En coloquio con el Divino Redentor

Inmersa en la oración, con frecuencia no se daba cuenta de la llegada de su hijo, a lo que contribuía su audición progresivamente disminuida. Él, no queriendo interrumpirla, anunciaba su presencia con un leve toque de mano, a lo que doña Lucilia respondía con un discreto gesto con los dedos, como diciendo: “Hijo mío, hago una señal tan pequeña porque estoy en coloquio con Nuestro Señor, y ante él cualquier persona es nadie…” Y permanecía en la misma actitud de recogimiento, rezando, rezando…
Pero si la oración se prolongaba mucho, el Dr. Plinio intentaba convencerla de que se fuese a dormir. Doña Lucilia, queriendo ganar un poco más de tiempo, respondía: “Hijo, espera un poquito; ve haciendo tus cosas que dentro de poco termino”.
Otras veces el Dr. Plinio se aproximaba por detrás, sin hacer ruido, y de modo afectuoso la envolvía con sus brazos. Doña Lucilia, sabiendo que era su hijo, no manifestaba la menor sorpresa, se volvía calmamente, lo besaba e intercambiaba con él algunas palabras. En esas ocasiones era bonito ver cómo cambiaba de modo lento y ordenado su estado de espíritu, pasando de la consideración de lo Infinito para lo finito, con armonía y naturalidad.
Acabada la conversación, si doña Lucilia hacía mención de volver a rezar, el Dr. Plinio intentaba convencerla cariñosamente de que se fuese a dormir.
Don João Paulo a veces se despertaba e iba hasta el salón a llamar a doña Lucilia.
Y exclamaba con cierto énfasis, abriendo los brazos de modo muy peculiar:
— ¡Señora, las tres de la mañana… Señora!
Doña Lucilia, sin perturbarse, se volvía ligeramente hacia su esposo y le hacía una discreta señal con la punta de los dedos, indicando que ya iría. A lo que él retrucaba:
— ¡Ah, no! No vas a venir, sino que te quedarás rezando.
Ella, sin responder, continuaba un poco más, concluía la oración, hacía lentamente la señal de la cruz, besaba por última vez la imagen del Sagrado Corazón y entonces se dirigía hacia el cuarto tranquilamente.
Pero aún más que en estos coloquios con el Sagrado Corazón de Jesús, la ocasión por excelencia en que doña Lucilia disponía todo su ser hacia la consideración del Infinito era el momento de recibir a Nuestro Señor Jesucristo, presente en las Especies Eucarísticas.

Adoración a Jesús Sacramentado y al Santo Leño

Los domingos, doña Lucilia asistía a Misa en la iglesia de Nuestra Señora de la Consolación o en la de Santa Teresita. Normalmente iba apoyada en el brazo de don João Paulo. La seriedad y el recogimiento con que asistía al Santo Sacrificio eran motivo de edificación para todos. Su modo de aproximarse a la mesa eucarística, su encuentro con Nuestro Señor sacramentado, dejaron inolvidables recuerdos a cuantos la conocieron.
Tras su muerte, el Dr. Plinio contó la impresión que le causaba la escena: “A veces, con naturalidad, mis ojos se fijaban en ella en el momento en que recibía la Comunión y durante su acción de gracias. Aquella escena se quedó grabada en mi memoria. “Era un modo de comulgar muy serio, muy respetuoso pero, por decirlo así, extremamente aterciopelado. Ella colocaba todo su ser dentro de una especie de atmósfera de respeto, de ternura, de dulzura. Se veía que aplicaba el espíritu, haciendo con suave empeño e insistencia sus pedidos. No sé cuáles eran estos pedidos, pero estoy seguro que yo tenía parte en ellos.”

Cuando recibía la visita de un prelado que en aquel tiempo frecuentaba el apartamento de la calle Alagoas, doña Lucilia tenía oportunidad de exteriorizar su profundo amor y respeto a Nuestro Señor prestando culto a la reliquia de la Santa Cruz incrustada en la cruz pectoral de dicho eclesiástico. A pesar de ser ya mayor, se levantaba nada más llegar el prelado y siempre le pedía permiso para adorar la Santa Cruz. Éste ya se había acostumbrado, y al aproximarse le iba extendiendo la cruz. Con gran veneración, saludaba al prelado besando la amatista del anillo episcopal e inmediatamente después la reliquia, a su manera: cerraba los ojos y permanecía algunos instantes en oración. A continuación, con un gesto, le ofrecía asiento al prelado y sólo entonces comenzaban la conversación. En este pequeño acto de adoración a un fragmento de la Santa Cruz de Nuestro Señor se notaba el mismo estado de espíritu —a la vez profundamente respetuoso y devoto— con que ella comulgaba.

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