Un Viernes Santo con Doña Lucilia

Siguiendo una antigua tradición familiar, el Viernes Santo, a las tres de la tarde, cuando se celebra la muerte de Nuestro Señor Jesucristo en lo alto del Calvario, Doña Lucilia se reunía en casa con sus hermanas, acompañadas de sus respectivos hijos. Ella Ponía el crucifijo sobre un estante, en mi escritorio, y junto a él colocaba un valioso candelabro que había recibido de regalo de bodas; envolvía la base de la vela con un papel de seda, formando una especie de flor muy delicada; prendía la vela y comenzaba las oraciones.

Siguiendo una antigua tradición familiar, el Viernes Santo, a las tres de la tarde, cuando se celebra la muerte de Nuestro Señor Jesucristo en lo alto del Calvario, mamá se reunía en casa con sus hermanas, acompañadas de sus respectivos hijos. – Doña Lucilia tenía un crucifijo que había pertenecido a su padre y que databa de la época en que Brasil se independizó de Portugal, o de antes, hacia los últimos días del Brasil colonial. Ella guardaba ese antiguo crucifijo en un cajón y lo sacaba una vez por año, para rezar en ese día.
Ella misma preparaba cuidadosamente el ambiente. Ponía el crucifijo sobre un estante, en mi escritorio, y junto a él colocaba un valioso candelabro que había recibido de regalo de bodas; envolvía la base de la vela con un papel de seda, formando una especie de flor muy delicada; prendía la vela y comenzaba las oraciones. Como era muy devota del Sagrado Corazón de Jesús, que fue perforado por una lanza cuando estaba en lo alto de la cruz, ella rezaba las letanías del Sagrado Corazón de Jesús utilizando un devocionario francés traducido al portugués. Mamá iba leyendo las letanías y la familia respondía. Enseguida, ella pedía por diversas intenciones que suponía estar en el corazón de los familiares presentes: oraba por los fallecidos, para que fueran liberados del Purgatorio, por los enfermos, por las personas que estaban vacilando en la virtud, etc. Rezaba durante mucho tiempo por una serie de intenciones.
Después, ella pasaba un tiempo rezando en voz baja. Nos parecía que se trataba de intenciones particulares que no quería decir a nadie. Me atrevo a imaginar que yo figuraba en el centro de esas intenciones… Cuáles fuesen los pedidos que ella hacía en beneficio de cada uno de nosotros, solo lo sabía ella y el Sagrado Corazón de Jesús.
Pasaba mucho tiempo, y los presentes se iban cansando. Los menos fervorosos se cansaban más rápido, los más fervorosos se quedaban más tiempo rezando. Después, todo el mundo se sentaba. Ella, sin embargo, seguía rezando.
Por fin, ella hacía la señal de la cruz y se volvía afablemente hacia cada uno, saludaba a los que aún no había saludado, se sentaba y comenzaba una conversación familiar común…
Habitualmente, cuando recibía visitas, mamá les ofrecía algo de comer y beber; pero ese día ella no ofrecía nada. Era día de ayuno y, fuera de la hora de la cena, nadie comía en su casa.
Así era un Viernes Santo con Doña Lucilia.

Tomado de conferencia del 27/06/1987