Transiciones temperamentales de Doña Lucilia

En las armoniosas transiciones temperamentales de Doña Lucilia era visible un fondo de sacralidad, de fe, de desapego completo de sí misma, que invitaba a los otros a entrar en el estado de alma en que ella se encontraba, para ser uno con ella.

Había algo de la relación de alma entre mi madre y yo, que solo percibí con entera claridad cuando comencé a ver a las personas volver sus ojos hacia ella al final de su vida.

En la devoción a Nuestra Señora, proximidad con el Sagrado Corazón de Jesús

cap13_001Yo casi no hacía comparaciones entre ella y otras madres, y por esa razón tenía una noción implícita y confusa de que las otras madres no eran como ella. Sin embargo, analizando la actitud de alma de ciertas personas con sus respectivas madres, no podía dejar de percibir cómo era diferente. Estando con un hombre muy alto o mucho más bajo delante de mí, no puedo dejar de notar la diferencia de altura, aunque yo no haga una comparación. Así también, comencé a percibir que las relaciones entre nosotros contenían algo de otro elemento, que no era, de ningún modo, un elemento común, corriente, que yo noto que tiene cierta relación con Nuestra Señora.

Doña Lucilia tenía un grado de equilibrio mental y temperamental que, tanto cuanto puedo ver, no era susceptible de ser aumentado. En él se conjugaban, sin ningún choque, los estados de alma más diversos, sucediéndose con mucha armonía, coherencia, dignidad, lógica, con una especie de lentitud, al mismo tiempo natural y solemne, como en torno de un “flash” secretísimo con respecto a la Iglesia Católica y, sobre todo, a su gran devoción, que era el Sagrado Corazón de Jesús.

Mi madre siempre fue muy devota de Nuestra Señora, pero con el paso del tiempo esa devoción fue aumentando, por lo que yo le explicaba. Yo veía que todo lo que le decía a ese respecto penetraba profundamente en ella, y la aproximaba aún más al Sagrado Corazón de Jesús.

Nuestro Señor era el modelo divino de lo que había en ella de manera creada

tumulo

Dr. Plinio en la sepultura de Doña Lucilia en el Cementerio de la Consolación

En el centro de todo eso, yo tenía la impresión de que el propio Cristo Nuestro Señor era el modelo divino de lo que había en ella de manera creada. De tal modo que, leyendo en el Evangelio la sucesión de estados temperamentales de Él – ora grandioso, ora que increpa, ora plácido, sereno, ora curvándose para tratar a un niño, participando de una fiesta, embreñándose solo en el desierto para tener la batalla trágica con satanás –, en todo eso, lo que más me impresionaba siempre no era apenas la santidad perfecta de cada uno de esos estados de alma, sino también la armonía con la que Él pasaba de un estado a otro, sin crujir, sin extrañeza, sin nada. Era una armonía, una transición perfecta que solo tiene comparación con la armonía con la cual, en un día muy bonito, se pasa de la aurora al mediodía, después al crepúsculo y de este a la noche. Son transiciones perfectísimas en que no hay hiatos.

Así también eran las transiciones temperamentales de ella. Con un fondo nunca dicho, pero siempre visible y transparente de sacralidad, de Fe, de desapego entero de sí misma, que convidaba a los otros a entrar en ese estado de alma para ser uno con ella. Eso sembraba mi madre en torno de sí, de tal manera que hasta hoy esa atmósfera impregna su apartamento; quien entra allá encuentra eso. Sospecho que algo de eso también hay junto a su sepulcro, en el Cementerio de la Consolación.

(Extraído de una conferencia del 15/2/1979)