Magnanimidades de otrora

Consejero João Alfredo Corrêa de Oliveira

Consejero João Alfredo Corrêa de Oliveira

Entre las diversas anécdotas que doña Lucilia oía con gusto de los labios de su hijo, sin perder palabra, viene aquí al caso otra, también relacionada con el Consejero João Alfredo.
Un día, el Dr. Plinio, que acababa de asistir a Misa en la Catedral de São Paulo, se encontraba en la puerta de salida cuando se aproximó a él un señor de edad, aún robusto, vestido modestamente con ropas gastadas. Manifestó con amabilidad al Dr. Plinio el deseo de saludarlo y conocerlo personalmente, pues sabía que era el sobrino nieto del Consejero João Alfredo.
Le contó que éste había causado su empobrecimiento al hacer aprobar la Ley Aurea (Recibe este nombre la ley que, en 1888, abolió la esclavitud en Brasil). Explicó que en aquella ocasión era hacendado y dueño de esclavos y, con la libertad de éstos, justamente en la época de la colecta del café, perdió la mano de obra y nunca más pudo recuperarse del perjuicio sufrido.
— Vea usted cómo estoy vestido —dijo él—. A pesar de todo me gustaría saludarle y expresarle mi admiración por João Alfredo y por el bien que le hizo a los esclavos.
El Dr. Plinio le saludó efusivamente. Al volver a casa, relató lo ocurrido a una oyente que sabía valorar como nadie los gestos bellos y virtuosos… Ella, muy agradada con aquella actitud, elogió efusivamente la rara magnanimidad del hacendado empobrecido, el cual, sin duda, se benefició de sus oraciones.

La tranquilizadora presencia de doña Lucilia

cap10_019Los trabajos del despacho de abogado se sumaban a otras tareas que el Dr. Plinio ya desempeñaba. En efecto, además de ejercer el magisterio y ser director de una inmobiliaria, se había entregado en cuerpo y alma a la actividad apostólica, que lo absorbía mucho.
La justa celebridad que había alcanzado como líder católico le obligaba a comparecer a gran número de actos públicos en los medios religiosos, por lo que era frecuentemente invitado a hacer discursos y conferencias en los más variados ambientes.
A pesar de tan intensos trabajos, nunca salía de casa sin antes despedirse de doña Lucilia y decirle a dónde iba. Ella lo abrazaba, lo besaba, y después le daba la bendición. Un día, sin embargo, doña Lucilia notó que el Dr. Plinio había salido sin despedirse de ella. Tan sólo encontró, en lugar visible, una nota coronada por una pequeña cruz bajo la cual se leían las iniciales del lema de San Ignacio:

Ad Majorem Dei Gloriam. Mãezinha de mi corazón,

Hace como tres semanas marqué para hoy por la noche, a las ocho y media, una conferencia en la Escuela Paulista de Medicina en Villa Clementino. Después me olvidé de la fecha. Ayer me telefonearon recordándomela, y para allá voy con gran antecedencia (…). Por ésta, mi amorcito, le dejo mil y mil de los más cariñosos besos, pidiéndole disculpas y prometiendo volver luego que termine para matar las saudades (“Matar las saudades”: Expresión muy usada en Brasil para significar la alegría de estar de nuevo junto a un ser querido, cuya ausencia provoca una gran nostalgia).

Otro día ocurrió lo contrario. El Dr. Plinio no había aparecido por la mañana, a la hora habitual, para darle los buenos días. El tiempo pasaba y él no daba señales de vida. Doña Lucilia mandó a la empleada que viera la razón de esto, y la respuesta no tardó: la puerta del cuarto estaba cerrada y todo permanecía en silencio. Esta vez no era ninguna enfermedad lo que lo había postrado en la cama, sino el cansancio de una vida muy atareada. Le dijo entonces a la criada que golpeara la puerta y pasara por debajo una nota, escrita por ella, con el siguiente apelo:

¡Plinio, ya perdiste la clase, mira si no pierdes también el empleo! Levántate ya, te lo pido.

En realidad, la fatiga que postraba al Dr. Plinio no era sólo, ni principalmente, fruto de los muchos trabajos, sino de las innumerables batallas en defensa de la Fe. Pero, si el combate llevado a cabo con entusiasmo le pesaba en los hombros, la simple presencia de su madre lo compensaba todo, constituyendo un suave bálsamo. Lo sentía de manera especial cuando regresaba a casa desde el escritorio, ocasión en que se le hacía más patente el choque entre el frenesí de la calle y las bendiciones del hogar. Doña Lucilia pasaba buena parte del día rezando o leyendo, sentada en la mecedora que antaño había pertenecido a doña Gabriela. Alrededor de ella se creaba una atmósfera de indecible sosiego, opuesta al mundo agitado y tormentoso que se movía fuera de casa. Era como si una cúpula invisible, colocada por un ángel, protegiera aquel ambiente del conturbado torbellino de la vida. Quien penetrase en él, sentiría su alma inundada de paz. Una paz más tranquilizadora que dos o tres horas de descanso.

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