Altísimos pensamientos, grandes panoramas

El espíritu de Doña Lucilia siempre se elevaba en reflexiones de un orden superior, al cual ella remitía todo lo que pasaba a su alrededor. Esto repercutía en una región muy alta de la realidad, inspirando altísimos pensamientos y grandes panoramas. Era el amor a Dios y a las cosas celestiales.

 

Muchas veces, a lo largo de la vida de mi madre, me pregunté cuáles serían las notas características de su espíritu y de su mentalidad. Entre tantas cosas que me agradaban, me encantaban y que yo veneraba, ¿cuál sería aquella que podríamos afirmar que constituía la nota máxima?

Amor a Dios y a las cosas celestiales

cap14_039Llegué a la conclusión de que era cierta cualidad de alma por donde su espíritu sobrevolaba siempre por reflexiones de un orden muy elevado. No se sabía bien cuáles eran, pero se veía que estaban en un mirador muy alto, puestas en Dios, que no se podía definir. Y ella tenía esta cualidad: todas las cosas que sucedían, que pasaban a su alrededor, las elevaba; todo repercutía para ella en una región muy alta de la realidad, inspirando altísimos pensamientos y grandes panoramas. Pero no como sería en el espíritu de una señora universitaria. Mi madre era una ama de casa con el nivel de cultura de las paulistas de su tiempo, ni más ni menos. Era, por lo tanto, de un nivel casero. Pero la cuestión es que su alma volaba…

A veces yo llegaba a casa y ella estaba sola. Por ejemplo, rezando o leyendo algo, y percibía que su espíritu sobrevolaba en una región mucho más alta. Yo entraba, la agradaba y ella me decía: “Filhão…” (En portugués, aumentativo afectuoso de hijo). Bueno, ese es un agrado que cualquier madre hace a su hijo. Para mi generación, yo no era un hombre muy alto, pero era alto. Como ella era bajita, era natural que me dijese “Filhão”. Como ella era pequeñita, yo le decía: “Mãezinha” (En portugués, diminutivo afectuoso de mamá).

La cuestión es dónde sobrevolaba su espíritu al decir eso. No tengo duda de que era en el amor a Dios, a las cosas celestiales, elevadas; y mi espíritu se encantaba. Eso era la nota de ella.

Por otro lado, nunca vi en Doña Lucilia un gesto, una palabra, una acción, una mirada que no fuesen propios a despertar una abnegación entera, un afecto que se volvía normalmente hacia todo el mundo, de todos los modos, de todas las formas, y se extendía sin sentimentalismo, hasta los animales.

Una gata y sus gatitos

En una casa donde vivíamos había un garaje y al lado un muro cubierto por una enredadera. Nuestro muro era más bajo que el del vecino, de tal modo que formaba un borde donde el animal se podía acostar; un gato, por ejemplo. Cierto día yo vi, en medio de aquellas enredaderas, algo que se movía, y constaté que era una gata.

En un primer momento no me interesé y no dije nada. Como el muro era visible desde el comedor, durante todas las comidas yo notaba aquel movimiento.

En cierto momento dije:

– Mamá, ¿Ud. vio la gata?

– Sí, la vi.

– Es algo raro cómo esa gata se mueve en medio del follaje…

Mi madre no me dijo nada más y cambié de tema.

Muchos días después, por un dicho de nuestra empleada portuguesa, supe que la gata había tenido crías allí, y que las alimentaba a lo largo del muro.

Como yo ya había decretado la expulsión de todos esos felinos, mi madre dijo:

– Pobrecita de la gata, no va a tener dónde ir con sus gatitos…

No necesito decir que la gata ganó la partida, y yo perdí con delicias…

 

(Extraído de conferencias del 1/6/1985 y 23/4/1986).

 

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s