Irremediable accidente, prodigiosa curación

Tras el accidente me di cuenta de que mi estado era muy grave y que,
salvo un milagro, me iba a morir. Entonces le prometí a Dña. Lucilia
que si me ayudaba, testificaría en su beatificación y propagaría la
devoción a ella. 

Hna. Ana Lucía Dal Piccolo Iamasaki, EP

Al ir acompañando la narración del Evangelio nos encontramos en cierto momento con un episodio desgarrador: el Señor se compadece de diez leprosos y les concede su curación, pero sólo uno de ellos regresa para agradecerle tan grande favor. Hecho que le sirvió al divino Maestro para hacer esta paternal amonestación: «¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están?» (Lc 17, 17).
La gratitud es un deber de justicia, aunque también, según se dice, la más rara de las virtudes. Hay que hacer un enorme esfuerzo de nuestra parte para no descuidarla jamás.
A semejanza de ese hombre que no vaciló en ir a la búsqueda de Jesús para darle las gracias, quiero dejar registrada aquí mi afectuosa y filial gratitud a Dña. Lucilia Corrêa de Oliveira por el inmenso favor que por su intercesión recibí, y espero que estas líneas sirvan de provecho espiritual para todos los que las lean.

Un siniestro aparentemente irremediable

Hna. Ana Lucía en la UCI del hospital

Eran alrededor de las dos de la tarde del 31 de marzo de 2014 y me encontraba viajando de Joinville a São Paulo por la carretera BR-101 cuando de pronto sufrí un accidente. La conductora del automóvil en el que yo iba tuvo que frenar bruscamente a causa de un incidente que no estaba señalizado y el vehículo que venía inmediatamente detrás de nosotras no consiguió parar a tiempo y colisionó con la parte trasera de nuestro coche, justo en el lado donde yo estaba.
Todo fue muy rápido. Noté que sangraba por la boca y que quería moverme, pero ni siquiera el cuello podía girarlo. Me di cuenta de que mi estado era muy grave y que, salvo un milagro, moriría. Entonces le prometí a Dña. Lucilia que si me ayudaba testificaría en el proceso de su beatificación y propagaría la devoción a ella; también le pedí que me concediera al menos algunos minutos más de vida para poder recibir la Unción de los Enfermos. Gracias a Dios, me había confesado antes de iniciar el viaje. Mientras así rezaba, oí a la gente que pasaba por la carretera gritar diciendo que el vehículo se iba a incendiar, pues había aceite u otro combustible derramado en la calzada. Les pedí a las hermanas que me acompañaban —gracias a la Virgen, ninguna de las cuatro resultó gravemente herida— que me sacaran de allí. Pero no podían hacerlo, tenía que esperar al equipo de rescate. Tan pronto como los profesionales médicos aparecieron pudieron socorrerme; al percibir el tremendo estado de peligro en que me hallaba tuvieron que llamar a un helicóptero para que me trasladara al hospital de Joinville.
Me estaban esperando algunas hermanas y un sacerdote heraldo, quien inmediatamente me dio la Unción de los Enfermos. A continuación, me llevaron a Urgencias y empezaron los procedimientos para este tipo de accidentes. Me había roto la cuarta y quinta vértebras cervicales y lesionado la médula; estaba tetrapléjica y tenía pocas posibilidades de sobrevivir.
Cuando me desperté ya me encontraba en la UCI y entonces la jefa de enfermería me preguntó en qué momento llegaría a Joinville alguien de mi familia, porque como el accidente había sido muy fuerte la prensa estaba queriendo informaciones.

Doña Lucilia y las oraciones del fundador

Aún no sabía qué era lo que Nuestra Señora quería de mí hasta que una de las hermanas vino a visitarme y me contó que Mons. João deseaba que yo viviera, que estaba rezando mucho por mí y había afirmado que saldría bien de aquella trágica situación. La hermana también me comentó que después de que el helicóptero se marchara pudieron contemplar desde el lugar del accidente un bonito arco iris, que interpretaron como una esperanza en medio de aquella catástrofe.
Todo eso me dio un aliento enorme, aunque en diversas ocasiones pareciera que me iba a morir. Por ejemplo, uno de los primeros días en la UCI mi oxigenación empezó a disminuir, mientras estaba haciendo fisioterapia respiratoria, y comencé a sentir falta de aire. Perdí la conciencia; cuando la recuperé, unas horas más tarde, ya no podía hablar, pues me tuvieron que intubar.
Dos días después del internamiento fui sometida a una delicadísima operación en el cuello. (Nada más al inicio fue realizada una tracción halo-craneal para reducir la fractura-luxación de la cuarta y quinta vértebras cervicales. El procedimiento quirúrgico, accediendo por la parte anterior del cuello, consistió propiamente en la descomprensión de la médula (corpectomía) y en la fijación desde la tercera hasta la sexta vértebras cervicales a través de una placa (artrodesis)).
El profesional responsable del procedimiento comentó posteriormente que había cumplido su obligación como médico, pero que no veía esperanza de vida en mí. Me acuerdo de que cuando este facultativo fue a visitarme me preguntó qué era lo que yo quería y le respondí moviendo solamente los labios, pues no conseguía hablar, que deseaba mi curación. Entonces me dijo, con pena: «Ah, pero eso, sólo el Papá del Cielo».

Mons. João Clá Dias, EP. «Que la Hna. Lucía viva, viva y viva»

Lo que más me daba fuerzas para luchar por sobrevivir era pensar que Mons. João estaba rezando por mí y que quería enormemente que viviera. Creo que hubiera muerto en ese accidente, pero sus oraciones —incluía siempre mi curación en las intenciones de sus Misas— y sobre todo su deseo, en cuanto fundador, cambiaron los designios de Dios en relación conmigo.
Así, en los largos períodos de soledad y de dolor, me animaba mirar la foto de Dña. Lucilia que tuve en el hospital durante los casi tres meses que allí permanecí, y recordar las palabras de Mons. João sobre mí poniendo las intenciones de sus Misas: «Que la Hna. Lucía viva, viva y viva».
Transcurrido algunos días, un sacerdote heraldo, que también es médico, viajó desde São Paulo para visitarme en la UCI y comprobar mi estado de salud. Tuvo la bondad de telefonear a Mons. João para que me dijera algunas palabras: «¡Salve María, hijita mía! No te preocupes, vas a sanar, vas a vivir, vas a andar. Ya te veo andando».

«Su hija es la paciente más grave de la UCI»

Sería demasiado extenso contar todo lo que me ocurrió en ese período. Basta decir que tengo documentados y guardados todos los exámenes y registros de evolución médica, en un volumen total de aproximadamente 500 páginas…
A causa de episodios de atelectasia mis pulmones muchas veces casi se cerraban y no podía respirar; usé un tubo torácico; tuve dos neumonías; necesité una transfusión de sangre; utilizaba sonda nasal y vesical; fue sometida a una gastrostomía, pues no conseguía siquiera tragar mi propia saliva.
Estuve consciente prácticamente todo el tiempo y, como mi cama quedaba enfrente del
mostrador de los médicos y enfermeros, escuchaba las informaciones transmitidas en cada cambio de guardia. Comprendía muy bien que el cuadro era gravísimo, hasta el punto de que una enfermera le dijo a mi madre: «Su hija es la paciente más grave de la UCI».
Una de las médicas que acompañaban mi caso comentó con un sacerdote que me había visitado: «Esa de ahí, si sobrevive, va a quedar de aquella manera…». Mi situación empeoraba cada día, aumentando la certeza de que solamente sobreviviría por un milagro.
No obstante, Mons. João mantenía una fe inquebrantable en mi curación. A pesar de las preocupantes noticias que le llegaban sobre mi estado, persistía afirmando: «Va a vivir y se va a poner bien». Y continuaba rezando: «Por la curación de Ana Lucía».

Un sueño anunciador de la inexplicable mejoría

Como la Iglesia permite la renovación de la Unción de los Enfermos siempre que hay peligro de muerte, recibí este sacramento más de una vez en el transcurso de aquellas semanas, hasta que mi caso empezó a estabilizarse un poco y me dieron el alta de la UCI. Todos los heraldos se quedaron muy contentos y sorprendidos con la noticia, pero cuando se lo contaron a Mons. João, él no se sorprendió y exclamó: «Ya lo dije, ella va
a salir de esa».
En la habitación del hospital, tuve algunas complicaciones, sobre todo referentes a la parte respiratoria, pues la oxigenación con cierta frecuencia disminuía. Estando acostada no había posición en la que no sintiera dolores, pero tampoco soportaba quedarme sentada mucho tiempo.
Para que me pasaran de la cama al sillón, o viceversa, era necesario que el equipo de enfermería llevara a cabo una complicada maniobra. Un sábado por la mañana, cierto médico que acompañaba mi caso, pero que hacía tiempo que no me visitaba, fue hasta
mi habitación para contarme un sueño que había tenido conmigo, en el cual yo le hablaba y me movía… cosa que ya no hacía. Cuán asombrado se quedó al entrar: porque me veía mover las manos y me oía pronunciar unas palabras, aunque con la voz aún deformada por la traqueostomía que me hicieron en determinado momento. Salió emocionado y le dijo a mi hermana: «Esto es un milagro. ¡Dios existe de verdad!».
Poco a poco, sin explicación clínica, fui mejorando y casi ya no corría riesgo de vida. Empecé a mover paulatinamente los miembros superiores, hasta que un día una de las
profesionales que me asistían fue a visitarme y me dijo: «Ana, tú, que eres tetrapléjica, tienes que estar contenta si algún día consigues manejar tu propia silla de ruedas y ser
una usuaria independiente». Entonces le respondí: «Yo no soy tetrapléjica; y con la gracia que Dña. Lucilia me va a obtener y las oraciones de mi fundador, ¡yo voy a andar!».
En eso, empecé a mover la pierna… Las auxiliares de enfermería que estaban en la habitación se pusieron a llorar de emoción y salieron contando por el pasillo de la 6.ª planta del hospital lo que había sucedido. La doctora se quedó asombrada y exclamó:
«¿Cómo tú, que eres tetrapléjica, estás moviendo la pierna? Ana, ¡¿a qué santo le has rezado?!». Señalé la foto de Dña. Lucilia y le conté que desde el momento del accidente le había pedido el milagro a ella, prometiéndole que daría mi testimonio por su beatificación. También le dije que ella misma podría testificar como médico, a lo cual me respondió: «¡Vamos a Roma, que voy a hablar con el Papa!».

Mi caso reencendió la fe en muchos corazones

A partir de ese día, muchos empleados del hospital venían a mi habitación a pedir oraciones. En cierta ocasión una mujer, refiriéndose a la foto de Dña. Lucilia, me confío: «La miro y siento que necesito pedir una gracia». Y una auxiliar de enfermería me contó: «Ana, tú eres nuestro milagro. Tu caso es el más comentado del hospital». Esta profesional se sintió tan atraída por la historia de Dña. Lucilia que le pidió la gracia de tener otro hijo, pues solamente tenía uno y por problemas de salud no conseguía quedarse embarazada. Unos meses después pude hablar con ella por teléfono y me informó que había recibido la gracia y en breve daría a luz a otro niño.
Una auxiliar de enfermería del turno de noche, católica, aunque alejada de la Iglesia, me comentó: «No sé exactamente por qué sufriste ese accidente, pero creo que puede haber sido para que las personas crezcan en la fe. Muchos de este hospital ya no tenían fe y decían que el milagro en nuestros días no existe más; ahora, varias personas están convirtiéndose».
El enfermero que me recibió cuando llegué a Urgencias siempre llevaba a sus alumnos de enfermería a visitarme y les contaba lo milagroso de que yo estuviera viva y la inesperada evolución de mi caso.
Finalmente, el 11 de junio, di algunos pasos por el pasillo del hospital, auxiliada por dos fisioterapeutas. Esta escena fue presenciada por médicos, enfermeras, auxiliares y pacientes que allí estaban. Hoy llevo una vida normal, con tan sólo algunas secuelas con respecto a la fuerza de los miembros superiores e inferiores de la parte izquierda. Continúo haciendo fisioterapia motriz una vez por semana, pero soy independiente, camino sin andador o cualquier clase de apoyo; y soy responsable de una de las casas que la sociedad de vida apostólica Regina Virginum tiene en São Paulo. En suma, numerosas fueron las circunstancias en mi vida en las que he podido comprobar la maternal protección de Dña. Lucilia, pero después de este accidente fui robustecida en la certeza de que, confiando en su bondad e intercesión, nunca somos abandonados y nunca hay una situación sin salida, por peores que sean los desastres por los que pasemos. Pues, como dijo cierta vez el Dr. Plinio, Dña. Lucilia «posee un amor desbordante no solamente para con los dos hijos que tuvo, sino también para con los hijos que no tuvo. Se diría que estaba hecha para tener miles de hijos».

Aspectos de la vida comunitaria en la casa Santa Hildegarda, de la que la Hna. Ana Lucía es la responsable

 

Un pensamiento en “Irremediable accidente, prodigiosa curación

  1. Salve Maria!

    Que testemulho mais incrível! Já tinha conhecimento desse acidente mas agora, graças a Nossa Senhora, pude ler detalhes tão enriquecedores para crescer na devoção a Senhora Dona Lucilia e confiança em Monsenhor João

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