«Bienaventurados los mansos»

Su mirada refleja un pensamiento constantemente dirigido hacia consideraciones elevadas. Demuestra poseer en sí el bienestar de la virtud, de la aceptación del sufrimiento vivido en paz

Mons. João Scognamiglio Clá Dias, EP

La fotografía de Dña. Lucilia reproducida en esta página la presenta, en su vigor juvenil, en sus últimos años de soltera. Está en una terraza, probablemente de la casa de la hacienda Jaguary, en São João da Boa Vista, perteneciente a su padre, el Dr. Antonio Ribeiro dos Santos.

Dulzura, suavidad y bondad

Dona Lucilia - Foto: Reprodução

Su mirada refleja un pensamiento constantemente dirigido hacia consideraciones elevadas. Su fisonomía denota la precoz seriedad de quien, en la lozanía de su existencia, ya comprendió a fondo esta vida, que la Salve denomina, con gran belleza expresiva, «valle de lágrimas». Sin embargo, no se aprecia en ella la mínima señal de desánimo, acidez o amargura. Al contrario, por encima de todo aparecen dulzura, suavidad y bondad. Lucilia demuestra poseer en sí el bienestar de la virtud, de la aceptación del sufrimiento vivido en paz. Paz que, sin darse cuenta, irradia de forma discreta a su alrededor.

Una bienaventuranza, entre otras, viene a la mente de quien analiza a Lucilia en esa circunstancia: «Bienaventurados los mansos de corazón, porque ellos poseerán la tierra» (Mt 5, 4).

Nadie mantiene una vida virtuosa duraderamente sin el auxilio de la gracia divina. Se observa en esta fotografía, dentro de la secuencia de las que la anteceden, cómo va siendo bien conducida la vida interior de Lucilia, impregnada cada vez más por una tierna devoción al Sagrado Corazón de Jesús y a su Madre Santísima.

El Sagrado Corazón de Jesús, devoción de toda una vida

Fue en su cándida juventud cuando Lucilia recibió de su padre esa espléndida y piadosa imagen del Sagrado Corazón de Jesús, que desempeñará un enorme papel en su vida interior, acompañándola hasta su última señal de la cruz. La conservará siempre en su propio cuarto, en un sencillo oratorio de madera. La imagen, de origen francés, fue comprada por el Dr. Antonio en la Casa Garraux, la mayor librería de São Paulo de aquel entonces, que también vendía ciertos artículos europeos, como vinos e imágenes.

La intención de estimular la piedad de Lucilia motivó el gesto de su padre. En efecto, le causaba admiración verla rezar todas las tardes su rosario, apoyada en la barandilla de una ventana que daba al jardín trasero del palacete en el que residía.

A través de esa imagen, reconocía, admiraba y adoraba al propio Sagrado Corazón de Jesús, siempre bondadoso en extremo, misericordioso, dispuesto a perdonar, ¡aunque profundamente serio! Rebosante de afecto, pero sin sonreír nunca; manifestando siempre una cierta tristeza, de quien mide hasta el fondo la maldad de los hombres y por ello sufre mucho. De ahí que el Corazón Sagrado esté rodeado por una corona de espinas y atravesado por la lanza de Longinos.

Los rasgos de su fisonomía simbolizaban la dolorosa queja contenida en aquella famosa frase, dirigida por Nuestro Señor a los hombres por medio de Santa Margarita María Alacoque: «Hija mía, he aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres, y por ellos tan abandonado».

Con la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, Lucilia desarrolló aún más en su alma el deseo de hacer solamente el bien.

Extraído, con adaptaciones, de: Doña Lucilia. Città del Vaticano-Lima: LEV; Heraldos del Evangelio, 2013, pp. 90-95.

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