La última carta

cap12_001Pasados aquellos días de tanta aprensión, en los que la confianza en la protección divina fue su principal consuelo, doña Lucilia tomó aquella pluma tantas veces utilizada para transmitir a su hijo, cuando estaba distante, las palabras de afecto que tanto le encantaban, para escribir a su cuñada, la madrina del Dr. Plinio, que vivía en Pernambuco. Son conmovedoras las líneas de esta carta, la última escrita por doña Lucilia antes de partir para la eternidad.

São Paulo, [abril de 1964]
¡Querida Teté!
Creo que no has recibido la carta que te he escrito dándote noticias nuestras (…).
Con este cambio de Gobierno está todo parado, pero esperamos que cuando suba el nuevo y debido Gobierno (este es provisional) Dios permitirá que todo acabe bien. Estaba sufriendo mucho por el reumatismo en los pies y en las piernas y el hígado ¡pésimo!… Camino solamente del brazo de una empleada y con un bastón en la otra [mano], y ¡con dificultad!… Siento mucho que no puedas venir a ver cómo trabaja tu ahijado por nuestra religión… Ha escrito varios libros católicos, habla por todas partes, es invitado por unos y otros para hablar en recepciones, etc… ¡¡y no da abasto!! ¡¡Me siento tan débil que creo que ya no te escribiré más!! ¡Saluda con afecto a todos los que aún se acuerden de mí!
Con un afectuoso abrazo, te besa tu cuñada que te quiere mucho,
Lucilia

El rechazo de doña Lucilia por lo horrendo

Brasil había escapado providencialmente del yugo comunista, pero no estaba inmune al contagio del movimiento hippie que poco tiempo después habría de estallar y difundirse con virulencia por el mundo entero. Uno de los aspectos principales de esta nueva etapa de decadencia de la civilización era la exaltación de lo horrible.
No ha existido ninguna civilización en la Historia, por más decadente que fuese, que no conservara un cierto amor a la belleza, reflejado en el arte y en los demás aspectos de la vida, como por ejemplo en la vestimenta y en los utensilios domésticos.
El hombre del siglo XX, sin embargo, no sólo sacrificó sistemáticamente el pulchrum (En latín, “belleza”) en aras de la modernidad o del utilitarismo, sino que perdió el sentido de la armonía, pasando a exaltar lo feo y lo desproporcionado. El arte moderno, en cualquiera de sus ramas, es bastante representativo de este hecho.
Al ser Dios la propia belleza, y habiendo sido el hombre creado a su imagen y semejanza, si su alma está bien ordenada no puede dejar de admirar profundamente todo lo maravilloso. Por esa razón, los niños inocentes tienen ese sentido tan despierto.
En nuestros días se ha operado una silenciosa revolución en el mundo infantil, con la sustitución de los bonitos juguetes de otrora, evocativos de una era ideal, por figuras que representan seres deformes y repugnantes. No es difícil imaginar la reacción del alma temperante de doña Lucilia ante las primeras manifestaciones de esa nueva mentalidad. Un episodio significativo se dio con ocasión de la visita de unos conocidos de ella al apartamento de la calle Alagoas. Venían acompañados de sus hijas, dos niñitas encantadoras. Casi se diría que ángeles de una miniatura medieval. Atraídas por la bondad y por el modo de ser afable de doña Lucilia, se aproximaron a ella y, sacando del bolsillo un pequeño paquete que contenía unos muñequitos de plástico, se los pusieron en las manos, exclamando alegremente:
“¡Los monstruos, los monstruos!…”
Estaban lejos los tiempos de las muñecas de porcelana vestidas de encajes y de los vistosos soldaditos de plomo…
Doña Lucilia prestó especial atención en uno de ellos y, al darse cuenta de lo que se trataba, se quedo horrorizada y lo apartó de sí. Seguramente habrá lamentado interiormente no poder ella misma velar por la educación de esas pequeñas, introduciéndolas en el universo de los cuentos maravillosos que ella sabía narrar de manera tan encantadora.

“Qué buena es”

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¡…Qué buena es…!

Con el paso del tiempo, la salud de doña Lucilia era cada vez más preocupante.
En determinado momento, después de haber sufrido un agravamiento súbito, fue necesario sacarle una radiografía. Como estaba ya con las fuerzas muy debilitadas, su hijo contrató un técnico para que realizase dicho examen en su propia casa.
El Dr. Plinio lo esperó para conducirlo al cuarto materno. Cuando llegó, trayendo todos los aparatos de radiología, entraron ambos en el aposento. Era un hombre de mediana edad, de complexión robusta, moreno, con la piel oscurecida por el sol, habituado a trabajos pesados y con una cierta insensibilidad a los dolores ajenos. Este último aspecto no sorprende, pues su profesión le ponía en constante contacto con las más variadas formas de sufrimiento humano causado por la enfermedad o hasta por la inminencia de la muerte. Sin ni siquiera mirar a doña Lucilia, el técnico la saludó con un banal “buenas noches”, y comenzó a preparar los aparatos para prestar “un servicio más”, quizás el último del día. Sin embargo, eran tales la ternura y el cariño con que el Dr. Plinio trataba a su madre que es posible que el hombre se haya sorprendido. Interrumpió, entonces, el montaje de los instrumentos para ver quién era objeto de tanto afecto. Miró detenidamente a doña Lucilia. Visiblemente, se sintió conmovido hasta las fibras más íntimas del alma. Se aproximo de la cama y, en un gesto de cariño, le acarició el mentón con su enorme dedo, diciendo al mismo tiempo admirado:
— ¡Qué buena es!
Era la afectividad brasileña que hablaba desde el fondo del alma de aquel hombre… Doña Lucilia permaneció en silencio, sin moverse, como si no hubiese notado nada, a pesar de que lo inopinado del gesto constituía una involuntaria falta de respeto hacia ella.
Su hijo, dándose cuenta de que la dulzura de doña Lucilia había tocado aquel corazón, tampoco dijo nada. Pero guardó del episodio un nostálgico recuerdo.

La última caja de corbatas regalada a su hijo

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Última corbata regalada por Doña Lucilia al Dr. Plinio

Pasando un día por el corredor de la casa, el Dr. Plinio notó que su madre estaba en el escritorio, sentada a la mesa, redactando algo. Se trataba de la “sorpresa” que estaba preparando para un cumpleaños más del “hijo querido de su corazón”.
Venciendo las dificultades naturales de su avanzada edad, doña Lucilia escribió una última dedicatoria para el Dr. Plinio en el papel de seda de la caja de corbatas que le daría de regalo. Líneas trazadas con muchos esfuerzo, en el cual entraba un enorme afecto y el deseo de un alma delicada de hacer todo bien y con sentido del deber. Aún más. Aquel gesto traducía su admiración por el Dr. Plinio, la ilimitada confianza que en él depositaba, su incansable deseo de agradarle y su agradecimiento por toda la dedicación de su hijo hacia ella. Admirado con la escena, el Dr. Plinio evitó que su madre se diese cuenta de que él la había observado y, después de recibir el regalo, conservó la dedicatoria como precioso recuerdo de aquel incomparable amor materno. Las palabras eran las siguientes: ¡¡Recuerdo de Mamá a su hijo querido!!

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¡¡Recuerdo de Mamá a su hijo querido!!

La boda de Olga

Un día, Olga, la dedicada empleada de doña Lucilia, que le servía fielmente hacía más de veinte años, decidió contraer un segundo matrimonio. Se acercaba ya a la vejez, y su hija Carlota había cumplido ya 30 años. Cuando ya la boda estaba arreglada, Olga fue a hablar con doña Lucilia y, a pesar de estar un poco embarazada por tener que marcharse en una situación en que sus servicios le eran más necesarios, le dio la noticia:
— Doña Lucilia, tengo que comunicarle una cosa que me entristece: voy a tener que dejarla. Pero es mi deber y voy a cumplirlo. Tengo un noviazgo. Sin exteriorizar la sorpresa que este anuncio le causaba, doña Lucilia le preguntó calmamente:
— Pero, ¿su futuro marido es un buen hombre?
Olga respondió que así le parecía y que gozaba de buena fama en el barrio donde vivía. Además, tenía una buena situación financiera y era propietario de un pequeño aserradero.
Siempre pensando en el bien del prójimo, doña Lucilia le preguntó aún:
— Y ¿qué hará Carlota?
— ¡Ah doña Lucilia!, se viene a vivir con nosotros —respondió Olga.
Sin dejar traslucir la tristeza que la separación le iba a causar, pues había adquirido un verdadero afecto por Olga y su hija, doña Lucilia la felicitó por su nuevo matrimonio, deseándole todo tipo de bendiciones y la protección divina. Pocos días después, Olga presentó su novio a doña Lucilia y al Dr. Plinio. Se trataba realmente de un hombre serio, correcto, tranquilo, oriundo de un país de lengua alemana. Pasadas algunas semanas, Olga se casó y se despidió con inmensa gratitud de doña Lucilia, de quien recibió como testimonio de sincero afecto un bonito regalo de boda.
Cuando falleció doña Lucilia, el Dr. Plinio no pudo comunicárselo a Olga, pues había perdido su dirección. Cuál no fue su sorpresa al recibir un día la visita de aquella antigua empleada. Venía vestida esmeradamente. No se sabe cómo le había llegado la noticia de que doña Lucilia había dejado esta vida. Profundamente entristecida, se refirió llena de saudades a su antigua patrona. Pidió disculpas por haberse enterado tan tarde del triste acontecimiento, y quería recordar también, en aquel hogar, la gran bondad de que había sido objeto por parte de don João Paulo, del Dr. Plinio y, especialmente, de su bienhechora,
dejando algunas flores en su cuarto. Después se despidió, y el Dr. Plinio nunca más tuvo noticias ni de ella ni de Carlota.

El joyero de maroquín rojo

cap10_030“Yo fui motivo de un sufrimiento no pequeño para mamá”, contó cierta vez el Dr. Plinio, a respecto de otro episodio ocurrido en esa época.
Entre los objetos heredados por doña Lucilia, se encontraban unas bonitas joyas, Entre las que ella más apreciaba había un broche claveteado de brillantes, unos aros de turquesa, un collar de perlas y otros adornos que las señoras de aquel tiempo usaban con cierta frecuencia. Para guardarlas, había comprado en París un maletín de maroquín (Maroquín: Pieza de cuero de cabra, delicadamente trabajada. Estuvo especialmente
en uso durante la Belle Epoque, cuando doña Lucilia adquirió ese maletín). Como la situación política de Brasil estaba tan inestable, el Dr. Plinio comenzó a prepararse para la eventualidad de abandonar rápidamente el país, a fin de asegurarse una libertad de acción que la extrema izquierda no dudaría en coartar si consiguiese tomar el poder por la violencia. Para esa eventualidad necesitaba disponer de una cantidad suficiente de dinero que le permitiese la subsistencia en el extranjero por un período que podría ser más o menos largo. Como la venta de alguno de los inmuebles que poseía podía tardar mucho tiempo, se vio obligado a vender las joyas de doña Lucilia, preciosas no solamente por el valor material de las mismas, mas, sobre todo, porque a ellas estaban ligados innumerables
recuerdos. Decidió sacrificarlas en esa situación extrema, seguro de que su madre, si él se las pidiese, se las cedería de buen grado.
Así como había ocurrido con el corte del árbol, el Dr. Plinio no le dijo nada a su madre para no sobresaltarla. Sería para ella una gran aflicción enterarse de que su hijo corría inminente peligro. Así, un día, el Dr. Plinio entregó a doña Rosée el maletín de maroquín con las joyas, para que las vendiese. Algún tiempo después, doña Lucilia se dio cuenta de la falta del maletín, pero viendo que había sido el Dr. Plinio quien lo había tomado no lo interrogó sobre el asunto, ni tampoco le hizo referencia alguna sobre el hecho; a tal punto confiaba en él. Pero en el fondo de la mirada de doña Lucilia su hijo notaba la siguiente pregunta: “¿Por qué Plinio no me dice la razón de su actitud? Si necesitaba las joyas, ¿no bastaba pedírmelas?” Se trataba para doña Lucilia de un misterio que ella, por respeto a su hijo, nunca quiso descifrar. Serenamente, soportó esa prueba hasta morir, pocos años después.

La visita de un “periodista”

doña Lucilia

Fotpgrafía del pasaporte de Doña Lucilia

Si fuese obligado a salir del país, el Dr. Plinio pensaba llevarse después a su madre junto a él. Le pidió entonces a uno de sus jóvenes amigos que fuese a su casa y le tomase una fotografía para sacarle un pasaporte. De esa manera, un día llamó a la puerta de su casa una persona diciendo que venía de parte del Dr. Plinio para sacarle unas fotografías. En la atmósfera cargada que reinaba en Brasil, doña Lucilia sospechó inmediatamente que se trataba de un periodista. Esa impresión se acentuó aún más cuando el visitante, mientras le sacaba las fotografías, comenzó a hacerle preguntas sobre su vida y su familia, seguramente para mostrarse agradable.
Más tarde, cuando el Dr. Plinio llegó a casa, así le contó ella lo ocurrido:
— Filhão mío, durante tu ausencia ha estado aquí un periodista. Quería hacerme también una entrevista por ser yo una vieja dama paulista de familia de 400 años. Entonces me pidió que le contase mis recuerdos del São Paulo antiguo. ¡Pero yo le dije que, sin el consentimiento de mi hijo, el Dr. Plinio Corrêa de Oliveira, yo no hablaría con ningún periodista!
Daba especial sabor al relato la referencia a “mi hijo, el Dr. Plinio Corrêa de Oliveira”, proferida por doña Lucilia en un tono de voz que expresaba todo el respeto que tenía por él.
Ante la encantadora candidez de doña Lucilia, en la que traslucía una vigilancia que la extrema edad no había disminuido, su hijo respondió:
— Mamá, ¡usted actuó muy bien!…