Tierna niña temida por le demonio

La insipidez del día a día interrumpida por las idas
a la Capital

Aunque Pirassununga estaba experimentando un crecimiento realmente digno
de nota, y ya se podía encontrar, en los numerosos comercios, todo lo necesario para la vida diaria, los Ribeiro dos Santos se habituaron a viajar a la Capital no sólo para visitar a sus parientes, sino también para comprar objetos finos e importados.
Era encantadora la forma con que doña Lucilia, aun en la extrema ancianidad, narraba con una memoria luminosa los múltiples detalles de los viajes de la familia a São Paulo:
Mamá planeaba con mucho cuidado cada ida a la capital de la provincia. Todo estaba muy bien dispuesto. Había unas cestas de mimbre, cerradas, en las cuales se colocaban los alimentos especialmente preparados para el trayecto.
El camino hacia la estación, las despedidas, los vagones muy bien decorados, lo pintoresco del trayecto y, finalmente, la llegada a la capital, todo se convertía en los labios de doña Lucilia en algo extraordinariamente hermoso y legendario. Y lo narraba de forma tan leve y cautivante que el oyente se sentía viajando con ella. Era imposible que la imaginación se negase a componer escenas tan maravillosamente descritas.
En São Paulo, doña Gabriela nunca dejaba de visitar el Convento de la Luz, llevando con ella a su pequeña hija. Las monjas abrían un poco la cortina del locutorio para ver a la niña, conversar con ella y darle dulces y otros regalos. Lucilia se sentía muy agradada y, así como había ocurrido con su madre, se establecieron entre ella y el convento vínculos de afecto que durarían toda su vida.

                               Convento de La Luz

Las idas a São Paulo de la pequeña Lucilia también eran marcadas por las visitas
que hacía a la casa de un familiar, situada en el valle de Anhangabaú. Por el medio del
valle, entre la vegetación, serpenteaba entonces un riachuelo lleno de peces que acogía en sus márgenes a grupos de lavanderas. Pescar en aquel riachuelo unos pececitos llamados lambaris era el entretenimiento preferido de Lucilia. No era ésta, sin embargo, su única distracción al aire libre. Los paseos de la familia en unos elegantes y  confortables landós, con la capota recogida en los días de buen tiempo, la llevaban también a distantes rincones de la entonces pequeña São Paulo, frecuentados por personas de la alta sociedad, curiosas por comprobar el crecimiento de la capital. Lucilia nunca se olvidará, por ejemplo, de las idas a las obras del museo de Ipiranga, que le dieron la oportunidad de jugar, siendo aún muy niña, junto a los cimientos de la famosa y monumental construcción.

Museo de Ipiranga

Para evaluar hasta qué punto era tranquila y pintoresca la vida en la São Paulo de entonces, doña Lucilia contaba que, de acuerdo con los caprichos de una exótica moda, las damas de la sociedad enviaban de noche a sus criadas a la Várzea do Carmo (actual parque D. Pedro) para coger luciérnagas con las que adornarían sus elaborados peinados.
De entre los hechos ocurridos en estos viajes a São Paulo se destaca por lo inusitado el que se narrará a continuación.

Tierna niña temida por el demonio

La inocencia de Lucilia, tan celosamente conservada, incluía no sólo una bondad sin par, sino también la incompatibilidad con el mal, como nos lo atesta uno de los episodios más interesantes de su infancia, narrado por un familiar.
A finales del siglo XIX estaban en boga, en determinados círculos de la alta sociedad, ciertas prácticas de espiritismo. Las personas adictas a dicha costumbre se reunían en torno a un velador para consultar a los seres del otro mundo.
Un día en que Lucilia fue llevada de visita a casa de unos parientes, coincidió con la realización de una de esas sesiones. En el salón escogido para el tenebroso encuentro se hallaba ella por casualidad, jugando despreocupadamente en uno de los rincones. Mientras tanto, los participantes de este censurable acto presenciaban alrededor de la mesa los inútiles esfuerzos de un famoso médium que imploraba al espíritu que bajase. Después de mucha insistencia, el príncipe de las tinieblas murmuró por la voz del agotado brujo:
— ¡Quiten a esa boba de Lucilia de ahí!
El hecho se repitió varias veces en otras circunstancias. Por su índole, pasó a la historia de la familia. A lo largo de la vida de doña Lucilia se harán presentes diferentes manifestaciones de desagrado de los espíritus infernales.

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