Gravedad, levedad y distinción

Desde sus tiempos de jovencita, Doña Lucilia mantenía una idea de sublimidad de la vida, que era vista en sus aspectos religiosos por dos lados: la Iglesia y la Civilización Cristiana. Ella quería vivir católicamente en el orden temporal, forzando a ese orden vivir en osmosis con la influencia de la Iglesia.

La fotografía de Doña Lucilia, tomada en París, retrata una característica señora de buena sociedad, de finales de la Belle Époque. La Belle Époque terminó con la Primera Guerra Mundial, que estalló un año o dos después de que mi madre volviera al Brasil.

Seriedad y espíritu de oración

Hay una diferencia enorme entre el porte, el peinado, el traje que ella usaba, propios de la Belle Époque, y lo que vino después con la americanización de la moda. En esta fotografía la moda todavía es intensamente europea; ese vestido debió haber sido encargado a algún costurero francés; y el estilo, el modo de estar ella sentada, son característicos de la Belle Époque, hasta rozando un poco con el romanticismo. El vestido es distinguido, de valor elevado, pero sin ostentación de riqueza. En fin, es el orden temporal sustentando y viviendo en sana harmonía con la virtud católica.
Con una mirada muy firme, enteramente seria; de una seriedad poco común. La posición de la cabeza indica a una persona que está reflexionando con seriedad durante una solemnidad social, lo que en aquel tiempo era muy normal. Sin embargo, una vez pasada la Primera Guerra Mundial esa actitud quedaría ridícula; una persona no pensaría con esa seriedad ni estando sola, porque la época de la seriedad había terminado.
En esta fotografía trasparece un pensamiento profundo, de quien está haciendo oración, en el sentido propio de la palabra, que es
elevatio mentis in Deum. No es apenas hacer súplicas, sino también considerar las cosas a la luz de la Religión Católica.
Se nota mucho en esta fotografía todo del espíritu de aquel tiempo, pero es el espíritu de una persona que pertenece enteramente al orden temporal. Mirando hacia ella no se conseguiría decir: “¡Qué magnífica terciaria franciscana!” Porque no era una terciaria franciscana, sino una señora de sociedad participando de un acto social.

Vivir católicamente en el orden temporal

El sofá en que está sentada Doña Lucilia es un mueble que se usaba en las terrazas, jardines, etc. El fotógrafo la representa como si ella estuviera al aire libre, poniendo al fondo una mezcla entre tempestad y luz clara. Un recurso que no se usó más después de la guerra, porque esa combinación tiene cualquier cosa de grandioso, de trágico, de dramático, que explica totalmente la personalidad de ella.
A propósito, se nota que el fotógrafo era muy bueno, porque su cabeza está presentada en función de esas nubes, exactamente como debía estar. Eso debe ser un tablero movible, puesto exactamente ahí para que pareciera natural, pero en realidad era artísticamente intencional.

Se supone con todo esto, una señora profundamente católica sumergida en la esfera temporal, integrante de esa esfera, que no piensa en hacer otra cosa sino vivir católicamente en el orden temporal, forzando a ese orden a que se encuentre en osmosis con la influencia de la Iglesia.
Terminada la guerra, todo fue cambiando, comenzando por el corte de cabello de las mujeres
à la garçonne. Después, el uso de joyas ostensivamente falsas: perlas del tamaño de bolas, que ni el Sha de Persia tenía, y que ni siquiera existen en el orden natural. Cosas de ese género. Los vestidos con la falda hasta la altura de la rodilla. Y, sobre todo, después de la Primera Guerra Mundial una persona nunca se sentaría en el sofá con esa dignidad; ni tomaría ese aire pensativo y, al mismo tiempo, de grande dame, con tanta levedad. Gravedad, levedad y distinción son cualidades muy difíciles de conjugar. Entretanto, están unidas en ella.

Idea de sublimidad de la vida

Podríamos imaginar un accidente donde alguien muriera cerca, y ella portando esos trajes; inmediatamente se arrodillaría, haría algún homenaje al cadáver, sacaría su rosarito y comenzaría a rezar. Quedaría perfectamente bien.
Cuando hablé de la profundidad de espíritu que mamá manifiesta ahí, en realidad yo quería referirme a su notable elevación de alma. De ahí que ella no era la candidata propia para una conversación burlona. Pero, después de la
Belle Époque la conversación era sólo de bromas. Y si no fuera broma, no era social.
En mamá había un misterio por donde se notaba que su alma era mucho mayor que su entorno. Y que, por tanto, ella vivía una vida de alma mucho mayor que la vida social retratada en esa fotografía. Sin duda, ella vivía por completo en su medio, que la asumió también enteramente, pero que le sobraba mucho.
Y lo que sobraba era ese tal misterio, o sea, una cierta idea de sublimidad de la vida que ella conservaba desde tiempos de jovencita, cuando la existencia se veía en sus aspectos religiosos; por así decir, por dos lados: la Iglesia y la Civilización Cristiana.
La Civilización Cristiana del tiempo de su juventud era muy distinta a la de la época de esta fotografía. Ahí ya decayó mucho. Cuando ella era muchacha, mocetona, era considerado bonito que la persona fuese muy religiosa, católica, seria, recta. Era el modo de ver la vida en su tiempo. Las madres de familia, muy dedicadas; las hijas tenían locura por la madre; los hijos eran el bastón en la vejez de los padres. Por eso mamá respetaba mucho, a la manera católica, las personas de su familia a quienes atribuía esas virtudes. Aunque no siempre tuvieran dichas virtudes, ella creía que las tenían, por causa de su gusto en admirar.

(Extraído de conferencia de 20/4/1991)

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