella que era objeto de estas preocupaciones estaría, probablemente, pasando por otras aflicciones. En vista del inusitado movimiento en su residencia, su maternal y afectuoso corazón percibía con mucha extrañeza que algo de anormal le había sucedido a su hijo. ¿Por qué tantas personas desconocidas frecuentaban el apartamento? ¿Cuál era la razón de las numerosas llamadas telefónicas? Eran preguntas que se iban acumulando en sus horizontes ya cansados y afligidos. Tanto más que, encontrándose en la necesidad de tener que usar una silla de ruedas, se veía coartada en su deseo de atender a todas las necesidades de su querido hijo.
Por otro lado no se podía exigir a las empleadas de la casa la perfección en la virtud de la caridad. Ellas estaban allí simplemente para servir, pues para eso habían sido contratadas. Así, cuando doña Lucilia les pedía explicaciones a respecto de lo que estaba pasando, cada una le daba la respuesta que espontáneamente le venía a la mente, sin mayores cuidados. Tales circunstancias, sumadas a las intuiciones del corazón de madre, aumentaban el sufrimiento de doña Lucilia.

Una angustiosa tranquilidad

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Dr. Plinio después de la operación de su pie derecho

Al principio, los médicos hicieron unas curas en el pie derecho del Dr. Plinio en el propio “1º Andar”. Después pensaron que lo mejor sería llamar a un especialista. Fue escogido el Dr. Adib Bouabci quien, tras examinar al enfermo, concluyó que era necesaria una urgente cirugía para dominar la grave infección.
Aquella misma noche, con los debidos cuidados, el Dr. Plinio fue trasladado al Hospital Sirio-Libanés, donde el Dr. Adib ejecutó eximiamente la operación. En el “1º Andar” no le faltaron motivos de aflicción a doña Lucilia. Se le había ocultado el ingreso del Dr. Plinio en el hospital. Ella, intrigada, se daba cuenta que al intenso movimiento de los días anteriores se sucedía una repentina tranquilidad que la dejaba perpleja. ¿Qué le habría sucedido a su hijo? Hacía mucho que no la visitaba. ¿Habría viajado? ¿O se había abatido sobre él una grave enfermedad? ¿Sería que la muerte se lo habría llevado? A causa de estos recelos, soportados en silencio, el dolor se convirtió cada vez más en su compañero durante los últimos resplandores de su sufrida existencia.

El desvelo materno le hace soñar la realidad

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Felizmente, el Dr. Plinio no tardó en volver…

Felizmente, el Dr. Plinio no tardó en volver. Con miras a disminuir el sufrimiento de su madre, el Dr. Plinio siguió ocultándole lo que le había sucedido. No obstante, era indispensable inventar algo, a fin de responder a las afligidas interrogaciones maternas, y explicar por qué tenía el pie derecho vendado y por qué debía estar tanto tiempo acostado. Se le ocurrió a una de las empleadas, en un momento de aprieto, decirle a doña Lucilia que el Dr. Plinio, paseando por los caminos pedregosos de la hacienda de unos amigos, se había torcido el pie, y debía, por prescripción médica, permanecer en un prolongado reposo.
Al corazón de una madre no se le engaña. Una noche, doña Lucilia, en medio de una pesadilla a propósito de la enfermedad de su hijo, vio que él sufría una seria amputación en el pie derecho. A partir de ese momento se convenció de que ésta era la realidad. Por lo tanto, algo mucho más grave que el relato hecho por la empleada. ¿Quién encontraría argumentos para tranquilizarla? Tarea nada fácil… Fueron incontables las ocasiones, hasta la hora de su muerte, en las que doña Lucilia se refirió a las escenas de aquel sueño como un retrato de algo que, efectivamente, había ocurrido. A pesar de su edad tan avanzada, el desvelo materno le hizo descubrir lo que no le había sido dicho, aunque los circundantes continuaron encubriendo la realidad con velos optimistas.

“Para todos fue una sorpresa y un encanto de alma”

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“Para todos fue una sorpresa y un encanto de alma”

Como hemos podido ver a través de la narración de la vida de doña Lucilia, durante su larga existencia permaneció casi siempre recogida en la respetable atmósfera de su hogar, como fiel cumplidora de los deberes de un ama de casa católica fervorosa. Con su hijo sucedía exactamente lo contrario. Debido a las exigencias de sus numerosas actividades apostólicas y profesionales, era obligado a permanecer muy poco tiempo en su ambiente familiar. Pero, con la enfermedad, se vio forzado a pasar cinco meses de convalecencia entre las paredes de su apartamento. En seguida el Dr. Plinio recomenzó a recibir un inusitado número de visitas de admiradores y amigos. Muchos años después, él relató sucintamente el encanto de aquellos que entonces habían sido objeto de la gentil y encantadora acogida de su madre:
En el año de 1967 enfermé con serio riesgo de vida, y mi residencia se llenó naturalmente de amigos. Profundamente afligida, a todos recibía mi madre, ya entonces con la avanzada edad de 92 años. En ese difícil trance ella les dispensaba una acogida en la cual traslucía su afecto materno, su resignación cristiana, su ilimitada bondad de corazón y la encantadora gentileza de los viejos tiempos del São Paulo de otrora. Para todos fue una sorpresa y, explicablemente, también un encanto de alma. Duró, así, esta convivencia largos meses.
El delicado estado de salud del Dr. Plinio permitió que doña Lucilia fuese conocida más de cerca y, por qué no decirlo, admirada. Las incontables facetas morales de la madre ideal estaban allí al alcance de la observación de todos, convidándolos a hacer parte de aquellos “mil hijos” por los cuales anhelaba su corazón desbordante de benevolencia.

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