Deseo incondicional de hacer el bien

Doña Lucilia tenía un afecto penetrante, envolvente, constante, con modos de afabilidad sumamente curativos para cada circunstancia. Ese es el motivo intenso para tener una confianza especial en ella y en su poder impetratorio junto a Dios.

Es comprensible que un alma recta, virtuosa, habiendo ido al Cielo, pidiendo a Dios, reciba de su bondad tesoros enormes para distribuir a los demás, proporcionados a la voluntad que tuvo en la Tierra de hacer el bien.

Poder impetratorio de hacer el bien

¡El deseo de Doña Lucilia hacer el bien era enorme, torrencial! Yo no sé a quién ella no lo

Urbano ll

haya hecho, dando un buen consejo, una directriz, una orientación, una caricia, una limosna, arreglando una situación. De ahí deduzco que, en el Cielo, ella debe pedir eso ardentísimamente y debe tener un poder impetratorio muy grande en ese sentido. Con eso no quiero hacer una comparación entre ella y otras almas que están en el Cielo.

Es un poco como si yo tomara en consideración al Bienaventurado Urbano II, que tuvo el deseo ardiente de hacer la Cruzada. En el Cielo, su poder impetratorio para todos los que conducen luchas del tipo de las Cruzadas es especial. Lo que él quiso en la Tierra, en el Cielo le es dado en abundancia. Mi madre quiso hacer el bien con mucha amplitud y con una especie de incondicionalidad: la persona podía estar animada con relación a ella o con las intenciones más equivocadas, más ingratas. Su deseo de hacer el bien era el mismo. Por otro lado, ¡una compasión! Ella sentía en sí el dolor de los que estaban sufriendo, y fuese cual fuese la circunstancia, tenía la habilidad para decir una palabra, para introducir un afecto, de un modo tan extraordinario, que yo estimo que todo eso, a justo título, le sea dado realizar ahora. Eso es un motivo intenso para tener una confianza especial en ella, por su vínculo con nosotros.

Afecto envolvente y penetrante

¿Cuál es el punto más sensible para mí del beneficio que ella puede hacernos y me parece que ella hace, indiscutiblemente, si pedimos? De ella recibí, como hijo, toda especie de beneficios. Al menos los que la limitación de sus recursos le permitía hacer, ella los llevaba hasta el extremo. Ella era muy prudente: endeudarse, nunca, pero con lo poco que poseía, sabía hacer aquello rendir para que nos complaciera –a mi hermana y a mí– hasta el último punto.

Yo me acuerdo, por ejemplo, que al no tener dinero para comprarnos ciertos juguetes y a pesar de estar enferma del hígado, ella a veces se quedaba hasta la medianoche –horario muy tardío para aquel tiempo– o hasta la una o dos de la mañana, cortando unas figuritas de bailarinas, de vaquitas, de animales, cosas así, en papel crepé, siguiendo modelos, y después ella misma los pintaba, haciendo, con una especie de polvo de mica, un cinturón plateado, una corona dorada, y después nos los daba para que jugáramos. Ella se quedaba hasta tarde haciendo eso sola, con todo el mundo durmiendo. A esa hora ella no estaba rezando, sino trabajando por sus hijos, con una indulgencia y la elaboración de juguetes que llevaban a hacer bien al alma, ¡extraordinarias! Todo eso conducía a un punto: yo sentía en ella un afecto envolvente, penetrante, no en el sentido de un dardo, sino de un perfume, de un aroma penetrante y estable, que nunca tenía la menor disminución de afecto según el día o la hora, según las circunstancias o las condiciones de su hígado. Era siempre el mismo “mediodía”, nunca había alteración. Y amparándome en todas las condiciones. Le hiciese yo a ella lo que le hiciese, yo podía contar con ella hasta el fin.

Reflejo de la infinita bondad de Dios

No es fácil imaginar hasta qué punto eso estabiliza, hace bien al alma, airea –para usar un verbo que no existe–, “desentumora”, o sea, cura el tumor de cierta soledad de alma de quien nunca encontró algo así y para la cual la vida acaba siendo una cosa anti-axiológica. Me agradaba mucho ver cómo eso no quedaba en ella. Ella daba mucho valor a que la quisiéramos bien, pero si no la quisiésemos, su actitud era la misma, de un lado. De otro lado, quedar con rencor, con un punto adolorido, absolutamente no. La confianza que se podía tener en ella era como la que se podía tener en el eje del mundo.

Todos saben cómo es raro encontrar eso. Desde la primera infancia, siendo cargado en brazos, con penetración de niño, percibir eso es un beneficio que no tiene palabras. Creo que, si le pedimos, ella nos hace sentir eso con toda seriedad, con toda solidez. Yo percibía que la fuente de eso no estaba en ella, sino en el Sagrado Corazón de Jesús, por medio de Nuestra Señora. Por lo tanto, la fuente estaba en el Absoluto, en Dios mismo. Y era como palpar la propia bondad infinita de Dios. Eso era muy benéfico. Creo que, en el punto de partida de un gran número de defectos y de crisis espirituales, de cosas que una persona pueda tener, en el fondo hay esa sensación de aislamiento parcial o total. La verdad es que, cuando un fragmento está roto, el conjunto no vale nada. O eso es completo o no es nada. Eso fue lo que me llevó a colocarla, desde pequeño, por encima de todas las personas, debajo de Dios, en sus debidos términos debajo de la Iglesia, de las personas que constituyen la dirección de la Iglesia que, evidentemente, yo colocaba en el punto más alto de mi admiración y confianza. Ella misma me hacía ver así porque soplaba hacia allá, no se ponía como término final.

Relaciones basadas en el Sagrado Corazón de Jesús

Creo que es una experiencia para hacer, pues toda el alma se abre con otra concepción hacia la vida y a otra idea de lo que podría ser el Reino de María. Porque en el Reino de María las verdaderas relaciones de afecto serán basadas en el Sagrado Corazón de Jesús, en el Corazón Sapiencial de María. Son relaciones mucho más próximas a eso de lo que podemos imaginar y que se hacen sentir de un modo o de otro en todas las articulaciones de la vida, haciéndonos entender cómo existirán en el Reino de María ciertas situaciones que, fuera de ese clima, imaginaríamos incomprensibles. En fin, para todo ese género de cosas ella dirigía su atención, tendría comprensiones, tendría explicaciones, con modos de afabilidad sumamente curativos para cada circunstancia. Otro punto: a ella no le gustaba que se burlasen de las personas –los niños son tendientes a burlarse. Su tendencia era de intervenir con compasión y decir: “¡Pobrecito! Vea, tiene esto, tiene aquello”. Ella sabía mostrar un lado por donde se comprendía que no se debía hacer burla de aquella persona. Por naturaleza, Rosée, yo y nuestra prima, teníamos lenguas afiladísimas y hacíamos comentarios en su presencia. Ella iba oyendo y conversando, como una madre hace con sus hijos. Cuando llegaba una burla más puntuda –y yo era de los líderes de la punta– decía:

Filhão1, así no, piensa también en tal cosa.

– Pero, mamá, está esto y aquello…

– Pero ve tal cosa…

Otro aspecto era la melodía de su voz… No era propia para cantar en un teatro, pero era llena de afabilidad, por así decir, retórica, de una conversación individual. ¡Una cosa extraordinaria!

Todo eso debe aumentar la confianza en que seremos atendidos. También otro punto: si así era ella, ¿cómo será Nuestra Señora? ¡Si hubiésemos conocido a Nuestra Señora…! Ahí la “Salve”, el “Acordaos” y tantas otras oraciones toman todo su valor, todo su sabor, ¡toda su fuerza de confianza! 

 (Extraído de conferencia del 25/4/1987)

  1. En portugués, aumentativo afectuoso de hijo. ↩︎

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