En el atardecer de esta vida seréis juzgados según el amor

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En el atardecer de esta vida seréis juzgados según el amor

En la extrema ancianidad, las últimas pruebas

La Providencia había reservado para los últimos meses de vida de doña Lucilia la prueba más dura de su existencia. La ancianidad había acrisolado su caridad y la resignación había llegado en su alma a un clímax sublime. Estaba a cinco meses de su juicio particular. Los sufrimientos, las luchas precedentes, en nada habían hecho disminuir el gran equilibrio que su fidelidad a la gracia bautismal generosamente le había conferido; al contrario, la habían tornado aún más unida a Dios. En el ápice de su vida espiritual, se había convertido en un bello tesoro de tradiciones cristianas de los antiguos tiempos, provocando un irresistible encanto en las almas de aquellos que, en esa ocasión, tuvieron la felicidad de convivir con ella más de cerca.
Las pruebas no conocen edad, y se presentan implacables hasta en el final de una larga vida. Dice el Eclesiástico: Grandes tráfagos ha asignado Dios [a todo hombre] y un yugo pesado sobre los hijos de Adán, desde el día de la salida del vientre de su madre hasta el día de volver a la tierra, madre de todo viviente. Así, el Espíritu Santo, inspirando al escritor sagrado tan bellas palabras, nos deja entrever algo de ese sublime misterio.
Veamos cómo visitaron los sufrimientos a doña Lucilia ya casi en el umbral de la eternidad.

1967: sobre el Dr. Plinio sopla un vendaval

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… sobre el Dr. Plinio sopla un vendaval…

En su florida ancianidad, hecha de virtud, serenidad y paz, doña Lucilia tuvo una clara noción, por su aguda intuición materna, de que algo muy grave le sucedía al “hijo muy querido de su corazón”, a pesar de que se había procurado ocultarle la terrible crisis de diabetes que le atacó a fines de 1967.
El día 1 de diciembre, canceló su acostumbrada conferencia semanal, saliendo de casa solamente por la tarde para comulgar en el Santuario del Sagrado Corazón de Jesús. Al bajar del automóvil, causó sorpresa el verlo caminar con auxilio de un bastón y calzando en el pie derecho una simple zapatilla. Tenía la fisonomía muy abatida. Sin embargo, con su invariable finura, no dejaba traslucir en nada, a los que lo saludaban, su malestar físico. Al día siguiente se encontró sin fuerzas para salir de casa a fin de cumplir el precepto dominical, siéndole llevada la Sagrada Comunión. Una persona que tuvo la oportunidad de estar con él por la mañana y por la tarde, contó que se quedó impresionado al saludarlo por la elevada temperatura de su mano. En los días siguientes, la fiebre pasaría los treinta y nueve grados. A pesar de ello, el Dr. Plinio mantenía inalterables la gentileza, nobleza y distinción en su trato, tal como lo había aprendido de doña Lucilia.
Las narraciones que él mismo hizo tiempo después, revelaron la gran prueba que enfrentaba en esa ocasión. “Cuando me apareció esta especie de absceso, me parecía que estaba sucediendo algo absurdo. Me vi obligado a pasar algunos días en casa, haciendo, sin embargo, los mayores esfuerzos para que mamá no se diese cuenta de nada. Mi penoso caminar sólo se hacía posible con el auxilio de algunos apoyos. Me acuerdo que, una vez, mamá estaba sentada en la mesa, a mi espera, y yo, al pasar por el vestíbulo, resbalé y me caí. Mi fiebre ya estaba altísima. Una antigua empleada, sin poder comprender que llevase mi desvelo por mamá hasta el punto de esconder mi enfermedad para ahorrarle preocupaciones, me dijo en un tono ácido:
“— ¿Cuál es el problema? ¿Por qué usted no le cuenta de una vez lo que tiene?
“Manifestando desagrado, respondí:
“— ¿No te das cuenta que no quiero causarle un disgusto?
“— ¿Pero hasta este punto?
“— ¡Hasta este punto! Quien decide eso soy yo.
“Habiéndome levantado, me dirigí a la sala donde estaba mamá, mientras pensaba: Lo que presentía está realizándose. Estoy con una grave enfermedad, me veré obligado a llamar a los médicos, que me darán un terrible diagnóstico…”
De hecho, al día siguiente, lunes, bien temprano, el Dr. Plinio recurrió a los médicos y se vio introducido en un túnel, a primera vista, sin salida. Los resultados de los exámenes de laboratorio revelaron una fuerte crisis de diabetes. Le fue recetado reposo absoluto, un régimen alimenticio restringido, medicinas y control de glucemia para combatir rápidamente los disturbios orgánicos producidos por la enfermedad. No obstante había un problema no menos trágico: una gangrena en su pie derecho.
Ante tal cuadro, el Dr. Plinio pensó: “Mi previsión se ha confirmado. Un vendaval se va a abatir sobre mí, y aun mamá va a morir por estos días…” Si el corazón de un hijo puede a veces ser acometido por intuiciones, ¿qué se dirá del discernimiento materno? Con toda certeza, y a pesar de su avanzada edad, doña Lucilia se dio cuenta de que algo extraño estaba pasándole al Dr. Plinio.
¡Feliz y pobre doña Lucilia! Disfrutaría de la compañía diaria de su hijo hasta el día 21 de abril siguiente, fecha en que comparecería delante de Dios para ser juzgada.

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